Sarajevo: tras las huellas de la guerra

Door: Enrique Vaquerizo (tekst en foto's)
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Primero son las montañas. Ondulaciones oscuras y lobunas, espolvoreadas con un reguero de nieve en pleno mes de abril. Hay algo maligno aún en esos centinelas que vigilan con avidez el fondo del valle. Pacientes y atentos como si aguardasen algo y, por un momento casi puedes comprender… Luego está esa niebla que cerca la ciudad con obstinación, y que no dará tregua en todo el día cubriendo sus calles con una bóveda gris. Sobre ella se distingue de vez en cuando un sol pálido que da vueltas y vueltas buscando inútilmente un resquicio por el que entrar. Las caras y abrigos color ceniza salen de la estación y se pierden poco a poco en la llovizna. Hay ciudades en las que te basta un paseo para comenzar a escribir, otras simplemente son bonitas. Son las siete de la mañana cuando salgo dando tumbos del autobús y echo el primer vistazo a Sarajevo.

Hay ciudades en las que te basta un paseo para comenzar a escribir, otras simplemente son bonitas

Las ocho horas de carretera infernal desde Zagreb se evaporan con los primeros lengüetazos de frío. Escojo una pequeña taberna en los alrededores de la estación para desayunar. A esta hora ya está llena, la mayoría de los clientes son hombres. El más joven olvidó los cincuenta hace tiempo, no parecen tener mucho que hacer. Dividen su atención entre la calle y la camarera. Ella sonríe y desfila de vejestorio en vejestorio mientras reparte besos y hace bromas salidas de tono con las botellas de cerveza. Dentro también hay niebla, ésta provocada por la humareda de los cigarrillos que los clientes empalman sin pausa. Todos beben cerveza, me pido una y un plato de salchichas con patatas fritas para desayunar. Desde aquí Madrid parece tan aburrida y civilizada como la sala de espera de un dentista.

Nadie habla inglés pero por signos un chico me explica cómo ir al centro. En Sarajevo te desplazas en un tranvía que traquetea con dificultad entre avenidas desangeladas de extrarradio. Aparece el asombro con los primeros edificios y las marcas de mortero que infectan todavía las fachadas con un acné juvenil. La ciudad se despereza y empieza a funcionar tras el café. Observo a los ocupantes del vagón; señoras en la mediana edad, gepensioneerden, un par de chicas cubiertas con pañuelo y un estudiante concentrado en su Ipad. El tranvía está inundado de carteles que anuncian los cromos de Panini para el mundial. In de 94 yo completaba mi segunda colección. Este chico tendría entonces unos siete años, me pregunto qué estaría haciendo él aquel verano.

¿Quién asesinó o delató? ¿Torturó o fue torturado?

Al mirarlos es difícil no hacerlo, no imaginar; ¿Dónde estaban? ¿Quién traicionó a quién? ¿Quién asesinó o delató? ¿Torturó o fue torturado? ¿Qué cosas se vieron forzados a hacer? Esas cosas de las que pensamos que nunca seríamos capaces. Sus rostros no ofrecen ninguna respuesta, herméticos miran por la ventana, bostezan y comprueban la calderilla.

Seguimos el curso del río y me bajo en la Bascarsija, el barrio turco. Siento que ya he estado aquí antes. La memoria descarga una sucesión de planos americanos en el telediario del mediodía. Casi puedo ver a Pérez Reverte con la nuez puntiaguda y la mirada triste, contándonos todo el horror y la miseria de la vieja Europa.

Hoy este lugar es turístico. Un remolino de restaurantes, tiendas de postales y plata turca entre las que sobresalen las cúpulas turquesas de las mezquita y el olor a kebab. Junto al emblemático quiosco que preside el barrio hay un panel de información con los principales lugares de interés de la ciudad. Un grupo de japoneses se hace fotografías y levanta con cada click bandadas de palomas. Son los únicos visitantes con los que me cruzo en todo el día.

