Hace semanas que no había víctimas civiles y el ejército había puesto un convoy militar para los vehículos del que habíamos escuchado todo tipo de historias. Ninguna se asemejaba a la realidad.
Las paradas del convoy se hacen eternas y nos dan tiempo a recorrer los vagones. El siguiente al nuestro es como un campamento de refugiados, gente cocinando en el suelo, un par de lonas extendidas bajo las que una criatura de pocos meses dormita entre el tremendo jaleo de su madre hablando a voz en grito y las radios con música a todo trapo.