Postales desde La Habana
Algo más al norte, donde los vientos vienen secos, las gentes bailaban frente a un mar manso y roto. Sus carnes eran precisas y sus ritmos, ufanos de reglas, envestidas sin rezos ni sexo. Olía a hembra y a champú. Allí vimos un atardecer indecente, junto a una familia callada y triste, en el que el sol se diluyó sobre seis olas.
