Peking, de marathon

Door: Daniel Landa (Tekst) D.Landa en Yeray Martín (Foto's)
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Ya en el aeropuerto de Beijing sentí el escalofrío del cambio. De Japanse order was plotseling voorbij, het vriendelijke gebaar en het gefluister. China me recibía con el estruendo del gentío, que aquí abandona cualquier síntoma de discreción. Een man schreeuwde tegen zijn vrouw, de douanebeambten waren onvriendelijk en al snel begon ik het concert van keelschrapen en spugen te horen, práctica habitual e incomprensible de los chinos de todo género y condición.

Deze keer, por razones de logística, viajamos de forma escalonada. Yo llegué el primero y horas después lo haría Yeray. Paul, sin embargo voló a Hanoi donde estaría varios días gestionando la ruta vietnamita y nos reencontraríamos más tarde en Shangai.

Dus, di solo mis primeros pasos por Beijing. Me alojé en un hotel confortable y salí a cenar algo de pollo con almendras y salsa picante. La calle era lúgubre y el mirar de los hombres descarado. Comí con prisas y salí buscando refugio en la habitación del hotel donde me encontré con Yeray, que traía una sonrisa cansada mezcla de las horas de vuelo y la emoción de un nuevo destino.

La calle era lúgubre y el mirar de los hombres descarado.

We besloten, no sin cierta osadía, grabar la capital de China en bicicleta. Una chica muy menuda y resuelta llamada Cathy ejerció de guía y así, pedaleando, nos fuimos colando por los barrios de Beijing.

Tiananmén da miedo, porque así se forjan los imperios, empequeñeciendo al hombre con grandes plazas, con horizontes de piedras, con imágenes gigantes porque a falta de dioses, las tiranías comunistas suelen rendir culto a sus líderes. Así se engendró la figura de Mao Zedong, hoy embalsamado en su mausoleo. La plaza se conoce con el nombre chino de “La puerta de la paz celestial”, pero sobre la bicicleta me invadió una gran congoja.

Nos alejamos a lugares de proporción más humana y entramos en diferentes hutongs, que son barrios con sabor a añejo, callejuelas levantadas desde la dinastía Yuan, laberintos con el encanto de irse perdiendo un poco en el tiempo. Una de estas calles, Lui Li Chang, aparcamos la bicicleta para ver cómo los artesanos escribían como pintando sobre sus lienzos palabras en caligrafía tradicional. Allí se podían encontrar cerámicas y sedas y frutas que vendían en carritos callejeros, allí China era más China.

Sepultaron a golpe de excavadora siete siglos de historia, pero es que en eso, nu, China es China.

Con la celebración de los Juegos Olímpicos de Beijing en 2008, el gobierno chino decidió derribar gran parte de estos hutongs, para construir apartamentos con televisiones de plasma, muy modernos y muy funcionales. Sepultaron a golpe de excavadora siete siglos de historia, pero es que en eso, nu, China es China.

La personalidad de la capital del país más poblado del planeta reside en la ausencia de cualquier sentimentalismo, porque las nostalgias se pueden comprar con ladrillo reluciente como si el poder brillara mejor hacia arriba, o a lo ancho, en rascacielos o avenidas de ocho carriles.

Visitamos la Ciudad Prohibida, cansados ya de pedalear, y anduvimos sin saber bien por dónde empezar a encuadrar tamaña solemnidad.

Sólo nos dio tiempo a intuir la grandeza de la ciudad. No es posible conocerla en un paseo en bicicleta, ni en diez. Beijing parece que no quiere acabarse y se expande, con nuevos barrios hacinando chinos de ciudad en edificios altos, pero una parte de Beijing se resiste al cambio. Su historia se cuenta en las tiendecitas apartadas, en los templos, en los parques con puentes sinuosos que no entienden qué está pasando, a qué viene ese ritmo, ese cambio, esa ansiedad por crecer a cualquier precio.

El hombre que me atendió, sonrió antes de ofrecerme el mayor ejemplar de escorpión negro y crujiente.

Mientras el sol se apagaba y el neón comenzaba a encender los centros comerciales, un tuc tuc cruzó la ciudad para llevarnos al mercado Wang Fu Jing. Habíamos elegido este lugar para poder grabar la excentricidad gastronómica de la ciudad. Gusanos, ratones, grillos, serpientes… todo se sirve frito a gusto o disgusto del consumidor. En mi caso fue más bien lo segundo. Quería probar algo diferente pero no imaginé que los escorpiones se comían, zo, con cáscara y todo. El hombre que me atendió, sonrió antes de ofrecerme el mayor ejemplar de cuantos allí había de escorpión negro y crujiente. Tuve que comerme hasta el aguijón, mientras Yeray miraba con sorna desde la tranquilidad de su cámara.

Acompañé el aperitivo de grillos y una cigarra frita. De todos aquellos sabores, el del escorpión era sin duda el más fuerte, una mezcla entre cartílago, cáscara de gamba y un no se qué viscoso. Como tardé en tragar las pinzas, pasé un buen rato con un regusto bastante desagradable. Na, otro tuc tuc trató sin éxito, de llevarnos al hotel. Después de hora y media dando vueltas, despedimos al conductor, que se encogió de hombros antes nuestros improperios.

Construyen barrios de cemento, murallas inabarcables o teléfonos móviles con la misma facilidad

Al día siguiente sentimos la necesidad de salir al encuentro de la muralla, tropezar con la maravilla, sin más artificio que el del desfile de turistas. Hacía calor cuando llegamos y arrastramos la cámara y el trípode por los escalones de aquella construcción que pareciera infinita. Desde un punto elevado vimos la dimensión de la Gran Muralla. Entonces y sólo entonces sentí la emoción de estar en China. Allí entendí el lugar excepcional adonde nos había llevado nuestro viaje por el Pacífico.

Los chinos no descansan, no tienen mesura, no se rinden. Construyen barrios de cemento, murallas inabarcables o teléfonos móviles con la misma facilidad, avanzan y avanzan, encumbran a sus ídolos comunistas en las plazas, mientras devoran con voraz apetito la mano del capitalismo. Era sólo el principio, había que escapar de allí, salir de las ciudades, buscar tal vez la esencia de China en los campesinos, en los pueblos apartados o en los arrozales, pero aún quedaba mucho para eso.

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