En ocasiones es mejor dejar hablar a las imágenes. Tras casi cinco años de vida y viajes por África, un resumen fotográfico país a país de la dura realidad, el progreso y la inmensa belleza de este continente. Mi vista y mi cámara se posa hoy en la bellísima Namibia.
Desde allí, desde las tierras donde habitan las tribus de barro que resistieron al desierto, hombres y bestias amanecen con la difícil tarea de sobrevivir.
La vida allí transcurre con lentitud. Por la mañana, las mujeres se maquillan cuerpos y cabellos con una mezcla de barro, tintes naturales y hierbas aromáticas. Una lección magistral de erotismo
En Namibia las distancias son polvo. Se calculan a ojo, o eso cuentan al menos que hacen las aves cuando atraviesan las largas vaguadas de madera y sal con el pavor de equivocarse y alcanzar un lugar. No hay tiempo en Namibia, no es posible, no lo permiten los días muertos que siempre han de llegar. ¿Y cómo hacer entonces? “No hay forma, nada se hace para que nada ocurra. Así ocurre todo”, nos contestaban unos ojos.
Se anuncia como se anuncian los piratas: con un par de tibias y una calavera. Así se presentaba uno de los parques naturales menos naturales de África. La costa de Namibia no quiere intrusos pues la naturaleza libra su propia batalla de arena y agua.
Existe un lenguaje en el que todos nos entendemos, un modo en que el hombre se reconoce como especie, una forma de júbilo universal: la música. Quiero cerrar este 2013 con un canto a la alegría, pues lo que ha de venir es mejor que nos pille bailando, por si acaso.
Me dejo seducir por esas líneas que atraviesan paisajes y ruidos de ciudad. Son la sangre del viajero, lo que da vida al que anda buscando y confunde al que ya estaba perdido. Me atraen los caminos que no van a ningún sitio, pues mi lugar a veces es el propio camino.
A esa hora en que despierta el mundo. Madrugón, café y silencio: siempre compensa. Todo viaje se detiene al amanecer porque es la hora de la tregua, el momento donde el viajero entiende su paradero. Después queda el trajín de historias, la vida ajena pasando en bucle, los kilómetros de carretera...
En el desierto namibio sobrevive el rastro de una época rara, donde el hombre se empeñó en levantar salones de baile sobre las dunas, barracones en la arena, mansiones en mitad de la nada, pero la nada acabó ganando y hoy Kolmanskop sólo es viento y penumbra.
La libertad de un coche rodeado de animales resulta emocionante y aquí uno se vuelve temerario por instinto. Cruzar el Parque Nacional de Etosha es comparable a recorrer Galicia de punta a punta, pero en vez de pazos u hórreos, uno se puede encontrar gacelas y elefantes.
Ya sólo me queda mirar al norte y empezar otra vez a andar para volver a caminar sobre África y sus desiertos. Lugares en los que no he estado como Libia, de la que dicen esconde el Sahara más bello; Kenia y su ruta seca hacia el Lago Turkana o Sudán y su vida apacible mirando al Nilo.
Confiar en los demás es la forma más humana de vivir la aventura. Perder el miedo al otro, disfrutar la diferencia y aprender de ella, ese es tal vez el verdadero legado de una vuelta al mundo.
La ciudad, en medio del desierto, es hoy un paisaje fantasmagórico. Las antaño lujosas casas ven como las dunas entran por puertas y ventanas. La riqueza de la época en la que florecían diamantes ha dado paso al olvido. Allí se instaló la primera máquina de rayos x en África, hubo un casino, había aire acondicionado...
Etosha es una explosión de vida animal a la africana. Un elefante que te corta el paso; un rinoceronte que se hace el huidizo o un chacal, moribundo, rebuscando entre la basura del camping.
Tras atravesar Costa Esqueletos, un largo desierto que desemboca a los pies de un mar que ha dejado rastros de cadáveres de barcos por toda la costa, llegamos al Ongongo Camp.
África, a veces, te desespera. Te da y te quita a su antojo. Los horarios son ficción y los compromisos se hacen con sonrisas que no siempre se cumplen. Son cosas de viajes que, por suerte, se suelen arreglar. ¿O no?