A mí sí me gusta París

Per: Enrique Vaquerizo

encapçalament informació

contingut d'informació

A mí sí me gusta París, me gusta París como me gustan el Albariño o los langostinos, las pelis de Woody Allen, ver jugar a Rafa Nadal en Roland Garros o esos Rolls- Royces que nunca he conducido. Me gusta París por ese trasunto gastado de las cosas irremediablemente buenas y fiables. Esas pocas cosas que nos salvan de la insoportable levedad e incertidumbre de esta vida. París es una de ellas.

No todo es subjetivo y no hay que tenerle miedo al “mainstream”, como no hay que temer a un batallón de japoneses fusilando a la Gioconda. Si la Gioconda está ahí y le disparan es por algo, principalmente porque muchos otros lo han hecho antes y no todo el mundo puede estar equivocado. No podernos ser originales y transgresores todo el tiempo y no siempre es aconsejable ni “cool” huir del rebaño. A veces hay que rendirse a la tiranía de la belleza. I si, a mí también me gusta Katmandú e incluso Benarés o Bangkok, y reconozco que Berlín resulta deliciosamente undeground y ecológica con todos esos descampados y grúas repartidos por el centro. Pero al final siempre volvemos a París a perdernos con cara de bobalicones por sus bulevares y a preguntar por la Torre Eiffel y el Moulin Rouge con un acento horrible.

Siempre volvemos a París a perdernos con cara de bobalicones por sus bulevares y a preguntar por la Torre Eiffel

La primera vez que fui a París fue con mis padres, ellos ya me habían advertido que me iba a encantar. Pero yo como un adolescente terco, volvía la cara al pasar por Notre Dame y mascullaba no se qué incoherencias sobre Amsterdan y Londres. Obviamente nuestros padres siempre tienen razón y saben lo que nos conviene. Y al llegar la hora de elegir destino para hacer el cafre durante un año yo ya sabía quién encabezaría mi lista.

Porque no podemos saber más que Cortazar, y Scott Fitzgerald y que Henry Miller y que Jim Morrison y porque todos ellos no podían estar equivocados. Hay que ser más humildes. Ernesto ya nos advirtió que esta ciudad era una fiesta, y algunos hoy todavía se empeñan en no hacerle caso a ese hombre con bigote y pantalones cortos que podía matar elefantes a puñetazos. A París deberíamos entrar con respecto y veneración como a una iglesia. Hay que descubrirse y dejar que el Sena arrastre nuestros prejuicios estúpidos y se los lleve lejos, molt lluny, más allá del Pont des Arts.

Puede que los parisinos sean antipáticos, y hasta es posible que en ocasiones te manden a callar en el metro

Puede que los parisinos sean antipáticos, y hasta es posible que en ocasiones te manden a callar en el metro y que cuando les preguntes una dirección se limiten a observarte como a un insecto extraño haciendo esos movimientos tan característicos suyos con las fosas nasales antes de emprender la estampida. Pero es que París no les pertenece y lo saben, París es nuestro. Como una especie de Arca de Noé que hubiese sido construida para salvaguardar todo el esplendor y la delicadeza del mundo cuando todo esto acabe. En París hay parisinos para contrarrestar tanta belleza.

París no es una ciudad fría, cara y sin alma, etcètera. Pasear por sus calles y atrapar un síndrome de Stendhal como quien agarra un catarro sale absolutamente gratis. Parte del encanto de esta ciudad radica en esas dentelladas frías y miserables que te regala febrero mientras te relames al mirar dentro de las brasseries para luego irte a comer patatas fritas grasientas en cualquier kebab.

