Postals en temps de Covid (III)

Per: Maria Ferreira (fotos Teresa Basanta)
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Hay que escuchar más que nunca. Hay que prestar más atención. Las palabras son sendero. Las historias son tierra cuando la vida está en suspensión.
Y en esa supervivencia fabricamos viajes a través de las palabras. Per això escrivim. Per això llegim. Per tractar de sublimar tot això que ens passa, que de vegades no som capaços ni de nomenar.

Mir
Pau. Mundo. Ruso
Bum. Bum. Bum. Un corazón de mujer joven se acelera en el espacio.

algú diu: “Se van a olvidar de nosotros.”

algú diu: “Y si la pandemia acabara con la vida en la tierra…”

algú diu: “Ja,i,i, seremos los primeros caníbales de la Estación Espacial Internacional”.

Katia sabe fingir la calma, como buena cosmonauta, pero de pronto se imagina perra Laika, de pronto siente una especie de… Dicen que no hay sentimiento que la lengua rusa no pueda expresar, pero cómo nombrar este fin del mundo, esta impotencia de no poder hacer nada mientras allá abajo la humanidad colapsa. Allá abajo la vida en relicarios enterrados: aquel dolor de muelas. Una mancha en el lavabo. A quién le toca fregar los platos. La primera borrachera. Quiero el divorcio. No. Te querré para siempre. No. Pet. La pureza del final.

Dicen que no hay sentimiento que la lengua rusa no pueda expresar, pero cómo nombrar este fin del mundo

Bum. Bum. Bum. Desde arriba no se pueden ver las muertes. Solo el globo terráqueo.

Bum. Bum. Bum. Si papá y mamá mueren su ausencia no alterará la velocidad de este orbitar. Bum. Bum. Bum. Nuestros ojos tienen forma de agujeros negros.

Bum. Bum. Bum. Así es Dios; ausente y teórico. En las alturas observando e incapaz de afectar. Sus manos no alcanzan. Nuestras manos no alcanzan. Aquí todo es bello porque no entendemos nada. Bum. Bum. Bum. Ahora ya no miran hacia el cielo, han cortado nuestro cordón umbilical.

Bum. Bum. Bum. El universo es ilimitado, la tierra también, también los organismos, cada añoranza, todo fugaz.

Bum. Bum. Bum. La tierra cada vez más azul. Cada vez más vacía. De pronto no hay gritos. Y arriba, oblidats, los centinelas de la muerte, agotando la voz en la radio.
Pero el mundo ya no escucha, la naturaleza toma su espacio.
Bum. Bum. Bum. La paz absoluta es ensordecedora.

 

Basant बसंत
Primavera (Hindi)

Don Andrés dice que en la vida hay que enamorarse bien. El resto se puede hacer regular, incluso mal. Pero amar se ama con ganas y arrojo, o mejor no hacerlo en absoluto. Don Andrés pasó su vida en alta mar; capità, nómada, gaviota o nube.
Cuando el barco atracaba en puerto, la tripulación de majaderos y borrachines arramblaba con bares y cuerpos, juraban amor eterno a la carne y a la tierra firme, pero siempre volvían a hacerse a la mar. No obstant això, Don Andrés, buscaba el modo más rápido de poder mandarle un telegrama o una carta a su esposa, al amor de su vida.
Después volvía rápidamente a su camarote, se sentía a gusto en espacios pequeños, sólo sus ojos necesitaban la inmensidad.

Escribía cartas cuidando su caligrafía: en la distancia el amor se hace en tinta. Evitaba las llamadas; las interferencias le daban un vértigo espantoso.

A su mujer la conoció en un puerto indio. Ella fue la enfermera que le alivió la indigestión, y se mostró sorprendida al leer su apellido. Le explicó que “Basanta” significaba “primavera” en hindi. Bromeó con la posibilidad de que eso fuera una señal de que al capitán se le hubiera perdido algo por aquellas tierras.

Abans de marxar, la mujer se paró a acariciar el lomo de la perra de la tripulación. Dijo que un perro dócil tiene un alma que aspira a salvarse. Entonces le deseó al animal una reencarnación exitosa. Se casaron a la semana.

Viudo, en tierra y aislado en pleno estado de alarma, pasaba horas mirando por la ventana

Su mujer era una suerte de principio y fin en un solo cuerpo. Todo cobraba sentido cuando la miraba. Y ella entendía su viaje como una suerte; esperaba con ansia volver a verle para escuchar las descripciones de las gentes, los hablares y los olores de otras partes del mundo. Don Andrés, que apenas ponía un pie fuera de la cubierta del barco, se inventaba para ella aconteceres maravillosos, llenos de luces y misterios.

