Namibia: Kolmanns- kuppe, la ciudad fantasma de los diamantes

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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el viaje
Junto a la carretera se ve a algunos operarios que meten cable de telefonía. Curiosa escena, ya que las tuberías apuntan en una dirección en la que durante algunos cientos de kilómetros no hay casi vida humana. Al fondo, tras las zanjas de arena, se ven algunas casas desperdigadas en las dunas. Ya apenas se pueden contemplar las aguas del océano Atlántico que bañan a la cercana ciudad de Luderitz. Algunos oryx salen de la rojiza arena y caminan bajo un sol que parece que está allí perenne, sin posibilidad de ser apagado. Estamos en Kolmanskop (en afrikans), el pueblo fantasma de los diamantes.

La ciudad de Kolmannskuppe (en alemán) fue levantada en 1908. El descubrimiento de un diamante, por parte de un joven negro, desató una auténtica fiebre de buscadores de fortuna. Namibia era entonces una colonia alemana, creada casi por obligación por el Kaiser, que vio como un negociante alemán, Adolf Luderitz, se instalaba en unas tierras que parecían baldías y que se convirtieron en la más importante colonia germana en el sur de África.

Pronto, un erial de arena y sol abrasador se cinceló como una pujante ciudad nacida entre las dunas. Aquí se instaló la primera máquina de rayos x de África. Los trabajadores de la enorme explotación tenían que pasar por ella para vigilar que no se llevaran piedras preciosas en el estómago. Los edificios pujaban en relevancia y confort. Están hoy todos allí, ahora comidos por las dunas y el olvido, pero su rastro es palpable en la ciudad fantasma.

Por ejemplo, se puede visitar el viejo casino, el último edificio que se construyó, en el que se observa el escenario, con su viejo piano, y la sala champagne donde se reunían las mujeres y la sala de fumadores donde lo hacían los hombres. Está también el gran hospital, de aspecto hoy lúgubre y con la arena del desierto entrando hasta sus entrañas, en cuyos largos pasillos se practicaba la medicina más avanzada en miles de kilómetros a la redonda. La carnicería, que con un ingenioso sistema de barras de hielo y los conductos del aire, tenía aire acondicionado. El viejo “tren taxi”, del que tiraban seis mulas, y transportaba a las damas por aquella rica ciudad. La bolera, de pista de madera y con sus viejos bolos aún aguantando de pie el paso del tiempo. Las casas de la colina, en las que los kilos de polvo no han podido borrar su viejo esplendor. Eran aquellos tiempos en los que el agua se traía en barco desde Ciudad del Cabo y se repartía a razón de 20 litros por casa y persona. Un litro de agua costaba lo mismo que una botella de champagne. Se construyó además una línea férrea de 127 kilómetros de largo en diez meses (sirva de comparación que ahora llevan diez años para hacer lo mismo y aún no han terminado).

Aquí se instaló la primera máquina de rayos x de África. Los trabajadores de la enorme explotación tenían que pasar por ella para vigilar que no se llevaran piedras preciosas en el estómago.

Pero también, cómo no, se pueden ver mirando hacia el este los barracones de los trabajadores negros. Casas construidas a la afueras donde los casi esclavos vivían hacinados sacando kilos de diamantes que hacían a todos, menos a ellos, inmensamente ricos. Se calcula que durante la I Guerra Mundial se extrajo una tonelada de diamantes en este poblado. Sin embargo, pasada la contienda, y durante la década de los 30 y 40, bajó notablemente la producción, lo que unido a que se encontraron nuevas minas al sur, junto al río Orange (frontera sudafricana), hizo que en 1954 la grandiosa Kolmanskop fuera definitivamente abandonada.

Para los que vayan a Namibia, la ciudad fantasma es una visita peculiar. Sorprende tropezar, en medio de aquel duro desierto, con un grupo de casas que enseñan que el dinero posibilita que el ser humano se instale en el mismo infierno. Cerca, en la localidad de Luderitz, se puede contemplar otro abandono: el de una ciudad pujante por la pesca que también ha visto irse en las últimas décadas a algunas importantes navieras a otras latitudes. La localidad cuenta con bares, hoteles, restaurantes y supermercados, pero tiene un aspecto fantasmagórico que recuerda a su vecina. Esta ruta es en un fascinante viaje en el tiempo; un paseo por el presente del pasado.

el camino
-Este enclave está también incluido en varias de las rutas que la agencia Kananga, especializada en viajes en África, incluye en su visita por Namibia. Se llega en uno de sus camiones/autobús. Su ruta es inmejorable y llena de lugares mágicos. Se accede a sitios a los que es complicado acceder de forma individual.  www.pasaporte3.com

-Para los que quieran ir de forma individual recomendamos alquilar un coche. Si se entra a Namibia desde Ciudad del Cabo, Sudáfrica, tras cruzar la frontera se coge la B-1 y luego la B-4 (buenas carreteras). Desde Windhoek, la capital, se hace la misma ruta pero en sentido inverso.

una cabezada
-Kratzplatz: es el hotel en el que yo dormí. Edificio con jardín y pequeñas y grandes habitaciones. Tiene bar y restaurante. Decorado con fotos de prusianos. Es una buena opción. Luderitz. www.kratzplatz.com
-Nest Hotel: es el alojamiento de lujo de Luderitz. Pegado al mar, cuenta con piscina, jardines, restaurante y conexión a Internet. La comida es buena. www.nesthotel.com

a mesa puesta
-El Ritzi´s, en el waterfront, es un buen lugar para comer pescado fresco. Hay todo tipo de mariscadas o parrilladas, aunque el servicio es algo lento. Cuenta con una buena terraza con vistas al puerto donde tomar una cerveza.

muy recomendable
-Tomar una copa en la discoteca Steps. Tiene una buena colección de música latina y española llevada por Basilio, un marinero gallego que vive en la localidad.
-Parar en la carretera que lleva a Aus y contemplar a los caballos salvajes del desierto.
-En Aus, en el refugio de montaña Klein Aus Vista, se puede ver un coche de los años 50, abandonado en medio del desierto, que tiene más de cien disparos. Era de unos ladrones de diamantes que huían de la Policía y fueron interceptados. El refugio de montaña es fascinante.

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