Todos sospechamos que enamorarse en París es enamorarse de verdad. Lo hemos visto en las películas y nos reímos envidiosos y suficientes, pero en el fondo de nuestros corazones sabemos que nuestros amores son pálidos y aburridos, llenos de cenas silenciosas y excursiones a Ikea y que todo hubiese sido completamente diferente si nos hubiésemos conocido en París, y hubiésemos escuchado el ruido crujiente de una baguette aplastada contra nuestro pecho mientras besamos apasionadamente a nuestra novia en cualquier puente. Lo sabemos pero fingimos no saberlo y cuando miramos Casablanca nos reímos. Un, nos reímos pero si Bogart se hubiese quedado en París no hubiese acabado encamado con aquel policía.

Si Bogart se hubiese quedado en París no hubiese acabado encamado con aquel policía

Yo he vivido un año en París y he visto el Sena plagado de playones de arena mientras los Batoumuches atestados de turistas se perdían con la corriente, he visto al presidente Lula bailar con su ministro Gilberto Gil en un escenario de la Plaza de la Bastilla, he comido crepes preparados de catorce formas distintas, he podido vislumbrar entre sus calles, Estambul, Rabat, Nueva Delhi y Kinshasa. He visto atardeceres desde el parque Bout Chaumont que parecían manipulados con photoshop, con un sol incandescente como un melocotón maduro. He bailado (aunque brevemente) un tango en el Quai d´Orsay, he escupido desde la Torre Eiffel y he calculado cuanto tardaba en llegar abajo. Me he colado en el metro en un total de diecisiete ocasiones, me han pillado cuatro.

He buscado la tumba de Jim Morrison entre lápidas tristes como todo el mundo. Ahora conozco la diferencia entre la poison y poisson, he comido poisson, he bebido poison. He escuchado a un africano decirle a un ruso y a un pakistaní en pleno Noctambús, volved a vuestro país, Francia es para los franceses y para los africanos. He olido quesos en sus mercados que resucitarían a un muerto. Ahora sé que “Voulez vous coucher avec moi?” era una pregunta un poco estúpida, casi nunca era “Ce soir”. He salido por una alcantarilla de Tolbiac tras haber asistido a una fiesta rave en sus catacumbas con la cara amoratada por la falta de oxígeno. He visto a un parisino sonreir.

He salido por una alcantarilla de Tolbiac tras haber asistido a una fiesta rave en sus catacumbas

He escuchado un concierto de jazz en plena Rue Mouffetard con un trompetista tuerto que no tenía nada que envidiar a John Coltraine; me ha parecido ver a Marlon Brando llorando entre los pilares que hay bajo la estación de Stalingrad; he escuchado pop, roca, rap, dub step, reggae, ragga, acid jazz, y trash metal en los muelles del canal de Saint Martin el día de la Fête de la Musique; me han pedido un café en veinte idiomas distintos; he montado en bicicleta por los jardines de Luxemburgo; he dicho cuarenta veces “no, merci beacoup” mientras sonreía a los hindúes que tratan de venderte llaveros al pie de la escalinata de Montmatre. He visto como una vez se hacía de noche a las 4 i 17 minuts, he cobrado la CAF como un Erasmus desharrapado cualquiera.

He visto a un masai en taparrabos por las calles de Belleville, He sentido el peso del invierno como una manta helada. He acudido cuarenta veces a “La Poste” para reclamar mi factura del gas. He soñado que dormía en el vientre de la ciudad. Allí me he hecho más tolerante, más curioso y me han empezado a hormiguear las suelas de los zapatos. Ni un solo día dejé de asombrarme por tanta belleza, tanta que a veces tuve que sentarme en cualquier banco de las Tullerías porque pensaba que iba marearme. Ni un solo día dejé de sentirme un privilegiado por poder vivir allí.

