Apuntes de Nueva York (I): sus buscadores de oro

En EEUU hay miedo al hambre y hay hambre de éxito. En Europa ser ambicioso se ha convertido en un vicio
Retrato de Nueva York. Foto de Javier Brandoli

He tardado cinco meses en escribir esta primera impresión como habitante de Nueva York. Siento que es probable que debiera haber tardado más. No la termino de entender como vecino. No termino de reencontrar la magia que sentí las dos veces anteriores que vine aquí como turista, pero hay algo que me dice que lo haré. Nueva York en la distancia corta me es más complicada de lo que me fue cuando la contemplé y disfruté desde la superficie.

Hay ciudades fascinantes para viajarlas y peores para vivirlas. Siento que la Gran Manzana es una de esas. Le pasaba también algo a Roma, en la que viví casi tres años y medio, pero a Roma al final le perdono que no funcione nada, que sea sucia y caótica. Lo hago por su descomunal belleza, su historia, mi sangre y pareja italiana, sus gentes encabronadas que me divierten y, posiblemente, porque me da la gana.

Hay ciudades fascinantes para viajarlas y peores para vivirlas. Siento que la Gran Manzana es una de esas

Nueva York necesita las lentes del turista. O quizá necesite que olvide que hay otros lugares mejores donde vivir, y me acostumbre a los inmensos defectos que tiene para disfrutar de sus inmensas virtudes. Va sucediendo poco a poco. Recuerdo cuando vine 15 días y me alojé en un apartamento del Lower East Side, en Manhattan. Era junio de 2015. Paseaba la ciudad recogiendo mis babas. NY tiene algo de plató de cine, de recuerdo inventado en el que llegas a miles de lugares donde estuviste ya sin haber estado. Me lo pasé en grande.

Regresé en diciembre de 2018. Había luces de colores hasta en las alcantarillas, renos gigantes escupiendo villancicos, pistas de hielo con selfies-amantes, clubes de jazz con olor a salsa de gravy. No hay ciudad en el mundo que compita con la navidad neoyorquina. “No son luces, son gigantes”, me decía mientras contemplaba a Papa Noel comiendo bagels.

Y siete años después aterricé en el aeropuerto JFK, reconozco, con ciertos prejuicios. No estaba entusiasmado con venir aquí. Los cuatro años que viví en México, de 2015 a 2019, viajamos repetidamente a Estados Unidos. Aprendimos que los estadounidenses son cordiales, pero no lo suficiente como para hacerte olvidar que no son acogedores. La amabilidad se agradece, pero dura hasta que te dan el recibo y las vueltas. Acoger es todo lo que sucede después. Y en América, con su nombre grandilocuente de continente, en el después sucede menos. Quizá esa impresión varíe con el tiempo. Los neoyorquinos tienen un punto chulo y descarado que me divierte.

Aprendimos que los estadounidenses son cordiales, pero no lo suficiente como para hacerte olvidar que no son acogedores

Mis primeras semanas en NY estaba en shock. Venía de vivir en Bangkok donde el baremo coste y calidad de vida es insuperable. Nueva York, comparado con aquel Oriente en ebullición, es un anciano con un elegante pelo cano sucio y despeinado. Salvo en las zonas más nobles del Upper East/West Side, cuesta diferenciar a los millonarios neoyorquinos de los repartidores de comida: visten igual. Quizá ahí radique su secreto. En la vibrante NY puedes vestir cómo te dé la gana, tener clase es dejar una propina abultada en el restaurante más que llevar mocasines. El ascensor social funciona tan bien y tan rápido que los que suben y bajan de escalafón no tienen tiempo de renovar el armario.

La sociedad gringa es extremadamente individualista. Cada uno es responsable de su propio éxito y su propio fracaso. Hay miedo al hambre y hay hambre de éxito. En Europa ser ambicioso se ha convertido en un vicio. Si en una reunión de amigos alguien muestra gran ambición laboral, económica, es sospechoso de avaro, de codicia. Pecados capitales en el viejo mundo. El europeo se puede permitir el lujo de creer que el éxito es tener tiempo libre, disfrutar la vida, una vejez tranquila, viajar mucho, leer… Su trabajo debe ser un hobby.

No ha habido en la historia y probablemente no lo habrá en el futuro un desarrollo del estado de bienestar como el europeo. El individuo dejó de ser responsable de sus derrotas para convertirse en víctima de un Gobierno incapaz de darle una casa, educación, sanidad, pensiones, espacios deportivos, entretenimiento… Como me dijeron en Pekín, “a un chino le basta con tener una casa y comida. Nosotros no somos franceses protestando por todo. En China decimos que en Europa el Gobierno da de comer a la gente, mientras que en China si no trabajas no comes”. En el viejo continente, por suerte, no hay hambre sin un estado detrás. Un privilegio que no evita el hambre, evita el desamparo.

Todos están allí: ladrones, mendigos, chulos, mujeres impúdicas, asesinos, caídos del último grado de abyección, en tugurios donde se embrutecen con el alcohol adulterado, farfullando obscenidades

En Estados Unidos es diverso. Lo es desde su origen. Este es un país de buscadores de oro. Eso generó la inmensa inmigración del siglo XIX. Fue el oro, que se buscaba a zarpazos, sin reglas, lo que hizo que millones de inmigrantes de todo el planeta se cruzaran el océano. “Todos están allí: ladrones, mendigos, chulos, mujeres impúdicas, asesinos, caídos del último grado de abyección, en tugurios donde se embrutecen con el alcohol adulterado, farfullando obscenidades. Y el desenfreno, el deshonor, la locura, la miseria y la muerte también están allí. Y el infierno, que abre la boca para engullir esa masa pútrida”, recuerda el escritor Ander Izagirre en su libro “Los sótanos del mundo” que el 5 de agosto de 1852 publicó el diario The Call como especie de acta de nacimiento de una California donde millones de personas llegaban para hacerse ricos taladrando tierras.

