Guachochi: la belleza en escorzo

Per: Javier Brandoli (text i fotos)
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¿Mira si puedes hacer algo para ayudar a promocionar el pueblo?, me dijo un amigo que trabaja en labores de comunicación relacionadas con la Sierra de Chihuahua. Para muchos de ustedes ese nombre que conlleva una situación geográfica no les dice absolutamente nada; para los que habitan en México supone, generalment, dos palabras: prohibido y miedo.

La sierra de Chihuahua, junto a las de Durango y Sinaloa, conforman el llamado Triángulo Dorado, una especie de santuario de los narcos donde un espeso pinar llora y reza sus cadáveres. Nadie va allí a hacer turismo porque nadie hace turismo donde escucha o lee que en los selfies se distinguen de fondo los muertos.

¿Y qué quieres que diga de Guachochi?, li parts. “Pues hay unas cascadas y un parque”, em va respondre ell. Partimos a verlas. La cascada es un alto de agua, normal, bonic, no especialmente grande ni especialmente pequeño; el parque, rodeado de un lago artificial, un tranquilo lugar de encuentro. Res més. “¿Ves a esos niños jugando allí? Ese es el gran triunfo de esta ciudad, un milagro. La gente ha vuelto a las calles y las tiendas están abiertas”, me explica él. Ho era, el milagro lo era, y es justo desde ese hecho especial que no tiene nada de especial, el de ver a gente vivir libre, desde donde se comienza aquí a entender todo y se deshacen algo las nubes de. tempesta.

La gente ha vuelto a las calles y las tiendas están abiertas

Guachochi, la ciudad por la que caminábamos con calma, vivió en noviembre dos semanas de toque de queda. Parece que fueron unos whatsapp enviados anónimamente los que desataron una ola de pánico entre la población. “No salgan a partir de las 17 hores”, advertía el mensaje de texto. Cuando caía la noche se apagaba todo, se cerraban los comercios y las calles eran un cementerio. Días antes habían matado a cuatro miembros de una familia a la entrada de la población. Unos cadáveres más que sumar a la larga lista de muertos de esa batalla entre el Cartel de Sinaloa y La Línea para controlar el tráfico de drogas en las montañas.

En noviembre estuve en otro lugar de la misma sierra, Guadalupe y Calvo. Más violento, más reconocidamente violento, por tratarse de uno de los municipios que acumulan más asesinatos en todo México. El problema es que los municipios aquí son inmensos, terrenos inabarcables de monte y quebradas con comunidades que distan de la cabecera más de ocho horas de coche. Senderos de tierra y piedra donde se esconden sicarios, plantaciones de droga, espíritus, indios y alacranes.

En aquella ocasión subí a la Sierra en la avioneta de un alcalde. Lo poco que pude ver sereno, que mi jodido mal de oído y el fuerte viento me tuvieron el tramo final con la cabeza metida en una bolsa, distinguí preciosas quebradas, ríos que partían las rocas y un profundo bosque de pino. La tornada, en cotxe, era por un profundo corredero de árboles que se despeñaban hacia abajo en medio de algunas pequeñas comunidades. Recordo, fins i tot, que subimos a un lugar desde el que se observaba el pueblo de Guadalupe y Calvo enclavado en un valle cerrado, entre picos verdes. La noche era fría y callada.

Se sucedían los pinares con la amenaza de algún sendero de agua

En Guachochi el terreno es alta meseta. Salimos a ver una comunidad de indígenas tarahumaras y se sucedían los pinares con la amenaza de algún sendero de agua que pudiera dividir lo cruel de lo humano. En la comunidad encontramos una vida dura, pobre y llena de matices culturales de los raramuri, uno de esos pueblos que entiende el mundo desde el otro lado del espejo. Recordé mis años en África, su turismo de naturaleza y tribus, y los ingresos, menos de los que debían pero ingresos, que generaba a las comunidades locales. Aquí había una bella naturaleza de alta montaña, una gastronomía de carnes y truchas peculiar, sabrosa, y unos pueblos indígenas que organizados, sin abusos ni teatros, podrían enseñar al mundo sus tradiciones. ¿Eso podría traer turistas? Supongo que sí, yo desde luego con una oferta así iría, pero antes debe acabarse el escorzo de sus vidas, los cadáveres olvidados en el bosque y desparramados por eventuales titulares de periódicos y los miedos. Están en ello, luchando por ello.

Yo era la segunda vez que iba allí. Nunca fui a hacer turismo. La primera ocasión, en Guadalupe y Calvo, lo hice para hablar de drogas, amenazas y policías que combaten al narco. la segona, ara, para entrar en un penal de indígenas y conocer las razones de la fuerte violencia que se vive en algunas de sus comunidades. Y entre medias ellos, sus culturas, sus montes y ríos y sus sabrosas carnes. Y el espejo, siempre el espejo que lo deforma todo desde las miradas angulares.

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