La tierra es plana en Bretaña

Por: Macarena Gutiérrez (texto y fotos)
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Una semana, 60 km al día, entre 5 y ocho kilos de peso, 238 esclusas, diez horas en coche hasta llegar al punto de partida. Estas cifras, una vez recolocadas, significan un viaje en bicicleta con la casa a cuestas por Bretaña. La meta era cubrir sobre dos ruedas la distancia que separa las ciudades de Nantes y Brest a la vera de una vía de agua de 364 kilómetros. El canal fue construido durante más de 40 años en el siglo XIX -por mano de obra española, nos contaron- tras quedar Brest bloqueado por la flota inglesa. Sin embargo, como en casi todos los viajes, al menos en los buenos, la meta nada tiene que ver con el objetivo.

En pleno mes de agosto, con el verano desbaratado por causas que no vienen al caso y el ánimo más desbaratado aún, esta inmersión en el cicloturismo sin entrenamiento previo sonaba tan adecuada como cualquier otra opción que me permitiera sentir el aire en la cara, moverme, ponerme en ruta para llegar a algún sitio de una vez, por Dios, fuera el que fuera. El aliciente de que toda la superficie a cubrir era plana pesó también a la hora de decidirme, aunque no lo creyera del todo hasta que lo vi con mis propios ojos. Cuando llegas a la primera esclusa y dejas el coche desde el que has llegado de Madrid en una travesía cuajada de lluvia, te reconfortan dos datos: que ya no llueve y que, efectivamente, aquí la tierra es plana. Al menos, por la que tienes que rodar tú.

Como en casi todos los viajes, al menos en los buenos, la meta nada tiene que ver con el objetivo

El concepto de singularidad de un viaje de estas características se evapora en cuanto te pones en marcha. Te cruzas con todo tipo de viajeros que han tenido la misma idea que tú, así que empiezas a pensar que no es tan descabellada. Familias enteras con niños, parejas, grupos de amigos y mucha gente mayor con una soltura que parece que llevan haciendo esto toda la vida. Y seguramente sea así.

El plan de viaje es rodar en paralelo al canal jalonado de esclusas hasta alcanzar los pueblos que interrumpen la ruta y dan una tregua al cicloturista y a su sufrido trasero. Cada esclusa tiene su vivienda en la que mora una familia de abril a octubre, los meses en los que la navegación fluvial está permitida. Las horas de silencio sobre el sillín, aunque se viaje acompañado, dan para mucho y una se pregunta cómo será la vida de “esclusero”. Una vida sencilla, en apariencia sin grandes preocupaciones más que tener la amabilidad a punto para servir de ayuda a las embarcaciones de recreo que trasiegan por el canal.

Las horas de silencio sobre el sillín, aunque se viaje acompañado, dan para mucho

¿Podría yo hacer algo así? Aunque fuera temporalmente, trato de imaginarme en esta suerte de retiro espiritual. Da cierta envidia ver a las familias de escluseros; algunas con niños, otras formadas por parejas de jubilados, e incluso a un chico solo que leía sentado a una mesa en una especie de garita totalmente ajeno a los cicloturistas que le pasaban delante de la nariz. Ése fue el tipo que me pareció más inspirador. De profesión, esclusero. Y con una paz que ya la quisiera yo en mis mejores momentos…

Toda la puesta en escena de esta ruta veraniega parece sacada de la película francesa “La fortuna de vivir”. Aquélla que habla de la libertad y de la amistad de cuatro amigos que viven en las marismas, a orillas del río Loira, no muy lejos de donde transcurre este viaje. El entorno es semejante, se respira la misma placidez, el paisaje te reconforta y te regala momentos que vas a guardar para cuando vuelvas a Madrid y te sientas tentado de olvidar que hay otras realidades, no muy lejos, a solo unas cuantas horas de coche.

