La fe inexplicable de Kumano Kodo

Por: Daniel Landa (Texto) Nacho Melero/D.Landa (Fotos)
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“Aquí la fe es como un bosque de bambú, se mece con el viento, cambia, es flexible” La frase la soltó como si tal cosa el menos japonés de los japoneses de la península de Kii. Se llamaba Brad y había crecido con las nieves de Canadá. Pero tenía el alma con los ojos rasgados y el corazón enredado en la maraña de credos que estábamos a punto de descubrir.

La ruta sagrada de Kumano Kodo es un paseo hacia ninguna parte, pues el camino es circular y acaba donde empieza y empieza donde uno quiera. Es un delirio de peregrinos que no se puede explicar, supongo que sólo se entiende cuando uno ha concluido la travesía.

Galicia, Yeray, Nacho y yo llegamos a la primera de las entradas sagradas con la poca delicadeza de arrastrar las maletas de cámara, como si fuéramos a robarle la magia a aquel monumento entre los arrozales y el pantanal. Los otorii son puertas huecas, para que entre la paz y el peregrino, dos postes gigantes y una traviesa formaban la Honghü Taisha, que es por donde empezamos nosotros. Alén, comenzaba el recinto de templos, inciensos, escaleras y oraciones. Adentrarse en Kumano Kodo es una forma infalible de desorientarse en el laberinto de credos, pero uno tiende a perderse con ganas, porque no hay filigrana, ni estatua de dragones, ni monje pelado que no provoque una sonrisa infantil.

La ruta sagrada de Kumano Kodo es un paseo hacia ninguna parte

Sintoístas, budistas y animistas comparten el camino. Son creencias diferentes pero compatibles. Espíritus, montañas, budas y ríos, todo encaja si es para encontrar el equilibrio. No hay enfrentamiento, ni tensiones. No es tu Dios o el mío, sino dioses compartidos, que hasta en eso Japón sabe ordenarse y aquí caben todas las formas posibles de fe.

De los tres lugares sagrados, el más hermoso es que de Nachi Taisha. Allí la comunión es perfecta. Un templo sintoísta, con sus pilares rojos y sus campanas da paso a uno budista, más sobrio y antiguo. La gente acude a rezar a uno y a otro, yo creo que sin hacer demasiadas distinciones.

El recinto de Nachi Taisha se asoma a una cascada sagrada, y desde una torre de tejadillos poliédricos vimos a los monjes sumidos en cánticos y oraciones, encarando el salto de agua. Es tal la comunión del paisaje con los templos, que uno siente el impulso de lanzarse a rezar allí, sin saber muy bien a quién.

Es tal la comunión del paisaje con los templos, que uno siente el impulso de lanzarse a rezar allí, sin saber muy bien a quién.

El último de los lugares de peregrinación es la Hayatama Taisha. Repite el ritual de fieles tocando campanas y monjes aceptando ofrendas. Es colorido, como los otros templos y termina en lo alto de una colina, frente a una roca enorme.

La naturaleza ha inspirado esta ruta. La cascada representa a la mujer, la roca al hombre y el pantanal es la comunión de ambos. Hablan los templos del cielo y de la tierra, de la vida y la muerte. Yo no entendí nada, porque es imposible entender la fe. Hay que caminar la senda y atravesar los bosques, sin cámaras ni urgencias para sentir lo que sienten ellos, para saberse peregrino en busca de respuestas, sin dogmas, meciéndose al viento de la fe, como el bambú. Quizás la próxima vez.

Después de atracón de templos, pedimos de postre la ciudad de Koyasan. Tal vez el lugar más abigarrado de edificios budistas que existe en Japón. A mí los budistas siempre me han parecido unos cachondos, tipos que tras la túnica naranja y el fervor de las oraciones transmiten algo que en occidente nos parece casi incompatible con la religión: la alegría.

Hay que caminar la senda y atravesar los bosques, sin cámaras ni urgencias para sentir lo que sienten ellos

En Koyasan hay 120 Templos, unos al lado de otros, templos enormes con fachadas blancas y grandes Budas dorados, templetes modestos con jardines japoneses muy cuidados u hoteles-templos, donde puede alojarse el visitante entre los monjes. Y eso es lo que hicimos nosotros.

Nos sirvieron la cena en un lugar diáfano, con el suelo acolchado por las esteras y las paredes blancas de papel. Tomamos arroz y vegetales y bebimos un té aromático. Entrevisté a uno de los monjes que regentaba el hotel y me dijo con una mueca de adolescente gamberro que ser monje era muy divertido.

No lo parecía viendo cómo se levantan al amanecer para leer sus escrituras entre las estatuas relucientes de Budas, no parecía divertirse tampoco cuando cargan alimentos, en una arcana ceremonia, para llevárselo a Kobo Daishi, el fundador de la escuela Shingon del budismo japonés, que es tan viejo, que lleva muerto más de mil años. Pero a partir de ahí, el día se aligeraba. Los monjes paseaban por los jardines zen de los templos, iban de compras o llamaban a sus amigos monjes con el móvil.

Aquella noche coincidió con la final de la Champions League y entre tanta ceremonia y tanto rezo, nos pareció fuera de lugar preguntar si había alguna manera de ver el partido. No hizo falta, uno de los monjes que se presentó así mismo como madridista acérrimo se acercó a nosotros como intuyendo la pregunta que no queríamos hacer:

-Si queréis ver el partido poned el canal 8 en el televisor. Yo pienso verlo-. Sentenció con una carcajada

La fe no se puede explicar.

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Comentarios (2)

  • silvia perdomo

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    Es increíble como explicas temas profundos,culturas tan diferentes con la facilidad que te otorga una mirada sencilla , una palabra cercana .no he estado allí, pero de pronto el sintoísmo el budismo, el peregrina espiritual en Japón, se vuelven cercanos. Gracias a vuestro atracon de templos

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  • Daniel Landa

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    Muchas gracias Silvia. La verdad es que con las imágenes que tenemos grabadas espero que que todas estas historias lleguen aún con más fuerza. 😉

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