Cuando tenía siete años hice una lista de lo que quería hacer en la vida. Todavía estoy viendo escrito con letra gorda y torcida: “tener una casa con jardín, montar en helicóptero, ir a Australia…”.
Le flanqueaban tres tipos, tres suazilandeses, tres importantes promotores de ópera que no tenían habitación donde dormir, no tenían ningún programa del importante concierto, no tenían pianista, ni músicos, ni a menos de 24 horas de la cita habían vendido una sola entrada. Ellos le miraban a él y él a ellos como si todo eso fuera a caer del cielo en el hall de aquel lujoso hotel.