La ciudad decadente y los masai de la playa

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Me gustan las ciudades decadentes. Me gustan Lisboa y Nápoles más que París y Brujas, por ejemplo. Stone Town es, a mis ojos, una ciudad llena de encanto. Sus estrechos callejones árabes llenos de comercios se convierten en laberintos de vida; los hombres apilados frente a los quioscos leyendo las portadas de los periódicos del día; las bicicletas que sortean sombras; las paredes de pintura descascarillada y la ropa secándose al sol en la ventana de alguna vieja casa. Stone Town tiene además una imponente historia. Para mi ha supuesto el reencuentro con David Livingstone: visité su casa, ahora oficina de turismo, desde la que partió en su última expedición, y contemplé en la catedral anglicana el crucifijo que hay en el altar de la derecha hecho con la madera del árbol donde se le enterró en Chitambo (¿recordáis?).

La ciudad tiene además por la noche una animada vida en la playa. Recomiendo especialmente el Mercury (el cantante Freddy Mercury nació aquí) y el Livingstone´s Beach. Desde este último Ana y yo contemplamos una delirante escena de un ferry que no terminaba nunca de salir del puerto, dando casi vueltas sobre si mismo, y que cuando ya salió a la mar volvió a los diez minutos a recoger mercancía que se le había olvidado. Había risas entre los locales pero, por supuesto, ningún signo de stress o enfado por el largo retraso ya acumulado. Otro gesto más de esa África que se te mete en el piel.

contemplamos una delirante escena de un ferry que no terminaba nunca de salir del puerto, dando casi vueltas sobre si mismo, y que cuando ya salió a la mar volvió a los diez minutos a recoger mercancía que se le había olvidado

Tras dos noches en Stone Town bajamos al despoblado y menos frondoso sur para recorrer hasta el norte las playas del este de la isla que dicen que son las más espectaculares. Llegamos a Jambiani, donde nos alojamos en el Red Monkey, un auténtico hoyo por 50 dólares la doble enclavado en medio del paraíso.

Allí, en la playa, conocimos a diferentes masais. Chicos jóvenes que se vienen desde sus aldeas de la zona de Arusha a hacer la temporada de playa vendiendo abalorios a los turistas. Los hacen sus madres y hermanas durante el invierno y ellos se tiran tres meses pateando playas para sacar un dinero. El primero, Tim, era un chico tímido, con pinta de bonachón y con dos marcas que parecían hechas a fuego en sus carrillos. Se sentó a hablar con nosotros y, entre otras cosas, nos explicó cómo se mata a un león: “Yo he matado tres. Salgo con mis vacas a la selva (bush) y los leones las atacan de vez en cuando. Hay que esperar a que el león se esté bebiendo su sangre que es cuando se atonta. Entonces hay que atravesarle con la lanza. Es muy fácil”, nos dice. Justo en ese instante le suena el teléfono móvil. Saca de su zurrón un celular de última generación. La escena es impagable. ¿Dónde prefieres vivir?, le preguntó cuando cuelga. “En mi aldea. Volveré el 6 de octubre. Prefiero mi vida libre en la selva con mis vacas y mi gente”, responde.

Se sentó a hablar con nosotros y, entre otras cosas, nos explicó cómo se mata a un león: “Yo he matado tres”

Luego aparece otro masai, Simon. Un tipo muy divertido pero pesado, muy pesado. No paró hasta que consiguió que le compráramos algunos collares. Imitaba a los italianos a la perfección, se reía de todo y era rápido en sus bromas. Tenía el lóbulo de la oreja agujereado y dos cicatrices grandes en la cara y el pecho. Jugué con él a las tres en raya, se fumó varios de mis cigarros y no paraba de repetir que éramos una familia. “Mi familia no me cobra nada, me regala las cosas”, le digo. Se volvía a reír y cambiaba de tema. Le acabé regalando una pulsera que llevaba de Mandela que me dijo que no vendería nunca. “Ves como eres mi familia”, repetía. “Me gusta Mandela”. Yo le miraba y le decía “si la vendes te traerá mala suerte. Cuídala, es un regalo”. El me chocaba las manos. Perdimos de vista a Simon cuando otros tres turistas que se iban a bucear pasaron por delante. “Me dijiste que me ibas a comprar algo esta tarde”, les espeta. “Cuando volvamos del snorkel”, le dicen. Pero Simon no es un tipo fácil de engañar con viejos trucos de turista. El hecho de que llevaran las aletas, gafas y trajes de neopreno le pareció que era una vil excusa y allá que se fue junto a ellos hasta el final del arenal, dándoles la tabarra, para asegurar su venta. Si hace falta, estoy seguro, nuestro Simon se tira al mar y aparece entre los corales con sus pulseras de marfil y sus…

