¿Quién necesita un diccionario si tiene un balón de fútbol?

Por: Juancho Sánchez (texto y fotos)
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Nos vamos a la playa, acabé diciéndoos en mi último post. Pero antes de dejar las montañas, hicimos una última parada en el único colegio de la minúscula aldea de Ban Nam Rim en la que vivimos dos semanas de paz y selva. Primero visitamos a la directora, para pedirle permiso para ir al día siguiente a jugar con los niños. Nos dijo que sí, y allí que nos presentamos con el diccionario más universal que existe, un balón de fútbol.

¿Y qué si nadie te entiende? ¿Y qué si no entiendes a nadie? Tu llegas con tu flamante pelota nueva, que por supuesto luego se te olvidará llevarte, la pones en el centro del patio, los chicos se te acercan, sonríen, eligen los equipos y, diez minutos después, estás sudando calor tropical y compartiendo, codo con codo, ese sudor y esa energía con un montón de renacuajos que todavía no he conseguido entender de dónde sacaban la fuerza para poner siempre una pierna en tu camino.

No sé quién dijo, ayúdame maestro Domingo, eso de que al fútbol se juega como se es. Si el tipo decía la verdad, los tailandeses son fieros como pocos. Constantes, testarudos, capaces… Y por lo que he leído de la historia de este país, o más bien por lo que ellos me han contado inflados de orgullo, empiezo a entender por qué, a pesar de las ambiciones colonialistas que le amenazaron en los dos últimos siglos, nunca se rindió Tailandia a bandera alguna.

Empiezo a entender por qué, a pesar de las ambiciones colonialistas que le amenazaron en los dos últimos siglos, nunca se rindió Tailandia a bandera alguna

Aquí, en este patio de colegio donde cae sol a plomo y las porterías se marcan con piedras, como en los campos de nuestra infancia, un ejército de lobos, descalzos la mayoría, mal calzados el resto, todos dos palmos más bajitos que yo (solo porque son niños, ya lo sé), muerden en cada balón dividido y persiguen la pelota como si tuvieran amenazada la hombría que aún no han alcanzado. Y, cuando se hacen con ella, todavía conservan, muchos de ellos, el temple suficiente para levantar la cabeza y buscar al compañero mejor colocado. Me pregunto si alguno llegaría a figura si hubiera nacido en Móstoles, o en San Feliu de LLobregat. Y luego me pregunto si a alguno le interesaría un carajo ser figura si tuviera que abandonar la plácida vida que le espera en su pueblo.

Y más cosas que dicen tanto de cómo son los tailandeses, y cuánto de lo que hace falta mirar en todos lados para encontrar lecciones de vida. Antes de empezar el partido jugamos a otro juego universal, el pañuelo. Como eran muchos, los dividimos en equipos de chicas y equipos de chicos. Pues bien, mientras las niñas corrían por hacerse con el pañuelo antes que la rival, los chicos las animaban y aplaudían. Y cuando les tocó a ellos, ellas hicieron lo mismo. Incluso durante el partido, las niñas se sentaron a mirar y a ovacionarles cada vez que marcaban un gol o hacían una buena jugada.

Cada niño hizo cola ante el puchero, recogió su ración y se sentaron al suelo dispuestos a comer, no sin antes entonar un largo y evocador rezo budista que acabó en aplauso

Nadie perdía el interés. Nadie miraba a otro lado ni inventaba comprensibles malicias infantiles. Nadie ninguneaba los consejos o las órdenes que las profesoras distribuían. Y eso que, me parece, no existe la asignatura de Educación Para la Ciudadanía en este país. En serio, un ejemplo, una lección.

Llegadas las doce sonó una sirena, se acabó el fútbol, y se levantó la tapa de un enorme puchero que escondía deliciosa sopa de pollo con arroz y verduras. Cada niño hizo cola ante el puchero, recogió su ración –a nosotros nos reservaron las tres primeras y las más suculentas- y se sentaron al suelo dispuestos a comer, no sin antes entonar un largo y evocador rezo budista que acabó en aplauso. Acabado el almuerzo, los encargados del día recogieron los platos sucios mientras otros barrían y fregaban los pasillos y la mayoría se preparaba para volver a clase.

Me marché de allí preguntándome qué estamos haciendo mal para que en España hayamos sido incapaces de conseguir algo así y, en que en lugar de eso cada dos por tres conozcamos historias de ataques de jóvenes, o peor, de sus padres, a directores de centros, acosos de menores a compañeros más débiles, o la triste canción de que nuestros maestros son el sector laboral sobre el que más incide la depresión y la sensación de fracaso.

Y con esos pensamientos me marché a la playa… Pero me temo que ya me enrollé demasiado, así que como diría el gran Michael Ende, “esa es otra historia y tendrá que ser contada en otro lugar”. Abrazos.

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Comentarios (3)

  • Domin

    |

    ¡Hola, Juancho!
    Lo de que se juega como se es, lo dice mucha gente,
    pero yo siempre cito a Ángel Cappa, que no sé si fue el primero al que se lo escuché, pero es el primero del que me acuerdo.
    Y, por favor, no digas esas cosas de mí.
    Un abrazo. ¡Qué grande eres!

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  • Maribel

    |

    Sunday tiene razón. Eres pequeñito pero ¡muy grande!
    La próxima vez, en vez de balón lleva cerveza, me han dicho que abre también muchas puertas.

    Por cierto, te diré que sigo aquí porque alguien tenía que cuidar del Richi que le habéis dejado sólo pande de… A ver si te estiras y nos buscas un trabajo decente a los dos (bien remunerado que ya tenemos una edad)

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  • Ana

    |

    El chiquitín futbolero… Hay cosas que no cambian. ¿Dónde estás y cuándo vuelves?

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