Décadas después, viudo, en tierra y aislado en pleno estado de alarma, pasaba horas mirando por la ventana. Por las calles solo paseaban perros con dueños melancólicos que miraban al sol y cogían aire como si se les hubiera olvidado respirar. Don Andrés separaba mentalmente a los perros dóciles de los más traviesos, y se imaginaba sus posibles reencarnaciones. También observaba la primavera. Basant. La India. Su mar.
La primavera. La India. El Océano. La mujer de su vida. Todos los recuerdos mezclados en un cuerpo afectado por mareas altas. Ya no ponía la televisión; estaba llena de voces que desconocían cómo hablar de la soledad sin imposturas, y hacían de la realidad un espectáculo grotesco y ensordecedor.

Tampoco le gustaba tumbarse; desde la cama solo podía ver una mesilla de noche, con un vaso de agua, un pañuelo y pastillas como estrellas. No quería morir ahí tendido. No quería que fuera ese el paisaje final de un viajero.

Prefería vivir en su barco fantasma. Prefería vivir en su mente peregrina, llena de sal. Prefería un naufragio por sorpresa. Le daba igual cuándo. El amor de su vida, antes de morir, dijo que se reencarnaría en la mar, para acompañarle. La cuarentena había atrapado a Don Andrés en una ciudad del interior, así que abría el grifo de la cocina y besaba el agua, sabiendo que llegaría al océano, que llegaría a ella.

El capitán se muere solo, en terra ferma. El capitán se muere solo y amando bien.

 

Wah
Partir (Nootka, lengua indígena de Canadá)

David fue el pequeño de una familia numerosa. Nació en una España franquista cincelada a la imagen y semejanza de un Dios enrabietado. “El pequeño es para la
Iglesia”, repetía su madre. A los doce le llevaron, con su jersey de pico y una maleta nueva, al seminario de Vigo. La madre se santiguó y murmuró no sé qué de Cristo y el sacrificio materno mientras le daba la espalda y se iba.

Als 14, David, decidió que no podía malograr su vida tratando de entender la consagración del pan. David quería comerse el pan. Quería hacer el pan. Escapó del seminario y se embarcó rumbo a América en un carguero.

En América, aprendió lo más importante de la vida: cómo limpiar, cómo arreglar y cómo amar. Als 18 conoció a Anna, judía y libre. La muchacha lloraba en una pizzería porque un desgraciado le había machacado el corazón. David juró no jurarle nada. Y así comenzó el viaje en común; sin miedo a perder o a perderse.

En América, aprendió lo más importante de la vida: cómo limpiar, cómo arreglar y cómo amar

En Israel tuvieron hijos. Y llegó el arte. Anna ,elaboraba joyas. David, tallada. Vivían con los niños en una gran nave en la que cabían materiales, llum, aire y amigos. Cuando la violencia y el miedo cerró puertas y ventanas, decidieron que era tiempo de partir.

“Mirad, lo bonito de la vida es este vaivén”, le explicaba David a sus hijos. “El mundo es vasto y siempre hay lugar para el espacio que ocupa un cuerpo”.

Llegaron a Canadá, con pantalones de pana, por aquello del frío. Pero aquel viento helado era desconocido.

-“Veamos cuántos años necesitamos para hacer de la tiritona una costumbre”- propuso David.

Pasaron décadas. Encontraron éxito en sus carreras. David acudía a la historia indígena para poner a fermentar sus ideas. Anna trataba a los minerales como a guardianes de toda la sabiduría del mundo. Los hijos crecieron y se fueron. Los pantalones de pana seguían intactos. El amor allanaba los inviernos y armonizaba los veranos.

La muerte era la forma más radical de aquel irse. De pronto la enfermedad dotaba de nuevos significados a la vida entera

De pronto todo el mundo empezó a enfermar. Después a morir. Anna enfermó de cáncer en medio de la pandemia. Por primera vez no podían partir; uno juega a la eternidad hasta que el cuerpo se resquebraja. El cáncer, el virus; dos sucesos extraordinarios solapados y lúcidos, acelerando el final.

Algunos mitos indígenas imaginaban a sus dioses bajo el mar, no en el cielo. El pueblo Skaay aseguraba que los dioses se refieren a los humanos como “xhaaydla xhitiit”, inútiles aves de superficie. “Somos inútiles aves de superficie que dedican la vida entera a partir”, decía David.

La muerte era la forma más radical de aquel irse. De pronto la enfermedad dotaba de nuevos significados a la vida entera.

El aislamiento y ellos amándose; cuerpos perennes que se van. Cuerpos marchitos rodeados de piedras preciosas, esculturas sin terminar, y aquellos pantalones de pana doblados sobre la cómoda.

 

Hän
Pronombre finlandés de la igualdad.

Llevo treinta años entrando y saliendo de la cárcel. Creo que uno se acostumbra más fácilmente a las restricciones que a la libertad. A mí la libertad me aterra. Creo que el hombre inventó a Dios para no tener que lidiar con la responsabilidad de ser y ya. Yo no tengo a Dios, pero tengo la posibilidad de volver a prisión cuando ya no sé por qué camino se sigue. La lio gorda y me encierran de nuevo. I així, confinado, como un ratón en su jaula, duermo de maravilla.

