Para alguien que hace más de once años publicó un libro titulado “El Macondo africano” este viaje, tantas veces pospuesto, tenía algo de especial. Y fue más especial de lo que intuía cuando llegamos a aquella ciudad con verano en deuda…
Salimos de Bogotá en coche, esa urbe que Gabriel García Márquez (Gabo) define como “la llovizna eterna de la ciudad más triste del mundo”, camino de Macondo. Llovía, llovió, todos aquellos días entre el 24 y el 27 de julio de un cielo seco. Hay urbes que te parecen mejores para vivir que para visitarlas. Con la capital de Colombia sucede eso. Subido al cerro de Monserrate, contemplando a 3152 metros sobre el nivel del mar la ciudad, nada se salva que no sean los recuerdos. Y esos necesitan tiempo.
La primera parada es Zipaquirá. “Las minas de sal, que los españoles encontraron vivas, eran una atracción turística en los fines de semana, que se completaba con la sobrebarriga al horno y las papas nevadas en grandes pailas de sal”, escribe Gabo en sus memorias “Vivir para contarla”. Él pasó allí su adolescencia mal estudiando en el liceo de un lugar que para alguien que bajaba del Caribe no es que no le parecía su patria, es que no le parecía su mundo.
Nosotros visitamos esas minas convertidas hoy en la Catedral de la Sal. Entramos con desconfianza y salimos con dudas. No somos creyentes, y allí dentro, entre sombras y luces tenues de colores, entre estatuas y cruces, quisimos creer.

García Márquez recordando sus años en Zipaquirá escribió lo siguiente: “Aquellas tierras altas formaban parte de una cultura colonial: solemnes, grises y muy frías… se sentían como otro país”. Y tenía razón. Nosotros no lo sabíamos, ni él tampoco que cruzaba aquellas montañas con prisas entre su patria del Caribe y el frío de una capital extranjera de su país, pero en las siguientes jornadas nos adentramos en España. Allí, entre Los Andes, con sus pueblos ibéricos olvidados de esa herida de amor y odio incurable que es la madre patria. “La idea de que España se vuelva europea… Es como si la madre de uno se va a dormir a otra casa”, dijo el escritor cuando desde Madrid se decidió saltar a ver que había tras los Pirineos por primera vez en su historia. España es América, como nuestros antepasados son nosotros y están por ahí revueltos en genes y huesos con sus aciertos y sus errores.
Villa de Leyva es bella, muy bella. Llegamos un lunes, y eso nos quitó el enorme turismo que parece que llega desde Bogotá los fines de semana. Así que Villa de Leyva ya no sólo era bella, era accesible y enterita para nosotros que andábamos inquietos por un pueblo rodeado de cumbres, con sus calles empedradas, sus muros encalados y su plaza tan castellana que resuenan Lope y Quevedo, San Juan de la Cruz y Machado… Eso no es Macondo, es lengua, y sin ella Macondo sería otra cosa. “La villa fue fundada oficialmente el 12 de junio de 1572 por el capitán Hernán Suárez de Villalobos, bajo las órdenes de Andrés Díaz Venero de Leyva, quien era el primer presidente de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada”, dice la historia de esta villa.

Y ahí se quedó, quietita, conteniendo el hipo para que nadie la modificara con la chingadera de los nuevos tiempos. Lo consiguió.
De ahí partimos en coche por carreteras que serpentean montañas. Largos senderos de camiones que pasar uno a uno entre valles verdes. Ritmo lento, paisaje cautivador, una parada para comer los famosos helados de arándanos, la sensación de que no adelantas nada porque siempre te espera un camión igual después. Requiere tiempo y paciencia el coche. Hay recompensa.
La localidad de Barichara aparece como una serie de cuestas empedradas que se enredan como toboganes. Nosotros nos alojamos en Terrazul, un hotel a diez minutos a pie del centro. Es probable que sea uno de los alojamientos con más encanto que hemos estado. Casi cuesta desvelar el secreto, como si mereciera quedarse en un cajón por si algún día vuelvo. Y quiero volver.
Barichara es uno de los pueblos más bellos que he visto, no en Colombia sino en el mundo. Es casi perfecto. Con sus cuestas empinadas, su empedrado y teja, sus vistas a un cañón infinito desde el mirador del Salto del Mico con los pies colgando de las nubes, su plaza y su iglesia donde esperar la noche con una cerveza, y su cementerio convertido en panteón de arte con sus tumbas talladas en piedra. En algunas cincelaron un instrumento de música, una máquina de coser, unas herramientas o un sombrero. Y esos muertos parecen vivos, útiles, incapaces de marcharse del todo con sus quehaceres en debe.

