El Caribe colombiano no es un mar, no le hace falta el agua. Gabriel García Márquez dijo: “En este continente de la América Latina hay un país que no es de tierra, sino de agua, que es el Caribe”. Y a mí el Caribe me parece que empezó cuando atravesé unos humedales, y el cielo se limpió de polvo, y las altas montañas quedaron atrás y el mar estaba aún muy lejos. Lo vi en algunas caras que no esperaban nada junto al camino, y en dos palmeras, y en que sentí que olía a guayaba en un lugar en el que sólo se olía el tubo de escape de los camiones. Debo estar cerca de Macondo, pensé, y entonces llegué a Santa Cruz de Mompox.
No hacía calor sino que dolía el sol hasta cuando estabas a la sombra. “Mompox no existe. A veces soñamos con ella, pero no existe”, dice Simón Bolívar en la obra de García Márquez “El general en su laberinto”. Para nosotros Mompox se divide en dos: el cielo y el río Magdalena. Ambos parecen secos en esta temporada en la que nada perdura húmedo y el viento espera quieto. La obra de Gabo está estampada de ese lugar.

Entonces me fijé en una barcaza. Uno de esos barcos que atravesaban Colombia, desde el mar hasta sus entrañas de los montes, y que es un recuerdo que lleva años en mi memoria sin haberlo visto. “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, empieza “El amor en los tiempos del cólera.
Es la historia de un amor imposible que acaba con una pareja subida a ese barco que tenía yo delante: “¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?, le preguntó. Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses, y once días con sus noches. –Toda la vida -dijo.” Así termina la obra, con ellos por fin atrincherados del mundo sobre el vaivén de las aguas.
Nos subimos a aquella barcaza con la duda de desmontar un mito. Íbamos dos extranjeros y doce colombianos. Me tumbé en una hamaca y me puse a mirar el caudal. Unos hombres peleaban por bajar una moto de una barca y subirla por un terraplén. Una garza se mojaba las rodillas. Unos pescadores tiraban sus redes a un río del que no parecía brotar ya nada. Y entonces se desparramó Macondo entre las viejas tablas del bote.

Nos hablaban unos y otros. Una familia, todos de la localidad de El Banco, nos hablaron no como si nos conocieran, sino con la certeza de querer hacerlo. “A veces el buque encallaba hasta quince días en un banco de arena. Nadie se preocupaba pues la fiesta seguía”, recuerda Márquez en su biografía “Vivir para Contarla” de sus trayectos de adolescente camino de Bogotá por el Magdalena.
“Ponga música mi niño, que esto parece un velorio”, gritó entonces una mujer de Medellín de ojos azules, risa vírica, y voz y caderas gruesas. Todos acabamos bailando, sin prestar atención a las aves o a los quehaceres de los ribereños. El mundo se enjuagó todo, sin que cupiera nada más, en un barco en el que todo era ya posible.
“¿Qué les parece García Márquez? Por eso vine aquí”, les pregunto a los compañeros de juerga. “Un genio. Pero hay mucha gente que no le tiene aprecio porque le molesta que no quiso volver a vivir aquí”, me cuenta Esteban, vecino de la cercana población de El Banco.

Ser profeta en tu tierra es complicado, pensé. “Lo que pasa es que yo hace tiempo dejé de preocuparme por eso porque… hubo una época en que se consideraba una traición no vivir en Colombia, y yo tenía siempre una respuesta: en cualquier lugar del mundo en el que yo esté, yo estoy escribiendo una novela colombiana. Porque además yo soy tan refractario que tengo la impresión de que todos los viajes y todos los lugares en que he estado, no han influido para cambiarme para nada. Yo soy tan crudo como cuando estaba en Aracataca”, dijo en una entrevista Gabo.
Mis amigos colombianos, el país tiene esa capacidad de hacer amigos de cinco minutos que no vas a volver a ver, les gustaba el vallenato, sus canciones y sus ídolos que se quedaron allí, en esa tierra, compartiendo escenarios y tabernas. “Cien años de soledad no es más que un vallenato de trescientas cincuenta páginas”, explicó en una ocasión García Márquez.
Bajamos del barco con la amistad intacta, férrea y por estrenar ya para el resto de nuestras vidas, qué lujo es viajar por lugares donde ocurre eso, y descubrimos que Mompox es igual de bello de noche que de día. Sus farolillos iluminan fachadas de colores, las ventanas enrejadas se envalentonan y se abren sin miedo a la canícula, y el Magdalena seguía quieto a la espalda de un paseo fluvial entre soportales y los restos de un tiempo muerto en vida. Mompox tiene una plaza e iglesia andaluza, donde se rodó el film “Crónica de una muerte anunciada”, y una frontera que divide dos mundos. Porque el Mompox colonial son dos cuadras y a su espalda crece una ciudad fea que el turista ignora.

