Cada vez que me sumerjo en este mar turquesa siento un insólito placer y tengo la sensación de que el universo me está regalando algo, una caricia de mar, de silencio, de paz.
A las ocho de la mañana, cuando habitualmente despiertas a un día que siempre presagia rutina, en las playas de Mombasa ya era un tipo feliz. Por eso, ahora cuando suena el despertador a menudo pienso que me he perdido un amanecer de agua y fuego y un remojón en el Índico.