ワシントン: 爆弾に対するヨガ

で: ハビエルBrandoliの (テキストと写真)
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¿Sabéis que estáis en un bar gay? nos preguntó el tipo que se sentaba a nuestro lado en la barra cuadrada de un bar donde a nuestro alrededor todo eran hombres. "はい", le contestamos, astutamente sospechando algo ya antes al percibirnos de que no había ninguna mujer en la sala, ver una enorme bandera gay colgando en la zona de las botellas y que los dos tipos sentados una nuestro lado derecho se estaban pegando una improvisada paliza amatoria con cierto disimulo desde que entramos.

彼, tras escuchar con detalle nuestra respuesta y confirmar nuestro conocimiento de la situación, suspiro y nos dijo: "[OK]を, entonces os cuento….” y dio el pistoletazo de salida a una maravillosa, loca y divertida noche en el único bar de copas que entonces encontramos abierto. No paraba nunca de hablar y nosotros no parábamos nunca de casi no entenderle, lo que no parecía importarle ni cambiaba el hecho de que todos parecíamos divertirnos en ese sin sentido en el que la comunicación era un whisky malo y unas viejas canciones de los 80 que escupía alto y sin cesar la pantalla de un televisor colgado sobre nosotros.

No paraba nunca de hablar y nosotros no parábamos nunca de casi no entenderle

Llegamos a comprender, antes de que el alcohol le secara la boca, que tenía un buen trabajo y que tuvo un novio con el que fue a cenar a Little Italy en Nueva York que resulta que le hizo pagar una cuenta de casi 100 dólares de muchos tipos y también que él era de Virginia pero que le gustaba Washington y que las camisas blancas se planchan mejor. Y mientras nos invitaba a otra ronda y el camarero que era un tipo alegre y simpático nos sonreía y preguntaba si estaba todo bien, aquella ciudad algo mohína se convirtió en una maravillosa fiesta algo extravagante. Un tipo me dijo que me compraba a Francesca desde el otro lado de la barra casi a la vez que le veía liarse con un tercer hombre. Supongo que eso es lo maravilloso de viajar, todo ese divertido desentendimiento que está siempre listo para el que lo busca donde no lo busca.

Antes de todo eso habíamos visitado el Washington monumental. Tomamos en Brooklyn, ニューヨーク州, 1 バス que nos llevó a la capital. Tenía un wifi que funcionaba a frenazos y atravesamos una carretera no muy atractiva que me dejó sólo la curiosidad de parar a ver elmalditoBaltimore cuyo desvío vi desde la autovía. Matt, un amigo inglés de Al Jazeera me contó hace poco que grabó allí una serie de reportajes de una ciudad que está tomada por una tropa de heroinómanos y camellos olvidados.

En Washington nos alojamos en Kalorama guest house Una opción más barata y bien comunicada por metro al centro que encontramos por internet. En el suburbano uno entiende rápido que la capital de Estados Unidos nada tiene que ver con Nueva York. Su metro es pulcro y cargado de personas trajeadas que salen de las oficinas en orden milimétrico. Sus calles son ordenadas y limpias, como acostumbradas a que todo discurra sin desvaríos. La sensación es que el caos de Nueva York tiene su antítesis en esta ciudad armada de funcionarios, diplomáticos y políticos. どんな場合でも, ambas urbes, cada una a su modo, me parecen dos rarezas que quizá no representen mucho al país, pero de eso aún sé poco.

Un grupo de jóvenes pacifistas hace yoga para detener las bombas

Bajo algo de lluvia nos dirigimos a la Casa Blanca. Justo enfrente de la puerta principal un grupo de jóvenes pacifistas hace yoga para detener las bombas. Que la protesta que vi en Washington fuera el de un grupo de personas haciendo yoga me pareció una perfecta metáfora de la ciudad. La cosa es que no molestan y recogen el parque cuando se marchan que tampoco les gusta el deterioro del medioambiente. No parece que la radical protesta esté funcionando mucho, pero ellos le ponen empeño.

Delante del grupo yogui, mientras decenas de personas se fotografían pegados a la valla, un tipo que parece musulmán acusa a gritos al Gobierno norteamericano de muchos males y de muchos demonios. Lo hace con un desplegable y junto a una maleta. Chilla con fuerza -por él y por sus compañeros de protesta del yoga-, habla de Alá y nadie, absolutamente nadie, le recrimina lo que hace ni le invita a marcharse. Me sorprendió ese total respeto de todos durante tanto tiempo, ni siquiera vi una mirada inquisitiva. Sólo una feroz tormenta que se vertió sobre nosotros hizo huir a todos despavoridos, incluido al musulmán reivindicativo al que vi perderse con su maleta al otro lado de la ciudad.

Tras la lluvia, nos dirigimos al Capitolio. Es una gran avenida en la que parece concentrarse toda la esencia de Estados Unidos, al menos su historia, su orgullo, sus raices. Un recorrido entre la Constitution Avenue y la Independence Aveneu que conecta el Lincoln Memorial y el famoso Capitolio. En medio está el obelisco, monumento Washington, y los memoriales de las guerras de Corea (especialmente bonito); ベトナム (especialmente sobrio); y Primera y Segunda Guerra Mundial (especialmente grandilocuente).

Su fantástico museo aeroespacial en el que es imposible no volver a sentirse un niño

Fue una tarde y una mañana que nos agotamos viendo los partidos de béisbol que juega la gente en el césped, el memorial de Martin Luther King en el que parecen retumbar su revolución de los sueños; su fantástico museo aeroespacial en el que es imposible no volver a sentirse el niño que fantaseaba con conquistar el espacio y el adulto que no se perdona no haberlo intentado, los museos y estatuas de sus héroes… Eché en falta menciones más claras y reconocmiento a toda esa civilización de indígenas que eran dueños de aquellas tierras y a los que masacraron para crear una nación a su medida en la que ahora sí caben todos.

Cenamos después en la zona de los canales llena de fantásticos restaurantes de todo el globo en los que no se escucha nada, ni el cerrar de sus puertas a las diez de la noche. Nos sorprendió la capacidad de domar el viento que tiene la ciudad, tan perfecta y tan suiza que llegas a preguntarte si se permitirán abrazarse en los entierros. Washington me pareció tan interesante desde un punto de vista histórico como demasiado aburrida y ordenada para vivirla. Todo eso pensaba hasta que entré en un bar y un tipo que se sentaba a mi lado me preguntó si sabía que aquello era un local gay y comenzó a hablar y a poner en duda que las estatuas no puedan despeinarse.

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