Adolescencia en Mongolia

Por: María Traspaderne (texto y fotos)
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Pagmaa nació en la zona central del Gobi en una familia nómada. Pasó su infancia en una yurta y a los 17 años se mudó a la ciudad a estudiar. Sus padres, pastores de cabras y ovejas, pidieron un préstamo al banco para poder pagar los 2.000 dólares que cuesta cada año su universidad, “la mejor en finanzas de todo Ulán Bator“, cuenta orgullosa. Ahora tiene 19 años y trabaja en verano guiando a turistas gracias a su inglés, básico pero suficiente. Pagmaa es tímida, habla bajo y se cubre la cara azorada cuando ríe. Si se enfada, mira enfurruñada al suelo y hace un pequeño movimiento con la cabeza, hacia un lado. Tiene una cara redonda, unos bonitos ojos casi imperceptibles cuando ríe y un largo pelo negro en una trenza que recuerda a una princesa mongola. Aunque ella no se ve así. Quiere adelgazar, por eso a veces no come.

Pagmaa es tímida, habla bajo y se cubre la cara azorada cuando ríe

A Pagmaa no le gusta la ciudad, prefiere la estepa familiar y ayudar a sus padres con el ganado, pero quiere trabajar en un banco y conocer mundo. Es consciente de que, según la tradición, tiene que casarse a los 21 años, lo que no sabe es cómo conjugar todo: su amor por la vida nómada, su deseo de viajar, el trabajo y el matrimonio.

No sabe cómo conjugar todo: su amor por la vida nómada, su deseo de viajar, el trabajo y el matrimonio

Pagmaa es tranquila y paciente, muy responsable y se niega, entre risas, a enseñar palabrotas a los turistas. A la pregunta de casa o yurta, lo tiene claro. Elige la yurta o “ger”, esas tiendas redondas de quita y pon en las que viven la mayoría de los mongoles, incluso en las ciudades, donde se alternan con los edificios. Es más fácil de calentar para hacer frente a los 30 o 40 grados bajo cero del invierno mongol y, dice ella, más humana porque en ese pequeño espacio convive toda la familia. Ella se crió en una de esas tiendas, que sus padres cambiaban de sitio cada año buscando el pasto en verano.

Cuando le tocó ir al colegio se tuvo que mudar con sus abuelos y sus tíos. Viven en la capital del Gobi central, de apenas 15.000 habitantes, en una parcelita rodeada de una valla de madera. Dentro está la yurta de su abuela, donde dormía Pagmaa hasta hace dos años. Muebles de madera de colores adornan la tienda que fue testigo de parte de su infancia y una foto recuerda al abuelo muerto enfundado en su vestido mongol, esa especie de túnica hasta los pies de largas y anchas mangas. A muy pocos metros están la construcción de una altura de sus tíos, una letrina y la caseta del perro.

Los ojos de la adolescente se iluminan al ver a su anciana abuela. La abraza como a una madre y le cuenta su vida en la ciudad

Por la parcela corretea la hermana pequeña de Pagmaa, que ahora comparte tienda con su abuela, y sus primos juegan en un charco. Al llegar, los ojos de la adolescente se iluminan al ver a la anciana. La abraza como a una madre y le cuenta su vida en la ciudad. No se despega de ella.

Ahora Pagmaa ya no duerme con su abuela, sino en un colegio mayor compartiendo habitación con tres chicas. En dos años acabará la carrera y aspira a trabajar en un banco ganando unos 200 euros al mes, aunque admite que la competencia es dura. Solo volverá a la yurta en vacaciones para ver a sus padres, un estilo de vida que deja atrás, no sin pena porque la vida en las llanuras y montañas de Mongolia es, dice ella, mucho mejor.

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