Namanga: cómo quedarse sin pasaporte en la frontera

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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La cima del monte Meru se recorta entre la neblina que el sol empieza a disipar a dentelladas. Medio pasaje suspira por unos lavabos. Frente a nosotros hay un control militar, que se reduce a tres paisanos con guerreras de camuflaje en torno a una hoguera que agoniza debajo de un árbol. Estamos entrando en Namanga, la frontera natural por carretera entre Nairobi y Arusha, la capital tanzana de los safaris.

Sujeto con fuerza el pasaporte. El primer mandamiento del viajero es no perder de vista la documentación. En una frontera, cualquier descuido se paga caro. Nada más echar un pie a tierra nos vemos asediados por la tropa de ambulantes empeñados en que pases a la vecina Tanzania sin un chelín keniata en los bolsillos. “¡Samahani, samahani!!”, gritan dos mujeres agitando sus baratijas. Especialmente terca, una anciana se pega a mi sombra ofreciéndome unos anillos a cambio de mis pulseras masai.

Tanzania es un país donde cualquier gestión, por pequeña que sea, parece siempre abocada al fracaso, aunque finalmente, y por rocambolesco que parezca, todo tiene solución

Superado el trámite keniata hay que recorrer unos metros hasta el puesto fronterizo tanzano, un edificio de una sola planta de jardín decadente. Tanzania es un país, conviene dejarlo claro desde el principio, donde cualquier gestión, por pequeña que sea, parece siempre abocada al fracaso, aunque finalmente, y por rocambolesco que parezca, todo tiene solución, a menudo in extremis. Es fundamental entender la ideosincrasia tanzana para evitar angustias innecesarias y, de alguna manera, debemos hacer un acto de fe respecto a todo lo que nos prometan. Ya digo que los planes se vuelven del revés a menudo pero, por distintos e insospechados caminos, son capaces de llevarte hasta dónde querías.

Con esa filosofía interiorizada, ni siquiera sospeché cuando subió al autobús una mujer oronda reclamando nuestros pasaportes. Pensé, la verdad, que era una empleada de Inmigración que nos iba a agilizar los trámites. Nos pidió 25 dólares por cabeza. Nadie rechistó y los que no tenían dólares le dieron idéntica cantidad en euros. Eché un vistazo a la aduana. Los alrededores estaban atestados de gente esperando el dichoso sello. Parecía una buena idea que la amable “mzee” se encargara de todo a cambio de tener tiempo para merodear por los alrededores.

Me gustan los pueblos que hacen equilibrios entre dos países. Creo que ven la vida con mayor perspectiva en un mundo casi siempre demasiado dogmático

Me gustan los pueblos que hacen equilibrios entre dos países. Creo que ven la vida con mayor perspectiva en un mundo casi siempre demasiado dogmático. Son también terreno abonado para la picaresca y los buscavidas, pronto lo íbamos a comprobar, pero lugares en todo caso preferibles a aquellos en los que cualquier forastero es una amenaza.

Para entretener la espera pego la hebra con un grupo de chavales, de esos que ven en cada vehículo de turistas el sueño de una vida mejor. Uno de ellos, que lleva un peine enredado en la sién, apenas abre la boca. “No habla inglés. Es masai y no ha estudiado”, me comenta en confidencia su compañero con la crueldad de un juego de niños.

Para estos pequeños obligados a convertirse en adultos antes de tiempo, su sueño es ganarse la vida un día en Arusha guiando a turistas, conduciendo los todoterrenos o de empleados en un lodge cualquiera. ¿Qué más da que Tanzania sea un país menos próspero que su Kenia natal? La expectativa reside también en la incertidumbre, en la prosperidad que se atisba en las caravanas de turistas que pasan la frontera cargados de dólares. No es fácil, pero no se rinden. Siempre hay un aliciente para no claudicar: en su caso, que alguno de sus hermanos lo ha conseguido.

Una funcionaria de la aduana está repartiendo a gritos los documentos como si fuesen cartillas de racionamiento. Busco a la atenta buscavidas en un último y cándido impulso de absolverla

Tienen que volver a clase. Nos despedimos. Antes, la habitual liturgia de pedirte bolígrados, caramelos y hasta el reloj. Incluso fotos a un dolar. No me gusta pagar por las fotografías. Uno de los chavales lo nota en mi cara. “Puedes hacerla si quieres, no tienes que darnos nada”. Pero Belén se ha adelantado y ya ha detenido la imagen de esa conversación de frontera.

A todo esto, se me ha olvidado que seguimos sin pasaportes. Un grupo de occidentales se arremolina alrededor del puesto fronterizo. De la amable señora no hay ni rastro. Una funcionaria de la aduana está repartiendo a gritos los documentos como si fuesen cartillas de racionamiento. Busco a la atenta buscavidas con la mirada, en un último y cándido impulso de absolverla, pero debe estar ya lejos de aquí. Seguramente cuente con la vista gorda de los conductores de los autobuses, una solidaridad muy africana entre los que cada mañana se levantan obligados a buscarse la vida. Ya en Arusha, me enteraré de que el visado sólo cuesta 20 dólares por persona. Los cinco restantes son su tarifa por entregar los pasaportes en el puesto fronterizo y abandonarlos a su suerte. Aunque pensándolo bien, peor sería que hubiese desaparecido con la documentación.

Tanzania se muestra desde el primer minuto tal como es, enloquecidamente desorganizada

La oficina es un caos de pasaportes y turistas angustiados. Escucho gritar mi nombre o algo que se le parece bastante. Así, sin apellidos ni nada. Me abro paso a empujones y la encargada me lo entrega sin mayores comprobaciones. El de Belén está sobre la mesa, junto a otros tantos que todavía no han recuperado su dueños. Me alarga otros tres pasaportes para que me los lleve y aligerar un poco su trabajo, pero me niego en redondo a cargar con más. Tanzania se muestra desde el primer minuto tal como es: enloquecidamente desorganizada y tan despreocupada que ni siquiera ha tenido tiempo para perder el tiempo en grandes guerras pese a las más de cien etnias que atesora.

Cruzamos por fin la verja a la una del mediodía. El vehículo se desliza pendiente abajo entre quebradas de euforbias, poblados en desgracia y soldados ociosos. Un calor intenso impregna el autobús. Supongo que la oronda pícara ya estará recolectando en la frontera dólares y pasaportes de otros incautos turistas.

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Comentarios (3)

  • Ana

    |

    jajaja. A mi me pasó lo mismo en el aeropuerto.. Da un poco de miedo dar tu pasaporte así, sin más remedio!

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  • ricardo

    |

    En mi caso fue peor, porque ni siquiera me preocupé. En África la excepción casi siempre parece la norma

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  • Daniel Landa

    |

    Ay las fronteras africanas… La verdad es que has descrito muy bien el caos de frontera, los buscavidas, el sopor, el “one dolar” por todo…

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