Mongolia: horizonte infinito

Por: Sergio Gonzalo (texto y fotos)
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Sencillamente, no tiene fin. Es el horizonte más distante e impreciso que jamás he observado. Lo miro de nuevo… Aprecio con relativa claridad las líneas que marcan el fin de la descomunal llanura verde sobre la que mis pies están plantados. Y un poco más arriba, también distingo el trazado que marca la separación entre la silueta de las colinas más altas del fondo y el cielo. Y entre esas dos líneas, la confusión.

Esfuerzo mi vista para intentar distinguir lo que hay. Consigo apreciar, casi imaginar, otra serie de hilos que parecen dar testimonio de la presencia de otras montañas intermedias, más bajas y anteriores al trazado final. Por aquí y por allá, salpican esa franja hasta seis manchas de agua, quizá pequeños lagos, tal vez caudalosos torrentes. Soy consciente de la presencia de una carretera, por la que hemos llegado, pero no se percibe desde la posición en la que me encuentro. El matiz de los diferentes colores es tenue, y su conjunto podría definirse de igual manera como un azul verdoso-amarronado, como un verde amarronado-azulado o como un marrón azulado-verdoso.

Aprecio con relativa claridad las líneas que marcan el fin de la descomunal llanura verde

Comienzo a caminar en dirección a las montañas. La estepa da cobijo a una mezcolanza irregular de espigados y pálidos hierbajos y de pequeñas plantas, estas últimas con una altura que oscila entre la del tobillo y la de la rodilla y presentando un verde más oscuro e intenso. El camino exige atención, además de por la vegetación, por las numerosas madrigueras de pequeños animales, probablemente ratones de campo o topos.

A unos cien metros encuentro un sinuoso arroyo; busco el punto más estrecho y de tierra más sólida y lo vadeo. Sigo avanzando, y noto cómo cada paso que doy provoca el salto por los aires de dos o tres insectos que, de manera inapreciable, estaban sobre la tierra antes de mi movimiento. Tras avanzar unos minutos, me doy la vuelta.

Cada paso que doy provoca el salto por los aires de dos o tres insectos

El lugar en el que vamos a pasar la noche aparece ya un tanto distante. Mis compañeros de viaje son puntos diminutos en la lejanía. La yurta, algo mayor, es lo único que rompe la armonía en el paisaje. Vuelvo a orientarme hacia el lugar al que me dirigía inicialmente. Hacia ese lado, constato por el contrario que, a pesar de haber caminado ya cerca de medio kilómetro, parezco no haberme acercado nada a las montañas. Las distancias son imprecisas y relativas en el horizonte infinito que tengo ante mí.

Un ruido lejano de un motor asoma, molesto, en el sobrecogedor silencio que abruma la casi totalidad del no-lugar. De un tiempo a esta parte, la labor de pastoreo se lleva a cabo sobre una moto, además de sobre un caballo, y probablemente ése es el motivo de la presencia del ocasional estímulo. Decido seguir caminando un tanto. El suelo ha cambiado, y la ahora más abundante arena hace que avanzar sea cada vez más dificultoso. Ahora ya sí, decido detener la marcha.

Un ruido lejano de un motor asoma, molesto, en el sobrecogedor silencio que abruma la casi totalidad del no-lugar

Inicio el camino de vuelta. Es un trayecto en el que discurro, absorto, en la relatividad de lo que los seres humanos necesitamos para vivir. Incluso de los elementos que ayudan a conseguir lo que en Occidente llamamos calidad de vida. Y soy consciente de que varias, si no todas las cosas que me rodean en ese preciso momento, ayudan sobremanera en ese sentido.

A la altura del arroyo me sorprende el sonido del aún lejano trote de una caballada. Pierdo unos segundos intentando discernir cuál es el lugar exacto por el que antes he cruzado el caudal, que ahora me parece menos evidente. Una vez al otro lado del hilo de agua, me detengo para presenciar el paso del grupo de animales, unos cuarenta ejemplares, de un tamaño notablemente menor al de sus homónimos de nuestro país. El pelaje oscila entre el marrón y el blanco, con diferentes tonos intermedios.

En el camino de vuelta discurro, absorto, en la relatividad de lo que los seres humanos necesitamos para vivir

Según la información que tenemos, no son salvajes, aunque las apariencias dicten todo lo contrario. Ningún ser humano les acompaña. Se detienen a beber en el arroyo, y continúan. El trote, brioso en el caso de algunos de ellos, cansino en el de la mayoría, pronto les convierte en un elemento más de los que ayudan a configurar el horizonte. Sólo ellos saben a qué parte del infinito horizonte se dirigen.

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