El camino más bello del Guadarrama

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
Previous Image
Next Image

info heading

info content

La mañana de lunes, soleada y fría, parece propicia para echarse al monte. Con esa ingenuidad de quien piensa que los días laborables siguen haciendo honor a su nombre. Pero no. El aparcamiento del puerto de Navacerrada (1.858 metros) está lleno y cuesta hacerse un hueco. Ha nevado durante el fin de semana y los esquiadores han acudido al olor de la nieve polvo como buscadores de oro al destello de una pepita.

Dejando a nuestras espaldas la Bola del Mundo, nos dirigimos por la pista que arranca junto a la telesilla de Telégrafo y lleva a la residencia del Ejército del Aire y al centro de interpretación Boca del Asno. Sorteando turistas de trineo y paso vacilante -de esos que, como escribió Camilo José Cela, “se arriman al monte en autocar y quizás con una pistola en el bolsillo porque piensan que el monte muerde”-, muy pronto se llega a los pies de otro telesilla, el de Escaparate. A su derecha arranca uno de los senderos más emblemáticos de la sierra de Guadarrama, y seguramente el más bello, el camino Schmid, que debe su nombre a un pionero montañero suizo, Eduard Schmid, que trazó la ruta entre el puerto de la Fuenfría, donde regentaba el albergue de la Real Sociedad Alpina Peñalara, y el de Navacerrada hace casi 90 años.

La belleza del bosque es sobrecogedora, tan intensa como el inmenso manto de nieve virgen

El camino es ancho y pedregoso, aunque ahora está completamente lleno de nieve, como todo el bosque que atraviesa como un arroyo serpenteando por la ladera. La ruta está muy bien señalizada, fundamentalmente con círculos amarillos pintados en los árboles, e incluso con carteles en algunas bifurcaciones. La primera, la del circuito de esquí de fondo que nace a mano izquierda cuando todavía recorremos los primeros metros.

La belleza del bosque es sobrecogedora, tan intensa como el inmenso manto de nieve virgen. Casi se pueden escuchar los versos de Machado. “¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo, la sierre gris y blanca, la sierra de mis tardes madrileñas, que yo veía en el azul pintada?”. Un pellizco de realidad, sin embargo, muy pronto deshace todo ese embrujo. El camino atraviesa la pista de El Bosque, apenas veinte metros de media ladera que hay que atravesar con cuidado porque los esquiadores bajan a gran velocidad y la nieve, pisada por las máquinas pisapistas, está muy compacta y resbaladiza. Cuesta clavar los cantos y, la verdad, para un tramo tan corto no merece la pena calzarse los crampones, aun a riesgo de acabar rodando pendiente abajo.

La ruta está muy bien señalizada, fundamentalmente con círculos amarillos pintados en los árboles

Este contratiempo, sin embargo, es un Rubicón que sólo cruzan quienes tienen el firme propósito de continuar caminando unas horas. Las cuadrillas del trineo quedan atrás. Sólo continúan los caminantes, también con raquetas de nieve. La ventaja de hacer el camino Schmid en esta época del año es que no hay que ir esquivando ciclistas.

El camino discurre a media ladera, en un continuo sube y baja incrustado como un intruso en el silencio del bosque, hasta que, pasados 50 minutos, se alcanza el cruce con el sendero que sube al collado Ventoso, puerta de acceso a los Siete Picos, a Cercedilla y al puerto de la Fuenfría. A este último podemos llegar, ahora sí perdiendo altura, si continuamos recto por la senda de los Cospes, pero optamos por enfilar la ruta al collado para, después, llegar a la Fuenfría descendiendo desde el cerro Ventoso.

El camino discurre a media ladera, en un continuo sube y baja incrustado como un intruso en el silencio del bosque

La subida al collado es breve, aunque empinada. Poco antes de llegar, nos cruzamos con un excursionista y su perro. Está buscando un sendero que, en realidad, está al otro lado del collado e intenta orientarse con un plano en la pantalla del móvil. Camina en la dirección diametralmente opuesta. No conoce la zona, confiesa antes de pedir ayuda. A menudo uno se sorprende del despreocupado optimismo con el que algunos se adentran en las montañas. Escondido entre los matorrales, encaramado a la copa de un árbol o parapetado tras una roca debe haber un diosecillo que vela por toda esa legión de inconscientes que a menudo confunden la sierra con el parque del Retiro.

Casi una hora después de salir del aparcamiento de Navacerrada alcanzamos el collado Ventoso (1.896 metros), donde aún se mantienen en pie dos mojones de piedra de medio metro de altura que históricamente delimitaron los límites de la Corona en los montes de Valsaín. Cada vez hay más nieve y ahora abandonamos el camino Schmid (que desciende por la otra vertiente hacia Cercedilla) para tomar un sendero hacia el cerro Ventoso que es sólo una sucesión de huellas en la nieve. Sobre unos peñascos hay un grupo de excursionistas franceses que preguntan por el camino a Cercedilla.

El sendero hacia el cerro Ventoso es sólo una sucesión de huellas en la nieve

Continuamos en soledad por el mar de nieve que se alza como un estupendo mirador del Pico de Najalasna y del Alto de las Guarramillas, la popular Bola del Mundo (2.262 m). El sendero, muy expuesto al viento, que por suerte ahora no sopla con demasiada virulencia, discurre por una loma hasta el cerro Ventoso (1.964 m), donde desciende de forma pronunciada por un bosque pedregoso hasta el puerto de la Fuenfría (una hora y media de ruta), por donde pasa la antigua calzada romana.

Es ya casi la una del mediodía y toca regresar al puerto de Navacerrada por el camino de los Cospes hasta reencontrarnos con el camino Schmid en el cruce que lleva al collado Ventoso (la ruta es por tanto circular desde ese punto). Nada más salir del puerto de la Fuenfría nos encontramos con una fuente y una bifurcación del camino. Debemos continuar recto y no tomar el de la izquierda (marcado con las clásicas bandas rojas y blancas de una GR), que desciende de forma muy pronunciada. Nosotros nos confundimos y el despiste nos obliga a regresar cuesta arriba con la desazón que siempre causan los esfuerzos innecesarios.

Continuamos en soledad por el mar de nieve que se alza como un estupendo mirador del Pico de Najalasna

En 35 minutos desde el puerto de la Fuenfría pisamos de nuevo el camino Schmid. Como en la Granja de San Ildefonso, a doce kilómetros de Segovia, nos esperan unos judiones aceleramos el paso para que no se nos haga tarde. La precipitación nos cuesta otro despiste al desviarnos por uno de los senderos secundarios que descienden por la pradera de Navalusilla. Sin más contratiempos que atravesar de nuevo, haciendo equilibrios, la pista de esquí de El Bosque, llegamos al aparcamiento de Navacerrada, que sigue igual de concurrido, casi tres horas después de haber comenzado a caminar.

El remate, en la Granja, tiene que sobreponerse a la frustración de encontrarnos cerrado Casa Zaca, emblema gastronómico de visita obligada. Pero, no obstante, no faltan restaurantes donde degustar los célebres judiones antes de recorrer los nevados jardines del palacio de verano construido por Felipe V para solaz de los Borbones tras comprar los terrenos a la orden de los Jerónimos.

  • Share

Escribe un comentario

Últimos tweets