Tsavo: los elefantes de Warhol

Por: Ricardo Coarasa (texto e fotos)
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Entrar en un parque nacional y que lo primero que te encuentres sean elefantes rojos es como llegar cinco minutos tarde a un partido de tu equipo favorito y ver en el marcador que ya gana 3-0. De alí, es muy difícil mantener el listón. Eso es lo que nos ocurrió nada más poner un pie en Tsavo, el parque de los leones sin melena devoradores de hombres. Para despistar, en la puerta de hierro de Manyani Gate hay dos rinocerontes de hierro enfrentando su cornamenta, pero la pista que se tiende frente a nosotros no engaña: la intensidad de la tierra arcillosa apremia a seguir adelante, a recorrer los caminos de Tsavo, uno de los parques más grandes de toda África, con sus casi 21.000 quilómetros cadrados (frente a los 1.500 de Masai Mara, por exemplo), hasta el punto de que en 1948 hubo que dividirlo en dos, este y oeste, para facilitar la administración de su inmenso territorio.

La irrupción de esos elefantes que parecen pintados por el mismísimo Andy Warhol es impactante. Pero no es ninguna broma pesada, simplemente están impregnados del polvo rojizo que tiñe estos parajes. No todos presentan la misma tonalidad (que también tiñe de rojo a búfalos y facoceros), aínda, en todo caso, tropezarse con alguno de estos paquidermos de dibujos animados no es complicado. Aunque la caza furtiva diezmó en los años 50 a la mayoría de los 40.000 elefantes de Tsavo, las manadas asoman por doquier y nosotros, en sólo un tarde, vimos más de 200. Se les puede admirar, mesmo, desde la comodidad del jardín del hotel. Na Ashnil Aruba Lodge, por exemplo, situado el interior del parque, podías adivinar la imponente silueta de algún elefante merodeando por los alrededores mientras disfrutabas de un relajante baño en la piscina. La proverbial memoria de estos animales, si, les hace desconfiar aún del ser humano y suelen poner tierra de por medio en cuanto huelen la presencia del despiadado depredador que es el hombre.

No es ninguna broma pesada, simplemente están impregnados del polvo rojizo que tiñe estos parajes

Pero tratándose de depredadores, pocos habrán dado más que hablar que los leones de Tsavo. Dos de ellos se empeñaron, século XIX, en impedir la construcción de la red ferroviaria entre la costa del Índico y el lago Victoria, impulsada por los británicos, el legendario Lunatic Express (Tren Lunático). Devoraron a 132 trabajadores (“coolies” Indios) y sembraron el terror hasta que el coronel Patterson acabó con ellos. Los estudios científicos no tienen ningún respeto por los mitos y, Hai uns anos, redujeron el botín a poco más de una treintena de muertos. Allá ellos. “Los demonios de la noche”, la película protagonizada por Michael Douglas e Val Kilmer en 1996, llevó a la gran pantalla esa pugna entre el hombre y las fieras.

Tres de los descendientes de esos feroces leones (que el propio Patterson vendió disecados al Museo Field de Historia Natural de Chicago, donde todavía se exponen) sestean en el cauce seco de un río, a pocos metros de la carretera pero a resguardo de las miradas de los curiosos. Makini, nuestro guía de Kobo Safaris, nos regala unos minutos mágicos frente a los felinos, que bostezan, se desperezan, juguetean y beben agua en una diminuta charca. Los dos machos, como es característico aquí, no lucen melena. Es difícil cansarse de verlos, pese a que estemos invadiendo su rutina con respetuoso descaro, pero descaro al fin y al cabo. No cuesta demasiado imaginarse el pavor de los trabajadores encargados de tender, hace más de un siglo, las traviesas del ferrocarril entre matorrales donde podían acechar la fieras salvajes. Dos mil quinientos se dejaron la vida en el intento, sobre todo por la embestida de las enfermedades tropicales. Merecerían, polo menos, una placa en alguna de las estaciones que jalonan los casi mil kilómetros de la línea férrea.

