Garmo Negro: el 3.000 exprés

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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la ascensión
Para cualquier montañero con una preparación media ascender un pico de más de 3.000 metros de altura supone, casi siempre, la necesidad de pasar una noche en ruta para hacer más llevadero el desnivel a salvar. Pero existen algunos tresmiles que se pueden subir en un solo día siempre que madruguemos un poco. En el Pirineo aragonés, la ruta más directa que conozco para coronar un 3.000 es la del Garmo Negro, en el oscense balneario de Panticosa.

La atracción de la montaña es a veces tan fuerte que ni sabes ni quieres evitarla. Yo había subido otras veces al Garmo Negro (3.051 metros), pero nunca solo. No es que quisiera vivir esa experiencia, sencillamente no encontré a nadie que me acompañase. Pese a que siempre tiene un punto imprudente, subiría sólo esta vez. Por pura necesidad.

Todos esos miedos y dudas provocados por el respeto a la montaña alborotan mis sueños esa noche de agosto y los salpican de pesadillas que la convierten en una incesante duermevela. Harto de pelearme con las sábanas, a las seis de la mañana me pongo en marcha y dos horas después ya estoy en el balneario de Panticosa, a los pies del Garmo Negro, 1.400 metros más arriba. Casi un kilómetro y medio de desnivel me separa de la cima, ahora tan lejana. El balneario, inmerso en una ambiciosa rehabilitación truncada por la crisis, está ahora desierto. Camino solo hacia el bosque situado a espaldas del embalse, donde antiguamente se situaban las piscinas termales que frecuentaron, entre otros ilustres, Santiago Ramón y Cajal, Ortega y Gasset o Cánovas del Castillo.

No son los bosques un sitio para quedarse, no al menos para mí, sino para atravesarlos con tus dudas a cuestas

Tiene algo de especial escuchar tus pisadas en un bosque umbrío, sintiendo todavía el frescor matinal. Cualquier sonido se magnifica, incluso el de tu propia respiración, lo inadvertido cobra vida, los pensamientos se reposan y uno escucha sus inseguridades con más fuerza que nunca. No son los bosques un sitio para quedarse, no al menos para mí, sino para atravesarlos con tus dudas a cuestas.

Pero debo aprovechar las únicas sombras de la jornada. A partir de aquí, nada de nada. Al salir de la zona boscosa, hay que seguir el sendero por la derecha hasta salvar un primer cortado guiándonos por los mojones de piedra. Por primera vez, la respiración se entrecorta y se mira para arriba con más frecuencia, como queriendo alcanzar con la vista lo que las piernas todavía no pisan. Aquí no hay aproximación ninguna. No se deja de subir. De ahí que sea uno de los tresmiles más accesibles.

Me adelantan dos jóvenes vitorianos, gps en mano, que suben como cabras montesas, a un ritmo altísimo que en la montaña siempre es contraproducente. El paso corto y sostenido es nuestro mejor aliado. Aquí no valen de nada los acelerones. Al parecer, coleccionan picos. Ayer hicieron el Anayet, en Canal Roya, y mañana están decididos a hacer el Aneto. Sólo de escucharlos me duelen las articulaciones. Durante un rato les sigo el ritmo, pero al final me descuelgo porque prefiero subir a mi aire.

Para coronar muchos picos es necesario saber darse la vuelta en algún collado

Salvado el barranco de Argualas, y a la vista ya del de Pondiellos más a la derecha, hay que girar a la izquierda afrontando una media ladera muy tendida en dirección al collado de Argualas. En esta zona hay pequeños neveros hasta en verano. Es momento de recuperar fuerzas tras dos horas de ininterrumpida ascensión. Diez minutos son suficientes para venirse arriba gracias a la bebida isotónica, unas barritas energéticas y una pieza de fruta, que en la montaña sabe como en ningún otro lugar. Ya tengo gasolina para llegar al collado, lo que consigo 40 minutos después.

Los collados desprenden un magnetismo especial. Son nuestros mejores aliados para alcanzar las cimas y, también, un pequeño Rubicón donde decidir si continuar adelante o disfrutar de las vistas y dar por terminado el esfuerzo. A veces, esa decisión viene impuesta por la meteorología, la traicionera niebla por ejemplo. Pero para coronar muchos picos es necesario saber darse la vuelta en algún collado.

