En busca de mi rincón de Escocia

Per: Daniel Landa (Text i fotos)
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Salí a recorrer Escocia, como quien huye hacia a la lluvia, buscando soledades al otro lado de Europa. Tenía hambre de acantilados, sed de whisky y ganas de perderme. Jo, que entiendo el viaje como una experiencia compartida, decidí esta vez desprenderme de toda compañía.

Así aterricé en Edimburgo. Me calcé unas buenas zapatillas y me ajusté la cara de turista, con mi plano de ciudad y esa mirada sonriente de las primeras veces. Tuve la sensación de chocarme con el casco antiguo, tan vertical que se veía casi de golpe. La personalidad de esta ciudad radica en sus alturas, con muros, castells, palaus, callecitas y pubs irlandeses, todos a un mismo tiempo, unos encima de otros, sobre una colina que va superponiendo bellezas medievales. La ciudad se alza como se alzan los lugares gallardos, de peu.

Tuve la sensación de chocarme con el casco antiguo, tan vertical que se veía casi de golpe.

Así llegué al Castillo, que uno no sabe bien si está en lo alto para verse desde cualquier lugar o si es más bien al contrario, y es desde allí desde donde uno ha de contemplar el resto de la urbe. En cualquier caso me pareció solmene y hermosa como otras ciudades que cuentan la historia del mundo anglosajón.

No obstant això, el pasado de esta ciudad se lee mejor hacia abajo. No dudé en apuntarme a una excursión hacia el subsuelo. Edimburgo se cuenta en los pasadizos que el tiempo ha rescatado para entender que allí mismo había un laberinto de calles y de historias, de pestes y comercios. Resulta sorprendente ver que hay edificios enteros sepultados, casas de hasta cinco y seis plantas (los rascacielos de antaño) que formaban la antigua ciudad.

Pero con los primeros fish & chips y las últimas pintas de cerveza negra, decidí salir de allí. Tomé un autobús hacia el norte sin más planes que irme alejando del sur. Tenía la esperanza de alcanzar algún pueblo de mar perdido entre los acantilados, dejarme seducir por extraños y si llegara el caso, hacerme pescador de Escocia y vivir de la nostalgia de aquellas tempestades.

Tenía la esperanza de alcanzar algún pueblo de mar perdido entre los acantilados, dejarme seducir por extraños y vivir de la nostalgia de aquellas tempestades.

Alcancé Inverness, a orillas del río Ness y me hospedé en un Break & Breakfast, que una vez visto el precio, yo hubiera prescindido del breakfast. Recorrí muchas veces la calle principal y disfruté del orden de las aceras, del silencio y del cielo gris bajo el que paseaban los lugareños pelirrojos, más preocupados por el rumbo de sus gaviotas que por la Corona de Inglaterra. Allí se empieza a estar lejos del resto de Gran Bretaña, allí empezó la desconexión de mi viaje. En un arrebato por separarme más y más, alquilé un coche minúsculo y salí a la carretera. El pueblo perdido que andaba buscando resulta que se llamaba Nairn. Tenía su iglesia protestante y sus casitas muy pequeñas y floridas. El puerto estaba en calma con los barquitos atracados en perfecta armonía. Incluso tenía un kiosko en mitad de una playa desierta, de arena pálida y fría por la que no pasaba nadie.

I aquesta nit, como había planeado, me dejé seducir por extraños, bebí whisky y secundé los brindis con unos jóvenes a los que no acababa de pillarles el acento. Fue divertido, pero renuncié a la idea de hacerme pescador en Nair. No sé, tal vez era demasiado escocés para un palentino.

A la mañana siguiente me senté a ver el mar. Había un banco en mitad de ninguna parte, un banco para sentarse a contemplar, para no esperar nada ni pensar en lo que está por venir. Escocia me parecía un lugar propicio para las mentes en blanco, para enterrar relojes y sentir el aire de los mares del norte. Pero yo buscaba mi historia escocesa, mi antes y mi después.

Escocia me parecía un lugar propicio para las mentes en blanco, para enterrar relojes y sentir el aire de los mares del norte.