La historia del último masai es la más sorprendente. Bob tiene 27 años y una novia irlandesa. La chica, a la que conoció el año pasado en las playas de Zanzíbar, vivió con él y su familia cuatro meses en la selva. “Se vino conmigo; mis padres nos apoyaron Ahora se ha vuelto a Irlanda y estoy esperando que vuelva”. ¿La quieres? “Sí, mucho. Además no tengo dinero para pagar la dote de una mujer masai, yo sólo tengo cuatro vacas”. ¿Hablas con ella? “Tengo que ahorrar dinero para llamarla por el móvil. A veces la llamo por Skype (cuando dijo esto casi me caigo desmayado: ¡un masai usando Skype!). Ella me dice que quiere volver. Yo la espero”, me cuenta el bueno de Bob. “Mis padres me han dado el visto bueno para que nos casemos. No es el primer caso del poblado. Un alemán se caso con una chica de mi villa. Vivieron tres años juntos, con nosotros, y tienen dos niños. Ahora se han trasladado a vivir a Alemania. Estoy deseando volver al campo”, concluye Bob y su agradable y sorprendente conversación en la que no ha intentado vendernos nada.

Un alemán se caso con una chica de mi villa. Vivieron tres años juntos, con nosotros, y tienen dos niños. Ahora se han trasladado a vivir a Alemania

Los días siguientes siguieron las playas de agua color turquesa, las gentes de sonrisa perenne y las anécdotas que se acumulan y que harían este post interminable: las niña que nos pedían dinero en la playa escribiendo la cifra en la arena; el cd de Julio Iglesias sonando en el coche; el padre italiano liado con una joven negra….
Zanzíbar es un auténtico sueño de lugar, cómodo, agradable, que ofrece la cara más amable de este continente. No la olvidaré. Creo que volveré, sin duda, con alguien al que se lo he prometido y lleva, sin estar conmigo, dos meses y medio de viaje sobre mi hombro. Ahora, tras doce días en esta isla toca nuevas maletas: me voy a Uganda, donde estaré con Ricardo, mi amigo y socio en VaP, recorriendo el país de los gorilas, del nacimiento del Nilo, de las Montañas de la Luna.

Consejos de viaje: Zanzíbar tiene hoteles cuyo precio oscila entre los 40 y los 70 dólares (negociables) en medio de lugares paradisiacos. Comprando un billete de avión con antelación, dos semanas en esta isla pueden rondar los 1.200 euros. Con los taxis hay que negociar siempre el precio, pero aceptan hacer rutas de norte a sur por40 dólares. Pedirán entre 60 y 70.. Las rutas más cortas, de entre 30 y 40 minutos, se pueden sacar por 20 dólares. La comida no es cara: una cena puede costar 20 euros dos personas. Todo es negociable, hasta los pack para hacer safaris por Tanzania. Lo importante, si se va justo de presupuesto, es no entrar en los grandes hoteles. Además, el encanto de esta isla es que en las playas se convive con la gente local, sin que una valla separe el mundo del turista del de ellos.

Por último, en Stone Town hay que ir a comer al Monsoon Restaurant, en la playa, cerca del centro. Entre cojines, sin zapatos, bajo el aire de algunos ventiladores coloniales.

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Comentarios (3)

  • Alberto Bermejo

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    Hermoso relato, amigos. Como comentábamos en un tweet, nos queda pendiente la costa. Zanzíbar es uno de mis sueños viajeros y si es tan hermosa como tu relato no tardaré en pisarla. He estado leyendo también el último libro de Javier Reverte, que también la incluyó.
    Nosotros con nuestro grupo de viajes PERIPLOS volamos hoy a Nairobi. Nos vamos a Kenia en nuestro primer destino de África Negra. Ya os contaremos!
    Un saludo

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  • javier brandoli

    |

    Mucha suerte en Kenia. Disfrutar de la magia africana y esperamos vuestro relato
    Saludos

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