A las cuarentenas se hace uno adicto, ull. El no poder pasarse el día corriendo de un lado para otro, la imposibilidad de huir, enganxa. De pronto tienes tiempo para pensar y, caramba, piensas. Y entonces todo empieza a reconstruirse desde dentro. Clar, que aquí en la cárcel te dan de comer, que allá afuera hay gente perdiéndolo todo, y con el estómago vacío no hay introspección que valga.

De pronto tienes tiempo para pensar y, caramba, piensas. Y entonces todo empieza a reconstruirse desde dentro

La primera vez que puse un pie en este agujero yo era el más macho de todos. Pero me curé. Me curé gracias a la filosofía, a la carne y al amor. Y es que pasé años con el finlandés como compañero de celda; un chico que había arruinado su vida por bobo, un chavalillo de mirada de potro y músculos temblorosos.

Una nit, viendo una película en la sala de proyecciones, salió la imagen de dos tipos besándose. Besándose no, comiéndose los morros como quien se come un mango sin cuchillo. Me levanté y me fui. Me dio tanto asco.

aquesta nit, el finlandés comentaba que era gracioso cómo los hombretones podían aguantar imágenes de cadáveres apilados, cuerpos saltando por los aires, vísceres, heces y muerte, pero sin embargo un beso entre dos hombres desarmaba al más macho de los machos. Le dije que se callara, pero él insistía en que todo aquello tenía que ver con la amenaza de la identidad, y que quizá el ser humano no merecía limitarse a categorías de género. Quise estrangularle y hacerle el amor al mismo tiempo.

Comencé a estudiar filosofía a distancia, porque con el tiempo hay que hacer algo más que cortar tomates y limpiar retretes, eso decía la terapeuta del centro. Cuanto más estudiaba menos sabía quién era. De pronto la falta de libertad me liberó también de la necesidad de definirme. Me di cuenta de que el único elemento que realmente hacía identificarme como hombre no era mi anatomía masculina, sino el privilegio. El deleite del cuerpo podía ser el mismo en un hombre que en una mujer, pero sin embargo al ser hombre me enfrentaba a menos peligros, a menos discriminación que las mujeres.

El finlandés me dijo que en su lengua tenían un pronombre que hacía referencia a la igualdad: Hän. Me sonó tan bonito que tuve sexo con él y después me enamoré y entonces me olvidé de que ambos éramos hombres. Me desprendí de la obligación autoimpuesta de ordenar y categorizar lo natural. El amor y el sexo se volvieron conceptos resbaladizos que huían de cualquier intento de territorialidad.

En el confinamiento soy tan solo un pronombre neutro que hace y deshace, que ocupa un espacio pero no juzga

En prisión, en el confinamiento, prima aquello que da placer. En el confinamiento soy tan solo un pronombre neutro que hace y deshace, que ocupa un espacio pero no juzga, que deja a la naturaleza ser.

En libertad, aguanto hasta que alguien grita: “¡Maricón, que eres un maricón!” Entonces sé que no pertenezco al mundo abierto. Porque es tanta la libertad que todos andan medio locos, pensando que son diosecillos. Es tan aterradora la inmensidad que se vive creyendo que el mundo es lo que uno recorre, cuando en realidad el mundo es simplemente el pedacito de espacio que ocupamos. Y nada más.

Fika
Pausa para el café. (Con gente a la que quieres.) Sueco.

-”Vamos, que es como una merienda pero en sueco”- reía Pili.

-”No, no”- protestaba Wilma entre risas.

-”Vamos a ver, café y compañía. Merienda de toda la vida de Dios, Wilma, hija.”

Ruido de cucharillas. Una risotada. El vapor del café empañando las gafas.

-”No, a; es una pausa para compartir un café con tus seres queridos.”

-”Y tú a mí me detestas o qué. Dios santísimo, que manía con las diferencias”protesta Pili.

-”Que al final todo hijo de vecino hace lo mismo; un quesito por aquí, una galletita por allá, café y bizcocho y todos arrejuntaos poniéndonos bien gordos.”

-”Vale, val, Pili, merienda, fika, qué más da. Pásame un poquito de bizcocho de nata.”

Una tos.

Tres semanas más tarde el ambiente en la Residencia de Ancianos en la que vivían Pili y Wilma había cambiado radicalmente. Ya no había meriendas. Ni cafés. Ni risas.

Una enfermera protegida con guantes y mascarilla entra en la habitación de Pili para dejarle unas medicinas.

-”¿Cómo está Wilma?” -pregunta Pili.

-”No está bien”- contesta la enfermera.

-”Dígale que echo de menos nuestras fikas” -pide Pili, escribiendo el término en una servilleta.

-”Y que siempre, sempre, lo importante fue la compañía.”

-”No creo que lo escuche.”

-”Por favor, dígaselo. Que escuche fika, que se le quede esa palabra en la mente.”

Después silencio. Solo una cucharilla removiendo el café.

L'important va ser sempre la trobada. En totes les llengües de l'món.

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