Esa ambición de obtener riqueza se mantiene hoy, aunque quizá más que una ambición, es una necesidad, una obligación. En Estados Unidos hay 800.000 vagabundos y 36,8 millones de pobres que conviven con aproximadamente 22 millones de millonarios. Y en el medio de esos dos extremos, hay una población con el pavor e ilusión de ser unos u otros. Saben que serlo es posible.

Ayer noche estuvo justo en mi casa cenando Shabbir. Es un amigo indio que conocimos en el parque nacional de Kanha, en India, en 2022. Hicimos una rápida amistad. Vino a vernos varias veces a Bangkok. Cuando supo que nos mudábamos a NY, nos dio mil consejos, y finalmente nos hemos visto aquí, en su urbe, porque hace más de 35 años que él y su familia habitan en la Gran Manzana. En la cena nos contó cómo se instaló aquí.

Yo dormía en la misma habitación con un colchón al fondo, y para ir al baño debía pasar por encima de ellos

Nació en Mumbay, y su familia decidió mandarle a la universidad a EEUU para que tuviera un porvenir en la tierra de las oportunidades. “Estudié en una universidad de Ohio que buscaba alumnos inmigrantes”. Tras acabar sus estudios, se vino a vivir con un primo lejano y su mujer, recién casados, cerca de Nueva York. “Yo dormía en la misma habitación con un colchón al fondo, y para ir al baño debía pasar por encima de ellos”. Luego, decidió dejar a la pareja en paz y en el barrio de Queens una familia de griegos le alquiló una habitación en la planta de arriba de su casa. “Un día vi en un periódico que el mánager de JP Morgan ganaba 500.000 dólares. Pensé, guau, yo quiero ganar eso”.

Decidió entonces buscar cómo entrar en el mundo de Wall Street, y acabó trabajando duro para unirse a un grupo de inversores judíos que controlaban parte importante del mercado. Desde ahí, ascendió a la cúspide laboral en la banca de inversión. Ganó el suficiente dinero para tener sus casas propias, dejar en muy buena posición a sus hijos, y dedicarse en su retiro a recorrer el mundo haciendo fantásticas fotos de la naturaleza en lugares muy lejanos.

Shabbir es el sueño americano. Nueva York exige y ofrece. “¿Cómo ves Javier que estuve casi un año trabajando en Manhattan e hice más dinero que en mi carrera en México?”, me contó Norma, una querida amiga y aguerrida periodista mexicana. ¿En qué medio trabajaste? “En ninguno. Trabajé de mesera en un restaurante y gané mucho con las propinas”, me explicó entre risas.

Tiene una piel limpia y un aspecto por como viste y se mueve de haber vivido una mejor vida previa

El ascensor se mantiene. Sube al cielo o arroja al infierno a sus ocupantes. Debajo de mi casa viven varios mendigos. Alguno grita para recordarse que aún no está muerto. Hay una mujer que me llama la atención. Habita, ahora en verano, en unos soportales. Durante el día está sentada en sus escalones. Pocas veces pide dinero, y cuando lo hace es con una voz tan baja que cuesta escucharla. Tiene una piel limpia y un aspecto por como viste y se mueve de haber vivido una mejor vida previa. No consume drogas, no toma alcohol, pero cayó en un pozo del que aventuro que le será complicado salir. No hay un estado que le vaya a sacar de ahí.

Es inhumano ver como el imperio trata a sus «perdedores». He vivido en Sudáfrica y Mozambique. En México y Tailandia. Países todos con grandes diferencias sociales y enorme pobreza. Nunca he visto las imágenes de degrado, de falta de dignidad, que he contemplado con las personas que viven en la calle en Estados Unidos. Un viaje en 2016 por toda California, la región más rica del planeta, fue especialmente impactante.

Me cuesta entender que un europeo prefiera vivir en Estados Unidos. Pero me cuesta no aceptar que la decadencia económica de Europa tiene que ver con la falta de ambición. Es decir, me parece que el éxito del viejo continente es su posible tumba. Le sucedió a la vieja Roma, y le sucederá a sus herederos. El mundo es una jungla y los más voraces son los que prevalecen. Fue así, con esa ambición, que los europeos dominaron el planeta con sus barcos llenos de escorbuto, codicia y miseria surcando mares.

Un ejecutivo español tiene el salario de un conductor de Uber en Nueva York

Un pobre estadounidense es incapaz de soñar con la protección que goza un pobre en España. Un ejecutivo español tiene el salario de un conductor de Uber en Nueva York. Europa y EEUU son Occidente, pero son completamente distintos. Aquí sabes que necesitas cada día trabajar duro para sobrevivir. La vivienda es carísima, la sanidad un lujo, la educación de calidad una deuda familiar, la protección un rifle guardado en el armario. Los estadounidenses siguen siendo aquellos buscadores de oro a los que nadie regala nada, pero pueden obtener todo. La meritocracia existe, la compasión no.

“Llevo ocho años aquí. Si un sábado por la tarde me voy con mis amigos o novio a tomar algo y no trabajo me siento mal. Siento que no produzco nada. Esto no es Europa”, nos dijo una agente inmobiliaria joven croata. ¿Y por qué vives aquí?, le dije. La pregunta me delata.

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