Simojovel: las manchas del ámbar

Por: Javier Brandoli (texto e fotos)
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La carretera que comunica San Cristóbal de las Casas y Simojovel es retorcida y empinada como la vida de sus habitantes. Las montañas del interior de Chiapas son un pequeño trozo de tierra fértil donde se acumula la pobreza y el olvido. No fue casual, fue algo premeditado por los que mandan de antes y los de ahora, me cuenta Claudia Ytuarte-Núñez, autora de la única tesis doctoral sobre las minas de ámbar de Simojovel: “En los 70 los campesinos se rebelaron del caciquismo y ocuparon tierras. O estado, desde entón, se ha limitado a rodearlos, colocando cuarteles a los alrededores de la Sierra, y prácticamente no prestándoles ningún servicio, preocupado sobre todo con que no se contagiara la revuelta”.

Entre aquellas montañas vive una inmensa población indígena que cuida sus casas con pequeños huertos contando con los dedos los días que les quedan de seguir vivos. Se aspira a subsistir y a que el cielo no lo complique todo con un exceso de lluvias o un exceso de sol. En la carretera cruzamos también por zonas zapatistas. La vieja revolución indígena se mantiene, algo común a otras zonas de Chiapas, en ese difícil equilibrio de no perder los principios. “Está usted en zona Zapatista. Aquí manda el pueblo y el Gobierno obedece”, dicen los carteles fronterizos que advierten a los foráneos de donde se entra.

Está usted en zona Zapatista. Aquí manda el pueblo y el Gobierno obedece

Y entonces algunos retenes en la carretera paran tu coche y te exigen un dinero, generalmente junto a hombres que hacen algún arreglo en la carretera, sin que uno pueda negarse al cobro. Outros, menos sutiles, levantan una cuerda y piden un dinero abultado. ¿Cuánto es? “60 pesos”, me responde un chico completamente borracho que sujeta un cordel con un compañero. "Ok, Eu creo que 5 pesos está bien”, le respondo mientras le doy la moneda. Él pierde algo el equilibrio entre la cuerda, mirar esa cosa que le pongo en la mano y los mandatos de su cabeza que le aconsejan dormir. Pasamos.

Finalmente, algúns 6000 curvas después, llegamos a Simojovel. La ciudad se sostiene sobre una ladera por la que deambulan cientos de personas por estrechas calles. El pequeño comercio lo ocupa todo. Llegamos hasta la plaza. He quedado con algunos mineros que me enseñaran las minas de ámbar. La historia se complica al conocerla, porque hay un cura amenazado de muerte, y narcos, y corrupción, y pobreza con las que acabo construyendo una historia más compleja de lo que pensaba para el periódico.

En principio yo estaba allí para hablar de ámbar y chinos. Porque como me explica Roberto Díaz, un artesano del ámbar de más de 23 años de oficio, “los chinos llegaron una mañana hace tres años y lo cambiaron todo. Vinieron a comprar el ámbar puro, el que no tiene manchas. Los precios se han multiplicado por diez y ahora los artesanos locales ya no podemos comprar ese ámbar, no podemos pagarlo”.

Vinieron a comprar el ámbar puro, el que no tiene manchas

Ellos trabajan ya sólo con el ámbar con manchas, lo que ha generado las protestas del gran colectivo artesanal. “Los chinos viven encerrados en el único hotel de la localidad y sólo salen por la noche a cenar al restaurante chino que se abrió tras su llegada”, nos cuenta Elias, un minero. “Dos los cerraron ya por dar ratas”, apuntilla Roberto con una sonrisa.

La forma de trabajar de los chinos es tener compradores locales que adquieren el ámbar de calidad. Los intermediarios compran el ámbar y ellos pagan como siempre al contado. El gramo de ámbar puro ha pasado de los 30 pesos a más de 350. Los mineros ganan también mucho más dinero.

Ese dinero de más que gana los mineros tiene una mala consecuencia. “Muchos consumen drogas para aguantar más tiempo en la mina. Antes trabajaban cuatro horas, que es lo máximo que se aguantaba, y ahora algunos están hasta diez”, nos reconocen algunos mineros. Los narcos, que siempre los ha habido, aprovechan la nueva demanda para mejorar sus ventas a los nuevos clientes. “Los dos primeros compradores que trabajaron con los chinos, que eran muy humildes, son ahora pequeños narcos que trafican con drogas. Los mineros son algunos de sus mejores clientes y, ás veces, les pagan hasta con el ámbar que encuentran”, dicir.

Muchos consumen drogas para aguantar más tiempo en la mina

Las minas tienen un dueño, que es la comunidad, ellos trabajan en ejidos, y un usufructuario que puede traspasarla o trabajarla. Pagamos nuestra entrada de 30 pesos para que nos dejen entrar a visitarlas. Vamos en coche a las afueras, a una zona rural. Se sube un terraplén empinado y llegamos a las cavidades de las montañas. Toda la excavación se hace con pico, a mano. Algunos mineros que están fuera, bajo un sol duro y una montaña de escombros, martillea los desperdicios en busca de desechos de ámbar. Sus sueldos pueden varias desde nada, si no encuentran nada, un 150 pesos o 500. Las minas también se pueden alquilar hasta por 2000 pesos al mes.

Dentro el calor es fuerte. La luz desaparece pronto y unas débiles linternas iluminan algo nuestro recorrido. Hay diversos túneles. Llegamos hasta uno en el que trabaja en un horno oscuro un tipo alegre. Charlamos mientras baja un poco la música que le hace compañía. Me cuenta que vivía en Texas, que allí todo era muy complicado y que regresó a su tierra y las minas eran su única salida. Pica como si bailara. El aire parece allí ser sólido.

Ora vez fuera encontramos a unos jóvenes que descansan agotados. De su charla se desprende que el negocio les es cambiante. “A veces no se gana nada”, me dicen. Ellos son el grupo más susceptible de acabar consumiendo drogas. “Los padres plantaban obligados la droga y sus hijos la consumen”, me explica luego Claudia. En la zona hay multitud de plantaciones de amapola y marihuana que se entremezcla con las minas.

Mi primo de 14 años murió aplastado por una roca

También trabajan allí niños, generalmente de familias muy desestructuradas y de alta pobreza. O 70 por ciento de los más de 40.000 habitantes de Simojovel forman parte de ese extracto social. “Mi primo de 14 años murió aplastado por una roca. Acababa de sacar un pieza de ámbar de 900 gramos que llevaba sonriente entre las manos cuando una piedra lo mató”, nos dice Elías.

Y luego está la corrupción, y los narcopolíticos y el Padre Marcelo por cuya cabeza pagan un millón de pesos y que se llevó a miles de indígenas en procesión hasta Tuxtla, capital, para pedir que se acabara la delincuencia y los abusos. Y uno piensa en el ámbar, en sus manchas, como una perfecta metáfora de aquel mundo cruel y olvidado. Las manchas del ámbar.

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