Raquetas bajo la luna

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Si a la hora que muchos se ponen el pijama estás vistiéndote con ropa de esquí es que algo extraordinario va a pasar. ¿Y qué mejor que partir un Jueves Santo al anochecer hacia la montaña para caminar con raquetas de nieve bajo la luna llena? Hoy se dan, o eso presagian los meteorólogos, las mejores condiciones posibles: el viento no molesta y no hay niebla ni se prevén precipitaciones. Pero, pese a todo, no puedes impedir que un hormigueo de inquietud te recorra el estómago. A mi lado, en el coche, viaja mi hijo de nueve años, que hoy se calza unas raquetas por primera vez. Imposible pensar en un mejor estreno.

Mientras subimos el puerto de Somport, el antiguo Summum portum romano, el termómetro va descendiendo lentamente hasta detenerse, en el aparcamiento de la estación de Candanchú, en unos benignos 2º. Atestado hasta hace unas horas de esquiadores, ahora luce solitario, un aliciente más para buscar la nieve al abrigo de la luna. No hay más coches que los tres en los que hemos subido hasta aquí este reducido grupo de nueve personas, cuatro de ellos niños.

¿Qué mejor que partir al anochecer hacia la montaña para caminar con raquetas de nieve bajo la luna llena?

Mientras nos ponemos las raquetas y nos abrigamos, mantenemos las luces de los vehículos encendidas. El circuito parte entre las taquillas de la pista grande y la Escuela Militar de Montaña, justo a la derecha de la pista de trineos. Está marcado y es ancho. No hay pérdida. Pasadas las diez de la noche, nos ponemos en marcha, al principio con los frontales encendidos, que pronto apagamos porque la claridad de la luna es abrumadora. Es la única luz artificial que nos alumbrará en las próximas tres horas.

La nieve está dura, en perfectas condiciones para salvar un pequeño desnivel que bordea un depósito de agua. Sólo se escuchan el rasguido de los clavos de las raquetas sobre la nieve y las respiraciones entrecortadas, que exhalan el característico vaho. Por delante, sólo nuestras sombras alargadas como si fuese el sol matinal el que las proyectara sobre la montaña. Es un momento especial, uno de esos que paladeas con el convencimiento de que, a menudo, la vida está dispuesta a darnos mucho más de lo que nos atrevemos a barruntar.

Sólo se escuchan el rasguido de los clavos de las raquetas sobre la nieve y las respiraciones entrecortadas

A nuestra izquierda, el camino se dirige hacia el este, en dirección a la frontera con Francia. Sin embargo, nosotros nos desviamos hacia la derecha y comenzamos a ganar altura, al principio de forma suave, hasta alcanzar un pequeño merendero, ya en suelo galo, con unas vistas excepcionales, calculo que a casi 1.700 metros de altitud. El valle del Aragón se abre frente a nosotros rodeado por sus cumbres pirenaicas, una panorámica a la que la noche ha superpuesto una gasa cenicienta que no impide, sin embargo, distinguir con nitidez sus cumbres. En las laderas del Tobazo se mueven las luces de las máquinas quitanieves que trabajan durante la noche para dejar las pistas en condiciones idóneas para los esquiadores.

Por delante, sólo nuestras sombras alargadas como si fuese el sol matinal el que las proyectara sobre la montaña

Un pequeño tentempié para los más pequeños y seguimos adelante por las estribaciones del valle del Aspe, ahora por una estrecha marca en una media ladera por la que mi hijo se queda un tanto rezagado y hasta pierde un bastón que se desliza pendiente abajo y me obliga a descender unos cuantos metros para recuperarlo. Salvada esta ladera nos reencontramos enseguida con la pista que remonta hasta el Col de Bessata. Ya es medianoche y antes de proseguir nos dividimos: mientras tres adultos regresan con los niños a los coches, el resto continuamos para completar el recorrido. El rumbo es claro: ahí abajo se ven las luces del self-service de Candanchú.

El valle del Aragón se abre frente a nosotros penumbroso, como si en medio se interpusiese una gasa cenicienta

Reemprendemos la marcha cuando nos cercioramos de que el grupo camina en la dirección correcta. Ahora caminamos a ritmo más vivo y tras alcanzar el collado, con la cima de La Raca, en Astún, y las luces de la estación brillando en la lejanía frente a nosotros, la pista discurre por suelo francés silueteando un área de protección de aves, un santuario donde anida el urogallo.

Cuarenta y cinco minutos después de separarnos del resto del grupo estamos de nuevo en el aparcamiento. Es casi la una de la madrugada. El termómetro sigue marcando 2º. Hemos quedado en una cafetería de la estación para tomarnos un chocolate caliente, pero todo está cerrado en Candanchú a estas horas. Probamos suerte en Canfranc y Villanúa con idéntico éxito. A la una y media de la madrugada estamos de nuevo en Jaca. La luna llena sigue iluminando la noche.

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