Sobre un bastón apoyaba sus manos el más viejo de la comunidad de los Ik, en las colinas perdidas del norte de Uganda. Y aquel cayado sostenía toda la herencia indígena de su pueblo, sostenía el paso cansado de un hombre acostumbrado a las guerras tribales. Y el tiempo, que en África pasa más despacio, va arrugando esas manos que antes lanceaban, tal vez, a sus enemigos de Sudán del Sur, o a las leonas que atacaban el rebaño. O quizá nunca sostuvo un arma aquel anciano y esas manos sean tan solo el resultado de una vida en el campo, lejos del resto del mundo que ya es bastante.
Nápoles 1944: crónica magistral de una ciudad surrealista
Todo libro se puede resumir en 6 párrafos...