Entonces decidí que sí, que iba a ser yo, que tenía suficiente fe para encontrar al monstruo del lago Ness y allí me fui, rodeando el lago y observando cualquier movimiento, parando aquí y allá entre castillos y embarcaderos. Me quedé escrutando el agua un buen rato en un recodo apartado, casi sin vegetación. No hi havia ningú més. Tras varios minutos de vigilancia concienzuda, observé algo extraño en el agua, algo que sobresalía no muy lejos de la orilla. Era un palo.

No del todo satisfecho con mi descubrimiento (¡en el lago Ness hay palos!), me dije que había que intentar alcanzar mi lugar apartado del mundo en el que comenzar, potser, una nueva vida. Atravesé la isla de Skye en un nuevo autobús. La niebla convertía en gigantes a los montes y hacía lúgubres los lagos. El trayecto me pareció una fábula, agreste, solitari, sin árboles, ni pueblos, ni un pastor errante que humanizara el paisaje. Me asomé a acantilados hoscos y a playas de ripios y por fin alcancé un pueblo llamado Uig.

Un tipo me alojó en un hostal con vistas a una de las últimas playas de los Highlands de Escocia

Vi como partía un barco mercante, que se me antojó enorme para un pueblo tan pequeño. Y cuando desapareció el navío, el pueblo se me hizo aún más pequeño. Un tipo me alojó en un hostal con vistas a una de las últimas playas de los Highlands de Escocia. Y allí me quedé, paseando una orilla de guijarros con vocación de playa. No muy lejos de allí, pude ver el perfil severo de los acantilados. Soplaba un aire frío y empezó a chispear.

El único local abierto era un pub junto al puerto. La barra estaba vacía y pedí una pinta a la camarera. Cuando me acercó la cerveza preguntó adónde me dirigía. Le dije que en realidad éste era el destino de mi viaje. Secó la barra con un trapo y me dedicó la mirada más melancólica de Escocia.

 

 

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Comentaris (8)

  • Lidia

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    Commovedor. Si lo llevaba pensando un tiempo, ya lo tengo claro: he de volver al Norte. Con mayúsculas, porque es el norte de los nortes (sobretodo para sureñas de Córdoba).

    Sólo un apunte (que intuyo habrá sido error del corrector, paradojas de la vida): es la Isla de Skye (no skype… ) 🙂

    Gràcies!

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  • Daniel Landa

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    Gràcies, Lidia, en qué estaba yo pensando!!! Tanto hablar por Skype

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  • Lidia

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    No hay de qué! Supongo serán gajes del oficio. Cuando uno se ha visto más de medio planeta, Skype debe de estar grabado muuuy fuerte en el subconsciente!

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  • Lydia

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    La primera vez que fui a Escocia, viajé sola, aunque visité a una amiga en Edimburgo. Em va encantar. Tu relato me ha traído muy buenos recuerdos. Es un destino al que volveré.

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  • Adrián

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    De Hola Daniel, Hace cinco minutos que he terminado de leer tu libro, vuestro libro. Jo, que pocas veces salgo de los autores clásicos y obras consagradas para no arriesgarme a perder el tiempo, me he bebido tus palabras. Gràcies. Queda un mal regusto final debido a esos imbéciles mediocres, pero estoy seguro que hoy en día incluso daréis gracias hasta por eso. Me encantaría saber en qué andáis metidos ahora cada uno de vosotros. Buscaré por internet. De momento me quedo un rato más por esta página mirando las fotos de mi paisano José Luis. Una abraçada.

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  • Daniel Landa

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    Moltes gràcies, Adrián! La verdad es que sólo nos quedan grandes momentos. De fet, yo estoy a punto de volver a la carretera, será muy pronto, ya mismo me dirijo al Pacífico!

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  • Carlos

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    De Hola Daniel, leyendo tu viaje en solitario por tierras Escocesas, he recordado el mío, sólo que ……acompañado por 16 personas más. Paisajes como los de la isla de Skye ” l'illa de la fi del món “, sus pintas de cerveza, gente acogedora a pesar de su acento ininteligible,….
    Me ha gustado tu relato.
    Mucha suerte en tu próximo viaje por el pacífico, esperaré con impaciencia tu próximo documental.

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  • Laura B

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    Meravellós, super medieval y literario. Que ganas de ver los palos del lago Ness y tomar cervezas melancólicas
    Gracias 🙂

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