Hasta su último día, ha sido fiel a su irrenunciable empeño en perseguir sus sueños. Una tarea a la que se empleó con ahínco y que le define más que cualquier otra
La Pequeña Isla de Diomedes tiene la manía de castigar al visitante, suele estar de mal humor, con el gesto torcido en hielo, resoplando vientos polares que reivindican su deseo de estar sola, de seguir perdida en una de las esquinas del mundo.