Tranvías de San Francisco

Para: Ricardo Coarasa (texto e fotos)
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Los iconos de las grandes ciudades suelen ser edificios emblemáticos, monumentos históricos o avenidas rutilantes. Pero cuando alguien piensa en São Francisco, casi siempre lo hace en un tranvía. Una ciudad que ha hecho de un medio de transporte urbano su emblema universal tiene, curso, mis simpatías. Também, siempre había querido subirme a uno desde que vi a Karl Malden e Michael Douglas volando con su coche por las empinadas arterias de la ciudad enLas calles de San Francisco”.

Poco importa que en la actualidad sólo sobrevivan tres líneas exclusivamente como atractivo turístico. Cuando se recorren miles de kilómetros persiguiendo mitos no se suele prestar demasiada atención a la letra pequeña. Así que nada más poner un pie en San Francisco procedente de Las Vegas no tenía prisa por ver el Golden Gate ni por navegar hasta Alcatraz. Yo quería, especialmente, subirme a ese tranvía de la ciudad donde los coches volaban en los recuerdos de mi infancia.

Cuando se recorren miles de kilómetros persiguiendo mitos no se suele prestar demasiada atención a la letra pequeña

El sueño esperaba muy cerca de nuestro hotel, a un paso de la céntrica plaza de Union Square. Del cruce de la calle Powell y Market Street parten dos de las líneas todavía en funcionamiento. Allí mismo se pueden comprar los billetes en una caseta de Muni (la red de tranvías, autobuses y metro de la ciudad), que no obstante también se pueden adquirir sobre la marcha. Una veintena de turistas se arremolina junto a la parada, una liturgia que se repite en el mismo sitio día tras día y a todas horas. Algún mendigo de mirada nublada y juicio distraído observa indiferente la escena desde sus cientos de noches sin estrellas y, como queriendo hacer añicos esa felicidad turística, exclama una frase ininteligible ahogada por la campana del tranvía, que no entiende de lamentos sin techo.

Cuando llega el vagón, un operario se encarga de darle la vuelta sobre una plataforma de madera para que enfile el mismo recorrido que le ha traído hasta aquí, pero ahora en sentido contrario. Esta línea Powell-Hyde muere en las aguas del Pacífico, en el concurrido Fisherman´s Wharf, a unas pocas manzanas de donde concluye la Powell-Mason, que también sube a Nob Hill pero que luego se desvía hacia North Beach.

Algún mendigo de mirada nublada y juicio distraído observa indiferente a los turistas desde sus cientos de noches sin estrellas

Se puede ir cómodamente sentado en asientos de madera, pero lo que todo el mundo espera es viajar de pie sobre el estribo agarrado a la barra y con medio cuerpo fuera. Es así como se disfruta de verdad de este medio de transporte con casi siglo y medio de vida a sus espaldas desde que lo inventara un tal Andrew Hallidie.

Camino de la colina de Nob Hill, una de las 44 Cidade, el tranvía remonta las célebres cuestas de San Francisco con parsimonia, como dándonos tiempo para recrearnos con la experiencia. Son apenas dos manzanas, pero la inclinación tiene un efecto multiplicador de la distancia. En el cruce con California Street (por donde discurre la tercera línea del tranvía) se abre una plaza con una catedral que recuerda a Notre Dame y un elenco de hoteles de postín, esos de mármoles que no te atreves ni a pisar.

El tranvía remonta las célebres cuestas de San Francisco con parsimonia, como dándonos tiempo para recrearnos con la experiencia

Hacemos un alto para visitar dos de ellos, el Fairmont y el Mark Hopkins, que presume de vistas en el restaurante de su última planta, Top of the Mark. La panorámica, curso, no desmerece, con la inconfundible Transamerica Pyramid irguiéndose como un cetro de la moderna arquitectura de la ciudad californiana. Otra cosa es sentarse en una mesa a pedir algo. Antes de hacer siquiera el amago, el bolsillo grita desconsolado. Dos minutos después estamos en el ascensor.

Cuando el tranvía enfila la cuesta abajo, con el mar ya a la vista, camino de los viejos muelles de pescadores, avanzando por Hyde Street entre el tráfico de vehículos, no hay ninguna duda de que estamos en San Francisco, en la ciudad donde los coches de Policía volaban persiguiendo delincuentes. De pie sobre el estribo, llenándonos de mar, nós Doca dos Pescadores, un paseo marítimo rebosante delamerican way of lifedonde es casi obligado detenerse en algún puesto callejero de marisco para probar el cangrejo.

Un navío español, el San Carlos del marino Juan Manuel de Ayala, fue el primero en navegar la bahía de San Francisco en 1775

A un paso de la parada del tranvía está la recoleta Ghirardelli Square, donde estaba ubicada una célebre fábrica de chocolate que dio paso hace medio siglo a un centro comercial. La plaza, tranquila y solitaria, tiene unas estupendas vistas de la bahía, esas aguas que navegó por primera vez el San Carlos del marino español Juan Manuel de Ayala em 1775.

Ya al atardecer, regresamos en tranvía a North Beach, el barrio italiano de SF. Al igual que sucede en Nueva York, linda con Chinatown. Aquí llegaron los primeros inmigrantes italianos durante la fiebre del oro, cuando las aguas de la bahía llegaban hasta sus calles. Epicentro de la generación beat, el pulso del barrio es latino, con sus cafés y terrazas. Un inmejorable lugar para cenar buena pasta junto a Washington Square, la plaza en torno a la cual late la vida vecinal de North Beach.

En Stockton Street huele a pato laqueado y a pescado. Es la esencia de Chinatown

Para llegar hasta el barrio chino, una buena opción es subirse al tranvía que recorre California Street, que te deja justo al lado de la puerta de entrada, inconfundible con sus columnas y tejados de pagoda. En su interior alberga una de las mayores comunidades chinas de los Estados Unidos y la calle más antigua de la ciudad, Grant Avenue, siempre concurrida, aunque quizá la esencia de Chinatown se respire con mayor autenticidad en la cercana Stockton Street, donde el visitante camina entre mantelerías bordadas, restaurantes variados y artesanía de jade oliendo a pato laqueado y a pescado y mezclándose con el bullicio de la descarga de mercancías y las compras cotidianas. Al final de la línea, de nuevo el mar, o Embarcadero Center y unos cuantos muelles, a los que parece que han sacado brillo, donde sentarse a esparcir las nostalgias.

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Comentários (1)

  • Lydia

    |

    Tem toda a razão: cuando se han recorrido muchos kilómetros persiguiendo mitos, no importa la letra pequeña.

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