Tratándose de depredadores, pocos habrán dado más que hablar que los leones devoradores de hombres de Tsavo

Na madrugada, nos ponemos en marcha con el alba, intentando dar con los leones que han merodeado el hotel toda la noche. Escuchamos sus rugidos. Seguramente estén a menos de un kilómetro, pero no podemos dar con ellos, aunque la emoción que se siente es tan intensa como si lo hubiéramos conseguido. De camino a las cataratas de Lugard, nos desviamos para vivir uno de esos regalos con que, de súpeto, te obsequia un parque africano: una hembra quepardo y su cría jugueteando con los primeros rayos de sol. Les seguimos mientras trepan a los árboles y hacen cabriolas en las ramas de un tronco seco, disfrutando del privilegio de la vida salvaje pese al ir y venir de coches apostados frente a los felinos.

Tsavo es una sorpresa constante. Poucos minutos despois, nos detenemos de nuevo. En una vaguada hay una decena de leones que están dando cuenta de un búfalo. Quizá lo hayan matado esta noche, quizá hace unas pocas horas, pero el festín ya se ha inaugurado y la cabeza de la presa sobre la tierra, boca arriba, parece un guiñapo mientras dos leones, el hocico rojo de sangre y muerte, le devoran las entrañas.

Las cataratas de Lugard tienen el encanto de lo salvaje y se recorren con total libertad, sin barandillas ni miradores artificiales

A las diez de la mañana, cuatro horas después de salir, aparcamos el todoterreno frente a las cataratas de Lugard. Aquí se puede echar pie a tierra hasta el salto de agua del río Galana, que ha esculpido caprichosas formas en la roca, moldeándola durante siglos. No son unas cataratas espectaculares, pero tienen el encanto de lo salvaje, pues se recorren con total libertad, sin barandillas ni miradores artificiales, aunque con la precaución de no resbalar. Algún despistado, cuenta Makini, por asomarse demasiado ha terminado cayendo al agua. Un pouco máis abaixo, donde el agua se remansa apaciguando el ímpetu de la corriente, esperan los cocodrilos. Mientras paseamos a nuestro aire entre las hendiduras de piedra, pierdo de vista unos minutos a Xavier, Eu sociedade en VPP. Si hubiese tropezado resultaría imposible oírle pedir auxilio porque la distancia y la fuerza del agua ahoga cualquier sonido. Sigo haciendo fotos y me vuelvo a mirar cada vez con más frecuencia, pero sigue sin reaparecer. Cuando ya empiezo a volver sobre mis pasos le veo asomarse por entre las piedras cámara en ristre.

Á tarde, nos adentramos por una pista donde no se ve un coche, dando la espalda a las más transitadas. A paisaxe, pura sabana pero ahora de un color ceniciento, cambia completamente. Las manadas de elefantes se suceden (contamos más de 40 en una de ellas) y para rematar, cuando está cayendo el sol, cuatro guepardos cruzan delante de nosotros esperando que los hombres les devuelvan su espacio para intentar cazar.

El día muere en Tsavo y deja una inmensa sensación de plenitud. Y ninguna gana de partir

El día muere en Tsavo y deja una inmensa sensación de plenitud. Y ninguna gana de partir. Cuando no te quieres ir de un sitio te agarras a los minutos como si te fuera la vida en ello. Mañana toca poner rumbo a Mombasa, pero antes intentamos exprimir un poco más este cúmulo de sensaciones. Makini, siempre dispuesto a facilitar las cosas, no pone ningún reparo. A las seis de la mañana saldremos para ver amanece y disfrutar de un último safari antes de enfilar el camino de la costa. Antes, esa misma noche los rugidos de los leones rasgarán el silencio de la oscuridad poco antes de que, como si no fuese la última vez, veamos amanecer otra vez en Tsavo.

 

Más información de ésta y otras rutas por Kenia en: Kobo Safaris.

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