No tengáis miedo probablemente ya haya olvidado lo que habéis escrito sobre ella y no os guarde rencor

Javier, Daniel, us convido a pujar amb mi les escaletes Notre Dame, no tingueu por, podéis dejar a un lado el tiovivo de Amelie, y taparos los oídos para no escuchar el sonido de los acordeones. Incluso al llegar arriba componer un gesto de desagrado y apartar la vista del Pompidou “esebloquecuadradocon todossusandamios” No passa res. Pero al mirar hacia abajo y contemplar el espectáculo sólo os pido que saludéis a París como se merece, y empaparos de este último refugio contra la mezquindad y el dolor del mundo. No tengáis miedo probablemente ya haya olvidado lo que habéis escrito sobre ella y no os guarde rencor. Ella es así, como una madre generosa y condescendiente, siempre dispuesta a perdonar vuestras afrentas con una sonrisa, una sonrisa reluciente con mil tejados azules.

 

  • Compartir

Comentaris (18)

  • Ana

    |

    Digues que sí, Enrique, son un poco idiotas!

    Contestar

  • Javier Brandoli

    |

    París es como acostarse con un bellísimo maniquí. Te vas a casa tras una larga noche de amor pensando¿cómo me dijo que se llamaba?”. Yo también juraría que me pareció ver sonreir a un parisino. Le hice una foto y al ampliarla vi que no, que abría la boca para morder a un molesto turista. A su lado había otra persona con la boca abierta: bostezaba.

    Contestar

  • Daniel Landa

    |

    Querido Enrique Vaquerizoestoy de acuerdo contigo, a mí también me gusta ver jugar a Rafa Nadal.

    Contestar

  • Enrique Vaquerizo

    |

    Javier, no pienso entrar en la vida sexual de cada uno, eso pertenece al ámbito privado. Lo respeto sin problemas.

    Daniel Landa no hay nada mejor que ver jugar a Rafa Nadal y en París rodeado de franceses

    Contestar

  • Ana

    |

    Enrique, ante lo de Rafa Nadal tengo que decir que hay una cosa quizá mejorVerlo ganar en Wimbledon rodeado de inglesesES que allí lo quieren y lo jalean….

    Contestar

  • Enrique Vaquerizo

    |

    Ana tiene que tener su punto también, pero ver esas caras avinagradas a tu alrededor no tiene precio.

    Contestar

  • Mayte

    |

    Javier, me estoy partiendo con tu comentario!! molt bo, mi pregunta es: pero cuantas veces te has acostado con un bellísimo maniquí y a la mañana siguiente te has preguntado como se llamaba??? jajaja, Quizás Paris sea algo así, una noche loca de amor, amarga y dulce a la vez!!

    Contestar

  • Pepe

    |

    Lo peor de París son los pelos de los sobacos de las francesas

    Contestar

  • Javier Brandoli

    |

    Ahí no estoy de acuerdo Pepe y los insultos fáciles no son el camino. Podemos bromear e incluso forzar los comentarios con cierta ironía, pero Vap no es sitio para dedicarnos a hacer insultos de mal gusto.

    Contestar

  • Diego

    |

    Gran texto, Enrique, y bastantes risas.
    Hay ciudades que se aman o se odian, sin término medio. Creo que Madrid también es una de esas.
    ¡Queremos más versiones de si nos gusta o no París!

    Contestar

  • pepe

    |

    No pretendía ser un insulto. A mi me gusta París, pero hay pocas franquicias de láser. Eso es un hecho.

    Contestar

  • Ele Nusky

    |

    Después de un año inmejorable en París, tuve la suerte de poder tener otro año inmejorable (de vivencias totalmente diferentes) a Austràlia. De esos 365 dies, los únicos días que lo pasé realmente mal fue por cruzarme con un parisino.

    Contestar

  • Ele Nusky

    |

    Un aplauso por el artículo.

    Contestar

  • Jorge L.

    |

    Renoir, Baudelaire, Verlaine, Debussy, Monet, Brassens, Levi Strauss, Rubén Darío, A. Destral, Satie, Chopin, Nijinsky, Marcel Marceau… Uf!.

    Contestar

  • Isabel

    |

    Bé , Enrique , está claro , que París dá para mucho .
    Enhorabona !

    Contestar

Escriu un comentari

Últims tweets

No tweets trobat.