El turista ignora eso, o lo caricaturiza como una cicatriz propia. Gabo lo decoraba para engañar al lector. “Mompox no existe”, pienso yo como Simón Bolívar cuando dejamos sin querer irnos ese fabuloso pueblo.
Macondo quedaba ya muy cerca. A unas horas de coche y un corte de carretera. Cerca de la aldea de Las Tinas un vehículo que circulaba a alta velocidad ha matado a un crío esa mañana. Una muerte que se repite, gritan los moradores de las casuchas flacas que rodean el lugar del accidente, mientras portan amenazantes machetes y colocan troncos sobre el asfalto. Exigen que venga el alcalde, que vengan las autoridades a librarles de tanto cadáver, y secuestran durante horas a decenas de coches varados entre su rabia. Nadie llega, y se negocia que vayamos pasando de diez en diez los vehículos por orden de llegada. Estamos en el primer cupo y nos despedimos pagando 10.000 pesos colombianos (3 euros) de mordida, y lanzando un “suerte” a los ojos enrabietados de personas que descifran una palabra que no les pertenece. “En este tiempo la Justicia no se hace con papeles, se hace a tiros”, escribió García Márquez en “La Mala Hora”.
Por fin llegamos a Aracataca. Descubrimos que Macondo es un avispero de motos dentro de un horno. No hace calor porque el calor no permite que nada se haga allí a esa hora. “Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico”, es la última referencia directa que hace de él García Márquez antes de que desaparezca para siempre.

Aparcamos frente a la casa de los abuelos en la que nació Gabo, la casa de Macondo, hoy un museo. Llevo el libro que escribí hace once años, El Macondo Africano, para donarlo al lugar al que pertenece. Mi libro habla de África, y de la certeza que tuve allí de que Macondo es como dice Gabo “un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”. Dejo el libro con cierte vergüenza, con la sensación de que aporto algo muy pequeño a algo muy grande. Macondo es patria de las letras. Y ahí, ante su envergadura, somos todos un mirón.
Charlo con Donald Ramos, encargado de las visitas. Conoce tan bien la obra de Gabo, se sabe tan al dedillo Cien años de Soledad, que me suelta frases y descubro que un libro que leí varias veces debo leerlo de nuevo. Él lucha contra la desmemoria de todo ese mundo que se agita ahí fuera y para el que Macondo es sólo el edificio de las visitas. “Hoy la generación que se está formando sabrá que Aracataca es Macondo. Enseñamos a los niños que Aracataca es García Márquez. Pero quizá si les pregunta hoy a diez personas hoy si perciben que Aracataca es Macondo no le van a dar una respuesta como correcta”, me reconoce.
“El pueblo lo había visualizado cuando volví a Aracataca con mi madre (…) Decidí llamarlo con el nombre que sin duda conocía de niño, pero cuya carga mágica no se me había revelado hasta entonces: Macondo”, escribió Gabo. Macondo era el nombre de una plantación que él vio desde el tren.

Dentro de la casa museo hay un inmenso ficus en el centro. García Márquez no mentía, miraba. El árbol, un castaño en el texto, en el que José Arcadio Buendía acabó atado con la mente ida, y en el que Aureliano Babilonia descifra los pergaminos del gitano Melquiades, es el símbolo del final de la obra.
“El primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas”, dice la profecía de un manuscrito que termina así: “Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Salimos de la casa, fuimos a pie hasta la casa del telegrafista y las oficinas de la United Fruit Company; cruzamos con nuestro coche por delante de la vieja estación de tren, por la que iba y llegaba el banano, y no resistimos la tentación de bajarnos y caminar por su viejo anden.

Volvimos a nuestro coche. Sentado ahí, detrás de otra larga fila de camiones que nos debían llevar hasta Santa Marta primero y días después hasta Cartagena de Indias, puse algo de música y sonreí. Estuve en Macondo. Y entendí que todo aquel universo que había atravesado aquellos días era sólo un viaje por la memoria.
Y recordé con pena la anécdota que cuenta el hijo de Gabo, Rodrigo García Barcha, en el libro “Gabo y Mercedes: una despedida”, en la que narra que su padre, ya viejo y con Alzheimer, ojeaba “Cien años de soledad” con extrañeza y fascinación y les preguntaba: ¿quién ha escrito eso?