Ahora, con la cima a la vista, es ineludible mirar montaña arriba. Por delante una de esas pedrizas que obligan a resoplar y a caminar sin distraer los ojos del suelo para no deprimirse ante los escasos avances de nuestros pasos. Porque en una ladera de piedra suelta los esfuerzos se multiplican y en ocasiones avanzar un paso obliga a dar dos, porque las suelas no agarran y se deslizan.

Tras media hora de pelearme con zig-zags que se eternizan, llego por fin a la cumbre tres horas después de salir del balneario

Sostenido por esa máxima confuciana de que la meta está en el camino, aunque sea mentira y uno no esté dispuesto, a estas alturas, a renunciar a hacer cima, voy salvando la pedriza. Paso junto a uno de los vitorianos del gps, que se ha quedado rezagado. Los esfuerzos acaban pagándose. Tras media hora de pelearme con zig-zags que se eternizan, llego por fin a la cumbre tres horas después de salir del balneario. Arriba hay casi una decena de personas. La impresionante cara sur de los Infiernos, situada frente a nosotros, es realmente sobrecogedora. Ahí abajo, como charcos de lluvia, los ibones de Pondiellos. Más allá, en la vecina Francia, descuella la mole del Midi d´Ossau. Toca abrigarse y disfrutar.

La bajada es rápida, apenas una breve parada para refrescarme en un riachuelo. Sobre todo al principio, hay que tener cuidado con no perder la referencia de los mojones de piedra, esos pequeños montículos, a veces imperceptibles en el pedregal, que nos indican el camino correcto. En algunos tramos hay que saltar de piedra en piedra para avanzar más deprisa. El cansancio empieza a hacer mella y, en una de esas, la pierna derecha se me hunde hasta el muslo en una grieta. Afortunadamente, sólo unos rasguños que no me impiden llegar abajo en menos de dos horas desde la cima del Garmo. En total, cinco horas y media. Lo dicho, un 3.000 por la vía rápida.

dónde reponer fuerzas
En la plaza principal del balneario hay varias terrazas donde tomar algo. En estos casos, se impone la jarra de cerveza con limón o casera, que casi se bebe como un chupito. Sobre nuestras cabezas está la histórica Casa Belio.
En el pueblo de Panticosa también hay varios sitios para comer, pero a mí me gusta más continuar por la carretera que lleva a Sabiñánigo y desviarme a la izquierda en pleno valle de Tena, al llegar al pantano de Bubal, en dirección a El Pueyo de Jaca, donde siempre que puedo como en el restaurante El Embalse, en la misma Plaza Mayor. Comida altoaragonesa a buen precio (el menú ronda los 15 euros). Las patatas encebolladas son memorables. De segundo, me decanto por el conejo o las costillas a la brasa. En fin de semana, mejor reservar (tfno. 974 487048). El Pueyo tiene un paseo delicioso hasta el río ideal para bajar la comida.

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Comentarios (5)

  • elena

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    Panticosa está siempre en mi corazón. Gracias por acercar a traves de esta web esos paisajes del Pirineo tan queridos.

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  • Santiago

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    Lo intetamos hace dos veranos, nos quedamos a unos 200mts de la cumbre, hacia un calor horrible. pero desde luego el lugar es impresionante, como impresionante es tu artículo. Muchas gracias por compartilo.

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  • ricardo coarasa

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    Muchas gracias, Santiago. He hecho cima varias veces en el Garmo, pero también me ha tocado dar la vuelta alguna vez por la niebla. En esta ocasión, desde luego, fue realmente especial al subir solo. Me alegra haber sido capaz de transmitirte mis emociones en la montaña y siempre es un placer que entre nuestros lectores haya montañeros como tu. Un saludo

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  • Santiago

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    Así es, en la montaña hay que saber decir hasta aquí, cosa que no nos paso en Peña Telera, muy cerquita de Panticosa, donde un invierno nos tuvieron que rescatar, despues de pasar más de 30 horas metidos en «La gran diagonal», pero eso es otra batalla.

    Agradecido por tu respuesta.
    Saludos

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  • ricardo coarasa

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    Peña Telera la subí en verano hace algunos años. La canal final hasta el collado la recuerdo durísima. Uno de los que iba conmigo se quedó por el camino y lo recogimos a la vuelta. Como se suele decir, una calcetinada..

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