Un grafiti de amor pintarrajeado sobre las balas y charcos como calvas en el asfalto

Luego sales de este diminuto parque de atracciones, te pierdes entre las calles que trepan por sus laderas. Mercados de fruta y algún Starbucks, un grafiti de amor pintarrajeado sobre las balas y charcos como calvas en el asfalto. El Miljacka sigue su curso turbio atravesado por un batiburrillo de puentes de diversos estilos. También el Puente Latino, donde fue asesinado el archiduque Francisco Fernando, origen de otra carnicería ilustre. El avispero de los Balcanes dicen. Al mediodía las avispas inundan ya de diversidad sus calles. Dos monjas y un cura trotan a buen paso frente a la mezquita de Gazi Husrev, a unos metros me cruzo las barbas solemnes de un rabino, distingo a unos chicos que se arrodillan buscando la dirección de la Meca. España pudo haber sido algo así, algún día lo fue. Aquí también sabemos cómo organizar fiestas inenarrables.

Escalo entre tiritones las colinas del barrio cristiano de Brick. In de 91, aproximadamente el 40% de la población de la ciudad era musulmana casi en su totalidad pertenecía la etnia bosnia, los serbios ortodoxos eran el 34%,el resto, católicos en su mayoría croatas se circunscribían a este barrio. Las tropas serbias llegaron hasta las inmediaciones y el grito de “cuidado francotirador” se convirtió en el saludo cotidiano de sus calles.

Si levantas la vista desde el fondo de la caldera hacia donde debían disparar los morteros puedes ver los cementerios. Hay muchos, manchurrones lechosos desperdigados en las laderas, desde alguno de ellos disfrutas de una vista privilegiada de la ciudad. Lápidas y lápidas blancas brotan entre la hierba, alineadas perfectamente como filas de naranjos. La mayoría esculpidas con letras árabes y una media luna, todas entre el 91 en 94. Me fijo en las edades, 37, 42, 21, 17,28, 19 jaar, una combinación aleatoria de números húmedos entre la bruma. Mi guía señala que en el cementerio situado cerca del Fuerte Amarillo habrá unas tres mil tumbas. Cuando me marcho el camposanto está en silencio, sólo quedan un par de hombres que escuchan la radio y retocan un hilo de hierba que crece entre el mármol.

Lo que estremece de la Guerra de de la antigua Yugoslavia probablemente sean sus ausencias

Lo que estremece de la Guerra de de la antigua Yugoslavia probablemente sean sus ausencias. Aquí no hay fotografías en blanco y negro, o drones bombardeando algún objetivo concreto en el desierto, ni rastro de rostros exóticos, tampoco niños africanos que abrazan un fusil que apenas pueden cargar. Las imágenes no tienen ese tono verdoso y difuminado por el retorno de la señal al estilo de las películas de serie B, el tono tranquilizador de la distancia. Esto sucedió aquí, en el zaguán de Europa, hace veinte años cuando la mayoría estábamos vivos y haciendo cualquier otra cosa. Sus protagonistas están aún en Sarajevo, víctimas y verdugos, tomando tranvías desvencijados, haciendo compras o fumando narguiles al anochecer.

Doy otra vuelta por la Bascarsija mientras escucho las llamadas de los imanes. Visito la vieja biblioteca destrozada por la guerra, pruebo el cevapi, plato típico bosnio y compro dos postales de la ciudad con bonitas puestas de sol en una de sus decenas de tiendas de souvenirs. En otra de ellas hay juguetes; fusiles de plástico junto a muñecas y un pitufo gigante.

Mi autobús de vuelta a Zagreb sale esa misma noche y en el andén conozco a Christina, una chica bosnia. Estudia en Croacia y mañana hace en Zagreb su último examen para acabar Biología. Hablamos de todo un poco, le pregunto por la convivencia de las diferentes etnias en la ciudad. Me suena la respuesta, la he escuchado antes, en gente que provenía de Sierra Leona, Guatemala o el Chad.

A la mayoría no nos gusta hablar de eso, sólo la gente mayor se preocupa por estas cosas, los jóvenes no. Pasó y no podemos hacer nada, hay que mirar hacia delante”.

Siempre hacia delante.

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Reacties (1)

  • Isabel

    |

    Con tu relato , me imagino el fantasma de lo espeluznante aún presente¡Enhorabena!

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