“Los muertos y el periodista”: relato de la muerte «inevitable»

Una obra maestra de la crónica negra
Valoración de 9,75/109,75/10
Los muertos y el periodista

Todo libro se puede resumir en 6 párrafos….

  • Ediciones Anagrama. Edición 2021
  • Autor: Óscar Martínez
  • Libro para interesados en: El Salvador, violencia, pandilleros, corrupción, periodismo (especialmente recomendado a periodistas y estudiantes de periodismo).
  • ¿De qué va? El autor, especializado en sucesos en el país entonces más violento del mundo, narra a través de un caso real que cubre la atroz realidad de una sociedad podrida por la violencia de las pandillas y la corrupción política y policial.
     

Párrafo 1

Si aquella noche de domingo 16 de abril de 2017 yo no hubiera aparecido en el cantón de Santa Teresa, quizá Herber no habría sido asesinado a machetazos en la cara; quizá Vito no habría sido decapitado; quizá Jessica no habría tenido que huir. A Rudi, a ese sí, creo que lo habrían matado de cualquier forma.

Así comienza ‘Los Muertos y el periodista’. El primer párrafo de una obra que te enseña ya el final. El inicio de una obra maestra de las crónicas de violencia que narra que hay gente que nace con destinos casi inevitables. Sabes lo que va a ocurrir, pero no sabes cómo, y esa es la parte fascinante de esta obra.

Párrafo 2

Lo elegimos (habla de Dennis, un personaje) porque, aunque uno no escribe para complacer las convicciones de ningún lector, sí escribe para lectores y pensamos que decir que alguien no era pandillero mantendría la atención de aquellos a quienes no les interesaría ni un poco la muerte o la masacre de un grupo de pandilleros. Entramos en un terreno pantanoso sobre el que no tengo lección alguna que dar: entender a los lectores.

La obra ahonda constantemente en ese debate ético que es defender o no los derechos de eso que la mayor parte de la sociedad considera asesinos. ¿Un pandillero, en un país que como señala el libro alcanzó la cuota récord de 103 asesinatos cada 100.000 habitantes, es un ser humano por el que preocuparse por sus derechos? ¿Deshumanizar a los criminales, quitarles la categoría de personas, deshumaniza la sociedad? ¿Puede el estado permitir que la Policía decida a quién quitar la vida, cómo hacerlo, cuándo? ¿Y qué sucede cuando esa Policía está tan corrompida como el mal que confronta? Todas esas cuestiones pululan por la obra y en ocasiones no tienen una respuesta precisa.

Párrafo 3

En estos países nos asesinamos mucho, más de lo normal, más de lo anormal aceptable planetariamente, nos matamos como una epidemia. Lo usual en la región (Centroamérica) en estos últimos diez años es que la tasa de homicidios supere los 40 por cada 100.000 habitantes. ¿Cómo se crea un monstruo humano? ¿Cómo se crean tantos? (…) 2015 terminó con una tasa de 103 homicidios por cada 100.000 habitantes. Uno de cada 970 salvadoreños fue asesinado ese año.

Vuelvan a leer esa última frase y recapaciten sobre esa última cifra. Imaginen ahora por ejemplo un campo de fútbol. Pongamos que hay 50.000 personas dentro, animando a su equipo, cantando, celebrando… y de pronto por la megafonía alguien les anunciara que, al menos, 50 de ellos irremediablemente van a ser asesinados en los próximos doce meses. Ese es el entorno en el que se desarrolla este relato.

Párrafo 4

Normalizar la violencia no es dejar de sufrirla, sino entender con naturalidad algunos aspectos que deberían ser descubrimiento y no conocimiento establecido. No sólo entenderlos, sino incorporarlos a las dinámicas diarias: ¿qué bus tomar y qué bus no tomar cada mañana? ¿Cómo responder al saludo de un policía, cómo responder al saludo de un pandillero? ¿Qué hacer si suenan balas, qué hacer si suenan pasos agitados en la calle, qué hacer si suenan gritos de auxilio? ¿Dónde esconder el dinero? ¿Llevar una navaja, llevar un puño americano? Nunca sentarse contra la ventanilla del bus, encerrarse en casa tras el ocaso, bajar las luces del carro para entrar en la colonia, no llevar a los niños al parque.

Las cifras en ocasiones son frías, lejanas. En el símil del párrafo 2 de la violencia, habrá lectores que piensen que si no van al campo de fútbol no corren riesgos. Pero es que la violencia, explica Martínez, es mucho más que un cadáver. Es un día a día que lo corrompe y deforma todo. Un virus que consigue que lo inusual, lo inaceptable, pase a ser rutina.

Párrafo 5

No fue condescendencia, no me inspiró ninguna esa matrona de pueblo. Tampoco fue empatía. La mujer me repugnó. Fue el convencimiento de que si aquel grupo criminal se enteraba de que la sobreviviente de una masacre seguía por ahí, tan al alcance de una ráfaga, no le costaría nada terminar lo empezado. Entonces le quité el nombre. Lo hice yo, lo decidí ante la computadora y contra su voluntad. Uno protege a las fuentes, no sólo a las víctimas perfectas. Uno a veces debe proteger a la señora que prostituye a mujeres migrantes en una frontera.

El libro es desde luego un tratado de periodismo, o de lo que él sostiene como buen periodismo. Sin alharacas morales, pero con contundencia, sin medias tintas. ¿Se debe nombrar a una fuente en un artículo? ¿Pierde credibilidad un texto en el que no hay nombres reconocibles? Martínez decide no hacerlo por un doble motivo. Primero, antes de ese párrafo explica que la matrona no entiende realmente lo que significa hablar para un medio y sus consecuencias. Y segundo, sabe que citarla la coloca en riesgo de muerte porque descubrió que estaba involucrada con una matanza de un cartel guatemalteco en la que ella fue la única superviviente. Esa franqueza en la que el autor se coloca delante del espejo y abre debates sobre sus propios actos es una constante en toda la obra.

Párrafo 6

Herber: ‘Ya lo mataron, ya lo mataron estos hijos de puta’. Pedí a Fred que diera la vuelta y siguiera a la patrulla. Entonces ocurrió una de las escenas más improbables de mi carrera como periodista. Durante algunos kilómetros, perseguimos a una patrulla que huía del Yaris de Fred (el fotógrafo que le acompaña) a toda velocidad por una carretera lúgubre de Santa Teresa. Pitábamos para que se detuviera y aceleraba más”.

El ritmo es uno de los grandes logros de este libro. Acabas subido en aquel coche, persiguiendo fantasmas, en la noche cerrada de un mundo tieso. Y luego todo se detiene, y cae el silencio de la muerte inevitable, y deja un reguero de preguntas, a todos, a la sociedad en la que vivimos, espectadora, cuando no protagonista, del terror en tercera persona.

























Estilo9,50/10
Contenido10,00/10
Valoración9,75/10
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