¿Podría yo hacer algo así? Aunque fuera temporalmente, trato de imaginarme como esclusero en esta suerte de retiro espiritual

Como en la película mencionada, también en la ruta de Nantes a Brest te topas con pescadores sentados en cuclillas a la orilla del río o bien acomodados en sillas echando un sueñecito. Un abuelo con su nieto, enseñándole el arte de la pesca y el de la paciencia. La espera tranquila, sosegada. O dos hermanos compartiendo cebo y cervezas, quizá poniéndose al día de lo que está pasando en sus vidas, que en la endemoniada rutina no hay quien se pare y se cuente y, sobre todo, se escuche…

Los pensamientos siguen volando solos a medida que vas cubriendo etapas del viaje. Cada nueva escena que descubres desde la bici te lleva a imaginar otras vidas, otros caminos que también son posibles. De una cercana abadía se incorpora al camino un monje con las manos en los bolsillos y mirando hacia abajo, sumido en sus pensamientos. Se cruza con mesas de picnic con ruidosas familias que comparten charla y merienda y que no parecen distraerle de sus cavilaciones.

Cada nueva escena que descubres desde la bici te lleva a imaginar otras vidas, otros caminos que también son posibles

Cuando cae la tarde, si has llegado a tiempo, puedes buscar alojamiento sobre la marcha en uno de los muchos hoteles de las localidades que encuentras; Nort-sur-Erdre, Redon, Peillac, Malestroit, Josselin, Rohan o Pontivy. Cada una tiene un encanto especial y en ellas es nota común la amabilidad de los lugareños, acostumbrados a los viajeros sobre dos ruedas a los que dan indicaciones gustosos e, incluso, ofrecen sus viviendas o jardines para que puedan acampar. Hay para todos los gustos y todos los bolsillos y muchos de los campings que enmarcan el canal son de una belleza difícil de imaginar en otros lugares.

La ciudad medieval de Josselin evoca un escenario de cuento con sus edificaciones en piedra y madera y un imponente castillo que sigue siendo propiedad de los duques de Rohan, fundadores de la localidad en 1008. Desde el hotel “Le 14 St. Michel”, el más especial en el que dormimos en toda la semana, se puede ver la basílica de Notre-Dame du Roncier.

Cuando cae la tarde, si has llegado a tiempo, puedes buscar alojamiento sobre la marcha

Escuchar el sonido de las campanas desde una de las confortabilísimas habitaciones de esta mágica casa nobiliaria de 120 años de antigüedad es una experiencia que deja un poso de serenidad y te hace desear quedarte unos días disfrutando de una arquitectura señorial y acogedora. En el edificio viven también sus dueños, Vivianne y Patrice, que tras convertirse en sus herederos cambiaron de vida y se hicieron hosteleros. El desayuno en el salón forrado de libros y con una porcelana delicada y preciosa te infunde ánimos, igual que la sonrisa de Vivianne, que se interesa por el origen y las profesiones de los que sienta a su mesa.

El final del viaje es una vuelta al principio. Toca recoger el coche que dejaste aparcado en Nantes y emprender camino a casa con el deseo de que aún dure un tiempo la sensación de fluir, de dejarte llevar con la mirada puesta en el horizonte cubriendo etapas, una detrás de otra, con la atención bien amarrada al momento presente y sin anticipar el paisaje siguiente que te traerá la ruta. Como en la vida, el viento a veces será a favor y otras, en contra, pero hay que seguir rodando. No queda otra. Y el viaje siempre merecerá la pena.

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Comentarios (4)

  • Javier Brandoli

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    Qué buen relato Macarena. Da calma e invita a reflexionar. Yo hice hace años parte de este trayecto también en bici y otra parte en un barco donde íbamos pasando lentamente esclusas y dormíamos a la orilla de un río, junto a un pueblo, en el que no pasaba nada que no fuera el ruido de algún pez en el agua. Me llevaste allí de nuevo. Bretaña y también Normandia son dos regiones fantásticas, llenas de historia y con un carácter propio. Gracias!

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  • monica de Cossio

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    Que buen viaje en bici. Lo apunto en el deber. Este año hare el danubio en bici , pero quizas para el que vien

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  • rafael mota

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    Fantastico relato..emocionante y sereno….ganas d vivirlo..gracias por compartirlo..

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  • María Fernández

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    Qué texto tan precioso. Muy evocador.

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