El monje lanza la cuerda desde lo alto. Miro hacia arriba. Más de 15 metros de pared vertical me separan del religioso. Es la única manera de subir al monasterio. Estoy en sus manos.
En el norte de Etiopía, uno de los países más pobres de la tierra, la ciudad de Axum cobija, qué amarga ironía, uno de los principales tesoros de la humanidad: tres obeliscos del siglo IV y un sinfín de estelas monolíticas rescoldos de un gran imperio ya desaparecido.