El segundo día decidimos hacer el viejo camino real desde Barichara a Guane. Es un viejo sendero empedrado de los indígenas guane que corta el valle. Se desciende primero una colina, y luego se camina entre cercas de piedra y un campo en parto. Seis kilómetros de monte para llegar a una localidad tan bella como la de origen, Guane (la foto de portada), con sus calles aún de arena, pero las mismas casas coloniales, una pequeña plaza de las de charla entre vecinos y una bonita iglesia con su techo artesanal de madera.
Allí encontramos a una joven, con su hijo en pecho y la cara sonriente y amabilidad colombiana, que había vivido feliz, nos dijo, en Madrid. Era alegre, y se había ido con su pareja a abrir un restaurante, Munay, en un sitio abarrotado de ausencias. Comimos una causa limeña de las que se comen en El Callao. Un espacio cuidado y abierto, como su propietaria, en el que comes en tu casa de otros. Y Guane entiendes que es una joyita de polvo y roca por rehacer, y en un tuc tuc regresas a Barichara trepando viento.

Esa noche cenamos en un restaurante muy famoso, Elvia, de esos que hay que reservar con antelación. Nosotros no lo hicimos, pero nos ofrecieron una mesa entre la barra del bar y la caja de pagos que aceptamos, como hubiéramos aceptado comer en las escaleras. Y comimos cosas tan ricas, y nos trataron de nuevo tan bien, que esa noche dormimos despiertos para que la digestión fuera lenta.
Nos fuimos jodidos de Barichara, sin querer irnos, pero es complicado ya viajar como se viajaba antes, tomando decisiones y añadiendo luego fechas. Partimos para Girón, una localidad a medio camino de Macondo. Entendimos que aquel era el último parón antes de arremeter contra el Caribe, la última huella colonial de las montañas en la que parábamos.
Era un viaje de cuatro horas de coche. En el trayecto nos paró un retén de educación vial. Un joven tocó a la ventanilla, y cuando ya sacaba yo los pasaportes él, azorado, nos dijo: “No, no necesito documentos, esto es para enseñar a la gente los riesgos de la carretera”. Y dos minutos después, lo de la carretera nos importaba un carajo y celebramos el triunfo de España en el Mundial y nuestro común sentimiento madridista. No hubo multa, ni hubo pedido de nada, hubo un “Hala Madrid” de despedida tras cinco minutos de diseccionar ambos los fichajes y convencernos de que esta temporada habrá cosecha. Se viaja con la gente, y Colombia es un lugar de gente encantadora. He vivido en muchas partes y he aprendido a valorar la amabilidad por encima de muchas cosas que antes me parecían más gruesas.

Llegamos a Girón ya casi atardeciendo. El centro histórico está rodeado de un caos de personas y coches. Era bello, no al nivel de Barichara y Villa de Leyva, pero sí una perfecta parada para acercarse a Macondo. Pero se desencadenó una tormenta bíblica, y nos refugiamos en una iglesia primero, donde el cura daba misa y al fondo nos agolpábamos los que no llevábamos paraguas simulando rezos. Luego, como no paraba, corrimos entre charcos y nos metimos en un bar con su terraza dando a la plaza a ver como dos adolescentes amenazaban con empezar a amarse bajo un grifo y, entre tantos amagos, se despidieron calados y con un abrazo tierno. Cuando escampó un poco, cenamos en un muy mal restaurante con una bonita terraza junto al riachuelo. Sonaban canciones de la radio de mi niñez.
Aquella Colombia colonial y aquellos paisajes que descubrimos desde el coche esas jornadas no los esperábamos. No así, no tan bellos, y no me quedó más remedio que escribir a algunos amigos que ya habían estado aquí un mensaje: ¿Por qué no me habíais hablado de Colombia antes, cabrones?
Y entonces no sabíamos aún que nos quedaba por descubrir la mentira de Mompox…
P.D. Menciono el alquiler del coche, que hicimos a través de la empresa Discovercars, porque desde el principio ha funcionado a la perfección. No sólo el asesoramiento y precio, que a través de ellos nos llevó a reservar con la gente del Alamo en el aeropuerto de Colombia y entrega en Cartagena de Indias, sino que contratamos el seguro con ellos, hubo un daño en la luna, y el reembolso ha sido fácil y rápido. Y llevo muchos años reservando coches por todo el mundo, y cuando hay una empresa interpuesta, eso no siempre ocurre.
