Hiroshima en el limbo

Por: Daniel Landa (Texto e fotos)
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Nos alejamos de Tokio a 300 kilómetros por hora y llegamos a Hiroshima después de un par de cambios de tren. Yeray, Pablo y yo debíamos acostumbrarnos a los desembarcos que significaban mover el equipo de cámara. En esta ocasión nos acompañaba Nacho Melero, que había llegado a Tokio desde España para compartir nuestros primeros pasos, cargar lo que hiciera falta y aportar un saludable punto de entusiasmo en cada esquina. Nacho fue desde el principio una de las personas que con más ahínco creyó en este viaje. Es de esos tipos que hacen suyos los problemas ajenos y que contagian al resto las propias ilusiones.

Con Nacho, como, hubo que mover de estación en estación, tres maletas de cámaras con los ordenadores y objetivos, dos trípodes, el maletín de accesorios, un slider, una caja enorme con el multicópter, tres bolsones con la ropa para un año de cada uno y las mochilas de mano. Eso además de la cámara de fotos y el equipaje personal de Nacho. Más que un viaje, parecía una mudanza.

Más que un viaje, parecía una mudanza.

Tomamos un ferry y nos alojamos en un hotelito en Mijayima. Estábamos en una isla diminuta al sur de Honshu, la isla principal de Japón. Comenzó a llover pero ni el agua apagaba la estampa de un monumento que desafía las mareas. La puerta de Mijayima es un santuario sintoísta que permanece sobre la arena o sobre el agua, dependendo da hora do día. Su perfil gobierna la playa frente a un templo que no puede competir con esa puerta de madera de alcanfor construida hace más de un siglo, tan solemne que pereciera que sólo a través de ella se pueda entrar en Japón.

Nosotros aprovechamos la hora del sol naciente, cuando los turistas seguían roncando y los monjes comenzaban sus oraciones, para grabar Mijayima. Estrenamos el multicópter, un drone con una cámara de vídeo capaz de ofrecer paseos aéreos inéditos para nuestros ojos. El agua cubría la base de la puerta y entramos por ella en vuelo rasante al amanecer. Ya nos podíamos ir.

Un ferry de vuelta, un tren y un taxista agobiado por tanto equipaje nos situaron en Hiroshima. Desde el primer parque hasta las últimas calles peatonales, la ciudad me pareció un limbo. No, no era real, no podía ser que las mujeres fueran de compras en bicicleta, que las terrazas estuvieran llenas de parejas tomando helados de vainilla, que los jóvenes devolvieran el saludo con una expresión risueña y que el cielo fuera tan azul. No en el lugar donde el ser humano vivió el momento más espantoso de su historia, el horror atómico. Un destello sordo en el cielo, un darse cuenta de repente que se acabó todo y ciento sesenta mil vidas arrasadas por la onda expansiva. Sucedió la mañana de 6 Agosto 1945. Desapareció Hiroshima y el mundo bajó la cabeza muerto de miedo.

El agua cubría la base de la puerta y entramos por ella en vuelo rasante al amanecer.

A la planicie de escombros sobrevivieron tres edificios: el banco central, el Pabellón de Exposiciones Comerciales de la Prefectura de Hiroshima y una fábrica de kimonos… Ah, y un pobre árbol. Decenas de miles de personas sucumbieron más tarde a la radiación, a las quemaduras o a la pena de no haber muerto. Pero Hiroshima seguía siendo Japón y en Japón el futuro se construye entre todos, aun mezclando el llanto y las cenizas.

Al menos eso pensaba yo viendo al grupo de escolares que visitaba el monolito donde se supone que explotó la historia, un 200 metros. Vimos procesiones enteras de niños con uniforme que salían del aula al encuentro con el pasado reciente, el de sus bisabuelos, vivos o muertos.

Junto a la cúpula sin cúpula del Pabellón de Exposiciones Comerciales, el más célebre esqueleto de la barbarie, un coro de niños cantaba a la paz. La escena me estremeció. Los colegiales miraban de frente y sin temor alguno al caserón desvencijado, pero en realidad, más que al pasado, encaraban el futuro. Una chica adolescente tocaba con gran habilidad un piano que fue rescatado de los añicos de la ciudad. El viejo piano sonaba sin tristezas, con la dignidad de un superviviente que ha recuperado la voz.

El viejo piano sonaba sin tristezas, con la dignidad de un superviviente.

En el Museo Memorial de la Paz, nos esperaba una muchacha llamada Kahori. Inclinó la cabeza como saludo y nos habló con la elocuencia del que no necesita levantar la voz. Su abuelo –según nos contó- sobrevivió a la explosión, pero un tumor apareció poco después y murió al cabo de unos meses.

Recorrimos con ella un museo que retrata la fealdad extrema. Jirones de ropa requemados, cristales retorcidos, fotos macabras del desastre, maquetas de una ciudad descuartizada… Sentí que aquellas paredes albergaban el averno.

Pero Kahori nos explicó que aquel museo no existe para condenar la guerra sino para recordar la importancia de la paz. Si bien la frase puede parecer un argumento un tanto endulzado para nuestras cámaras lo cierto es que no sentimos en toda la ciudad ni un solo resquicio de rencor. Banderas estadounidenses y japonesas ondean juntas en las calles y en cada canción, y hasta en el sonar de las campanas con las que se reza por los que allí murieron, hay más de reconciliación que de recelo.

Recorrimos con ella un museo que retrata la fealdad extrema.

El alcalde de Hiroshima, Kazumi Matsui, se ha convertido en un embajador perfecto para recordar a los presidentes de las grandes potencias que miren a su ciudad cuando decidan seguir armándose. Una carta a Obama que se exhibe en el museo Memorial muestra la condición de conciencia universal que ha adoptado el alcalde japonés.

Acabé rendido a una certeza: Hiroshima es paz. Se diría que ellos han reinventado esa palabra, que la han encarnado. No se trata de una intención desgastada por el tiempo, aquí no. Aquí la paz es una forma inequívoca de recordar que nunca más, que hay pesadillas irrepetibles, que el mundo debe aprender de un piano viejo que suena más fuerte que la mismísima bomba atómica.

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Comentarios (8)

  • Raisa

    |

    Marabilloso!!!

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  • Agur

    |

    Grazas Daniel! Marabilloso! Ánimo!

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  • Miguel

    |

    Vaya Daniel.
    Que artículo mas fantástico.Gracias por estas píldoras que nos das poco a poco desde tan lejos,

    enhorabuena y mucho animo

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  • Rafael

    |

    Daniel en tu linea un gran profesional
    cumple por nosotros esos sueños maravillosos

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  • Daniel Landa

    |

    Grazas a todos. Espero poder seguir contando historias de un camino, que a mí al menos me apasiona.

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  • Cesar

    |

    Hay a algunos que nos apasiona que hayas llegado tan lejos, pero q leyendote te sentimos cerca.
    Grazas

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  • Lydia

    |

    Muy bien contado. Brillante.

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