Auf einem Zug klettern die Anden

FÜR: Javier Brandoli (Text und Fotos)
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Escalaba una planicie entre los 3000 und 4000 Meter. ¿Pueden creerlo? Como si el mundo pudiera ponerse boca abajo sin que cayera nada. El tren soltaba humo y nosotros vida. Desde nuestra ventana contemplábamos Los Andes y su estepa de hierbas de lluvia y gentes de piel curtida por el sol frío. No dejábamos de mirar, no nos lo permitía aquel vació en la que sobresalían picos con nieve de verano. El tiempo pasaba rápido en aquel tren lento. A lo lejos trotaban las llamas y las alpacas. Algún niño saludaba con sus manos hinchadas de labrar y las mujeres y hombres permitían a sus espaldas un respiro cuando escuchaban el crujir de los vagones. Perú se nos quedaba corto en aquella cuerda de hierro que comunica Cusco y el Lago Titicaca. Estábamos a punto de llegar sin entender del todo si habíamos ya salido.

En las laderas de las montañas de los incas todo tiene una mezcla de alegría triste, como si el desconsuelo fuera el remedio para los males de altura

Salimos temprano, con la luz de las primeras cosas, el viento gélido del rocío en las alturas y las calles preparándose para una nueva embestida. Cusco y el elevado Valle Sagrado en Navidad fue como celebrar las fiestas en la mesa de Dios. Costantino, un amigo generoso, alegre e inteligente, nos enseñó su tierra de adopción temporal y regresaba a Lima. Francesca y yo descifrábamos un mapa de agua y barro en el que perdernos con la nostalgia típica de la zona. En las laderas de las montañas de los incas todo tiene una mezcla de alegría triste, como si el desconsuelo fuera el remedio para los males de altura. Nosotros éramos unos turistas encaramados a un convoy de los de antes, hace siglos, de esos que para existir tienen que ser muy nuevos.

Salimos de Cusco con puntualidad andina. El tren se abría paso lejos de la belleza colonial de las postales de la ciudad. Era otro Cusco, de casas quebradas de adobe o ladrillo en las que el musgo crecía en los desagües. Fue así siempre, también en época inca: el pueblo llano habita debajo de las sobras. El hombre tiene esa facultad universal de destrozar el paisaje con su desigualdad cabrona. Hace unos días tomaba también el tren del aeropuerto de Nueva York hasta Manhattan y la escena era la misma. Con luz y con agua allí, con montañas de cemento y templos de neón, pero las mismas colmenas de gentes que sobreviven sus vidas lejos de la opulencia de la Gran Manzana.

No fue hasta que dejamos al hombre que descubrimos las cumbres de piedra, el ganado desperdigado entre la alta hierba

No fue hasta que dejamos al hombre que descubrimos las cumbres de piedra, el ganado desperdigado entre la alta hierba, los poblados sin cercas, las miradas furtivas, los ríos sin rumbo, el olor del viento, el temblor del frío, el violento silencio, una carretera a lo lejos sin apenas coches, un tren que inventaba curvas, la belleza de la nada. Y todo estaba allí, lleno de vida escondida, huyendo de nosotros y ellos, con la terca idea de permanecer así hasta consumir los días. Pasaba el tiempo tan veloz entre aquellos kilómetros de valles yermos que no sabías dónde mirar para no perderte nada.

Y así fue durante horas y kilómetros, no sé bien cómo medir aquel viaje porque lo primero pasaba rápido y lo segundo pasaba lento, hasta que regresó el hombre y sus vicios. En Juliaca, una ciudad cercana al lago, el tren atravesaba bazares muertos, caras grises, algún borracho que le hablaba al tren con insolencia y tenderetes donde se vendían sobras inservibles de otros mundos. Allí había miles de personas que se apartaban del convoy con desgana para no importunar sus vidas con nuestras lejanas vidas. Algunos vendedores dejaban su fruta o libros, expuestos en un trapo, en las mismas vías sobre las que pasaba el tren. No se molestaban en quitarlos, les bastaba con hacer como si no nos vieran hasta hacernos dudar de si éramos ciertos. Era una pobreza jodida en la que lo único que sobraba éramos nosotros.

el tren atravesaba bazares muertos, caras grises, algún borracho que le hablaba al tren con insolencia y tenderetes donde se vendían sobras inservibles de otros mundos

Todo fue quedando atrás, en la lejanía de dos realidades dispares que obligatoriamente se encuentran dos veces al día. Y en el último tramo regresó la calma, la estepa y el agua del Titicaca al fondo. Sonó el silbato del tren y supimos que habíamos llegado tras casi doce horas a nuestro destino. Hacía algo de frío. Las montañas de Puno eran de ladrillo y rodeaban una bahía de espejo. Miramos el tren, detenido en las vías, y sonreímos. ¿Conocen esas sonrisas profundas de la felicidad?

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