Lanzarote de punta a punta: del faro de Pechiguera a Órzola

El atardecer en Punta Pechiguera tiene un halo de fin del mundo. El paseo marítimo termina abruptamente, entre pedregales. Más allá sólo hay descampado y mar. La silueta del nuevo faro no hace sino acentuar esa sensación terminal: el caminante frente a la última viñeta.

El atardecer en Punta Pechiguera tiene un halo de fin del mundo. El paseo marítimo termina abruptamente, entre pedregales. Más allá sólo hay descampado y mar. La silueta del nuevo faro no hace sino acentuar esa sensación terminal: el caminante frente a la última viñeta. El sol exhíbe sus restallantes haces como un luminoso pavo real. Los únicos pasos por caminar son los que quedan a mis espaldas. Desde el extremo más suroccidental de Lanzarote voy a trazar una diagonal por el interior de la isla hasta Órzola, el municipio situado más al norte.

Las islas parecen obligadas a mirar hacia afuera, en dirección al mar que las rodea, un horizonte de libertad que a veces, también, estrangula el ánimo. Lejos de la costa y de los paraísos turísticos, los paisajes del interior son muy reveladores de la ideosincrasia lanzaroteña, de su historia y sus gentes. Me gusta perderme por las entrañas de las islas, abandonarme a sus carreteras secundarias, dar la espalda al mar tierra adentro, como un condenado huyendo apresuradamente del cadalso (una playa repleta es siempre una sentencia sumarísima). Recorrer, en definitiva, los pueblos que no han sido bendecidos por el maná del turismo.

Me gusta perderme por las entrañas de las islas, abandonarme a sus carreteras secundarias, dar la espalda al mar tierra adentro, como un condenado huyendo apresuradamente del cadalso

El viejo faro de Pechiguera todavía conserva, jubilado desde que fue sustituido por uno más moderno (y cuatro veces más alto) en 1989, sus viejas dependencias. En la distancia sobresalen las cobrizas laderas del volcán de Montaña Roja, en la costa de Rubicón, desde donde se contemplan unas magníficas vistas de la isla y de la vecina Fuerteventura. Desde Playa Blanca circulamos por la LZ-2, una magnífica autovía que abandonaremos en Yaiza. En ese punto, lo más habitual es dirigirse hacia el parque nacional de Timanfaya, pero la espina dorsal que vertebra toda la isla de norte a sur es la LZ-30, que muy pronto nos sumerge en uno de los paisajes más singulares de Lanzarote: la Geria.

A simple vista, los bordes de la carretera parecen salpicados de pequeñas trincheras perfectamente alineadas. Pero esos muros semicirculares de piedra volcánica sirven para proteger viñedos. Es la artimaña ancestral de los agricultores para retener hasta la última gota de la humedad de madrugada en unos terrenos que parecen rescoldos de una inmensa hoguera. La tierra de cultivo se cubre con ceniza que frena la evaporación del agua, un bálsamo para los racimos en un territorio tan hostil. La vendimia, desde luego, tiene que ser manual. No hay máquina que se sobreponga al accidentado terreno de roca volcánica.

Los bordes de la carretera parecen salpicados de pequeñas trincheras, pero esos muros semicirculares de piedra volcánica sirven para proteger viñedos

Cuesta creer, orillando el coche en la cuneta y echando pie a tierra, que de estos viñedos pueda obtenerse uva. Pero ahí están los vinos locales para demostrarlo, sobre todo el blanco de Malvasía. De hecho, toda esta zona concentra un buen número de bodegas que se pueden visitar (la de La Geria, en el kilómetro 19, es una de las más concurridas).

Siguiendo nuestro camino hacia el norte, en San Bartolomé tomamos un desvío hasta Tinajo para ver un reloj de sol con más de siglo y medio a sus espaldas, el de la iglesia de San Roque, regalo de un marino lanzaroteño que lo construyó con sus propias manos durante una travesía desde las costas africanas. En la plaza de la iglesia, sobre la que el sol parece haberse detenido, poco más hay que hacer que admirar el viejo reloj. Este método secular de medición del tiempo se da de pronto de bruces con la modernidad. Un anciano se acerca, móvil en mano, y me pide apurado que le introduzca el pin para poder utilizarlo. Pero la combinación de números que me facilita no es correcta, pues lo que debe introducir es el código puk, no el pin. ¿Cómo explicarle al buen señor qué es un código puk? Le aconsejo que antes de teclear más números y arriesgarse a que el teléfono se bloquee se acerque a una tienda de telefonía a pedir auxilio. El viejo reloj de sol contempla la escena sonriendo, seguro, para sus adentros.

Debo hacer una defensa encendida de las terrazas que jalonan la calle principal de Teguise, donde el viajero puede beberse un tercio de Tropical bien fría por sólo euro y medio

Volviendo de nuevo a San Bartolomé, seguimos por la LZ-30 hasta Teguise, capital de Lanzarote durante más de cuatro siglos (un lustre histórico que ha dejado el legado de un centro señorial), hasta que en 1852 Arrecife le arrebató esa distinción. Sobre el cercano volcán de Guanapay, sobrevolado cada poco por los aviones que despegan del aeropuerto de Arrecife camino de la Europa continental, se eleva el castillo de Santa Bárbara, una fortaleza del siglo XV que ahora acoge el Museo de la Piratería (las aguas del archipiélago, escala obligada para la flota de Indias y sus tesoros, eran frecuentadas por corsarios al acecho del mejor botín).

No puedo decir nada a favor ni en contra del museo. Por las tardes cierra sus puertas (incluso en verano) y fue imposible visitarlo. Sí debo hacer una defensa encendida, en cambio, de las terrazas que jalonan la calle principal (de los reyes católicos) del pueblo, donde el viajero puede beberse un tercio de Tropical bien fría por sólo euro y medio. Me dieron ganas de quedarme a dormir para dar cumplida cuenta de la tentadora nevera.

Órzola es un pueblo de pescadores que puede presumir de las mejores calas de arena blanca de Lanzarote

La última parte de la ruta, la del arhipiélago Chinijo, es menos transitada. Órzola es nuestro destino, un pueblo de pescadores que puede presumir de las mejores playas de la isla, unos “caletones” de arena blanca que contrastan aún más arrimados a las negras piedras volcánicas de los acantilados.

Hasta Órzola hay que llegar, además, para tomar el ferry hasta la cercana isla de La Graciosa. Para quien se contente con contemplarla desde la distancia, el cercano Mirador del Río (4,50 euros la entrada), una antigua posición de artillería reconvertida en moderna atalaya por el artista local César Manrique, permite disfrutar de unas bonitas vistas desde lo alto del risco de Famara, a casi 500 metros de altitud. Ésta es la zona más septentrional de la isla, la que culmina nuestro recorrido de punta a punta de Lanzarote por el interior. Qué mejor que rubricar la ruta con unas buenas raciones de lapas y gueldes (pescaíto frito) y las obligadas papas arrugás en una terraza junto al muelle.

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