Valley of the Sugar Mills: Cicatrices azucre

Por: Diego Cobo (texto e fotos)
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Hoy es el petróleo lo que mueve la economía de muchos países, pero no siempre fue así. E Cuba se hacen esfuerzo por buscar un filón que potencie la larga decadencia económica de la isla mediante diferentes fórmulas que, aos poucos, se van abriendo al conjunto de la sociedad, aunque con algunas que otras dificultades. Ás veces, el país vive ajeno a su pasado no tan lejano y glorioso, cuando el azúcar espolvoreaba toda una nación orgullosa de su industria.

Lejos han quedado los años del apogeo del azúcar desde que, a mitad del siglo XVII, los españoles llegaran procedentes de Xamaica con el objetivo de potenciar el cultivo hasta límites insospechados. Pero la verdadera cúspide tuvo lugar más de un siglo después, cuando a principios del siglo XIX las tierras fértiles funcionaban al máximo rendimiento, los esclavos trabajaban por miles (se calcula que había unos 11.000 en 1850) y las fortunas emergían entre los nuevos dueños.

Lejos han quedado los años del apogeo del azúcar en Cuba

El llamado Valley of the Sugar Mills es el símbolo de esa gloriosa época. Situado en torno a la ciudad de Trindade, esta inmensa planicie de más de 200 kilómetros cuadrados ya no está tapizada por campos de caña de azúcar como entonces, pero las referencias de ese pasado glorioso se mantienen vivas en una zona declarada Patrimonio de la Humanidad en 1988. Fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando la producción se desplazó a otras zonas porque la tierra fértil ya se había colapsado, como había ocurrido en Haití anteriormente, y porque la Guerra de la Independencia destruyó muchas centrales, convertidas en amasijos de hierro.

Lo que queda en este amplio valle es la belleza del entorno, los riachuelos atravesando los campos mientras los caballos de los campesinos pasean a los turistas entres las plantas de azúcar que han sobrevivido; también los restos, los esqueletos de edificaciones de la industria abandonadas. Y la recuperación de otros tantos que representan el poder de una época.

En el Valle de los Ingenios quedan los esqueletos de edificaciones de la industria abandonadas

Manaca-Iznaga es uno de esos símbolos. Esta antigua hacienda pertenecía a unos descendientes vascos de quien uno de ellos, Pedro Iznaga, dicen que era un malvado terrateniente. El pequeño poblado se encuentra a quince kilómetros de Trinidad siguiendo una bonita carretera que desemboca en un canto al pasado: una inmensa torre-campanario, reconstruida, se intuye a lo lejos. Desde sus 45 metros de altura se convocaba a los esclavos, que también eran vigilados. La perspectiva desde lo alto, a donde se asciende por unas escaleras de madera, permite imaginar los ecos del esplendor marchito. A los pies de la torre, y entre los vendedores de artesanías apostados en el camino de piedra, se halla la mansión de los señores, también reconstruida. Unos antiguos cocederos de azúcar completan la antigua hacienda ubicada en las inmensas tierras fértiles que estaban conectadas con el puerto por ferrocarril.

Otro modo de acercarse a esta zona y a la herencia del azúcar es tomar el tren turístico que sale de Trinidad y llega hasta Guachinango, otra hacienda rehabilitada ubicada en un paraje inigualable. La histórica locomotora de vapor que arrastra los vagones recorre, atravesando puentes y campos, los casi 20 kilómetros hasta esta casa del siglo XIX que, con todo, no estuvo dedicada al azúcar, sino que era finca de ganado. Se encuentra en muy buen estado de conservación y se halla rodeada de animales y cocoteros. En su interior hay un restaurante.

Manaca-Iznaga se encuentra a 15 kilómetros de Trinidad siguiendo una bonita carretera que desemboca en un canto al pasado

No hay muchas más instalaciones en pie de aquella época. Alguna ruina, casas abandonadas y trece haciendas que tratan de recuperarse gracias a los esfuerzos de la Oficina del Historiador de Trinidad. A hacienda Guaímaro (século XVIII), que en su día logró la zafra de azúcar más abundante del mundo, según datos cubanos, está siendo sometida a trabajos de rehabilitación para convertirla en un centro de interpretación de la zona y un museo del azúcar.

La sombra de la gloria azucarera se extendió muchos años después de los tiempos coloniales, pero los últimos lustros han sido verdaderamente desastrosos a juzgar por la producción de una potencia mundial que actualmente tiene que importar el mismo producto: si la producción en la década de los años 50 era de un promedio de cinco millones y medio de toneladas al año, hoy se lucha por llegar al millón y medio.

La sombra de la gloria azucarera se extendió muchos años después de los tiempos coloniales, pero los últimos lustros han sido desastrosos

En 2002 se cerraron 62 centrales; en 2011 se eliminó el Ministerio del Azúcar, que pasó a depender de empresas estatales. Se lucha por doblar la cuota, pero los rendimientos son muy bajos y, a pesar de los esfuerzos, parece que quedaron atrás los tiempos dorados de la caña de azúcar. Los críticos, tamén, lamentan la oportunidad perdida del país para subirse al carro de los agrocombustibles.

Lo cierto es que la historia de Cuba discurre paralela a la de este codiciado producto que jugó un papel esencial en la época colonial. De feito, Haití acabó arrasada por este monocultivo que llenó los bolsillos de mucha gente y arrancó de sus países a miles de personas para convertirlas en esclavos. Las cicatrices de esa historia se condensan en los alrededores de Trinidad.

La historia de Cuba discurre paralela a la de este codiciado producto

Como en muchos otros aspectos, en la perla de Antillas (cuyo territorio es exageradamente fértil) operan con aparente perfección las contradicciones. Y la de la alimentación es una de ellas, ya que el mismo país que importa el 80% de la alimentación posee unas tierras benévolas para todo tipo de cultivos. Mais, la inmensa parte de los campos están abandonados y apenas hay ganado.

Una de mis obsesiones a lo largo de un año ha sido preguntar por esas razones: ¿Por qué no se cultiva? ¿Por qué no existe ganado? Y, verdade, nunca he recibido respuestas mínimamente convincentes. La desidia, incluíndo.

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