Los quince años de Marco están metidos en un cuerpo pequeño y vibrante. Tiene cara de pilluelo, piernas flacas bajo pantalón pesquero y pies alados fusionados a unas chanclas oscuras.
Yo no sé los demás, pero a mi la tensión nerviosa me sube por minutos. Es como que ya llega el momento de la verdad y, por una parte, quieres enfrentarte a eso cuanto antes, y, por otra, quieres salir corriendo. De momento, claro, me quedo.
Una cosa que me encanta de la montaña es que todas las mañanas se puede re-desayunar sin cargo de conciencia. Uno se levanta temprano y dolorido, se pone ciego a café, cereales, muesly, porridge, fruta, dulces, pan tibetano con miel y cosas así… Y a medio camino de la jornada, para y se vuelve a llenar hasta arriba.
Lo reconozco. Yo también caí en la secta de Lonley Planet. No tengo ni idea de si es la guía más vendida en España, pero lo que sí puedo asegurar es que entre la legión de viajeros con mochila y calcetines con chanclas que recorre el sudeste asiático, arrasa.