Descubrir las Fuentes del Nilo

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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Las Fuentes del Nilo Blanco son el colofón perfecto de un viaje de más de siete meses por África. Un símbolo geográfico que obsesionó a los grandes exploradores europeos del siglo XIX; las venas de un mar, el Lago Victoria, que se escapa hasta el Mediterráneo. Uganda, quizá el país más bello de todos por los que he pasado en estas tierras, es el inicio del río con más historia del planeta. Terminar aquí, frente a una pequeña placa en la que se lee “bienvenido a las reales fuentes del Nilo” fue fascinante.

En el primer encuentro con el inicio del caudal cruzamos el puente que lleva a Jinja, ya sobre las sagradas aguas y a pocos kilómetros de su nacimiento. Un bofetón de progreso, que no sabe de encuadres de foto, nos colocó sobre una presa, Ripon Dam, a la izquierda, y una fábrica humeante a la derecha. Pese a lo demoledor de la primera imagen, nada que objetar. Unas cuantas presas más salvarían, seguro, unas cuantas vidas de gentes que viven sin energía con la que preservar alimentos o agua que beber sin jugar a la ruleta rusa.

El primer número gratuito que pusimos para informar sobre el Sida o la Malaria nos costó casi un mes conseguirlo. Lo malo es que no caímos que nos debían contestar al 666, número del diablo, a lo que se negaron en varias comunidades.

Nos dirigimos entonces al hotel Haven: un alojamiento que nos había recomendado Jan-Willem, un holandés, representante de Gorilla Tours, que habla español y que dirige también un singular proyecto de cooperación sanitaria en zonas rurales a través de sms (En África tropiezas con un montón de gente que trabaja en cosas que te empequeñecen).  Tras la cena, regada con los inevitables caldos sudafricanos, Jan nos cuenta divertidas historias sobre su ONG. “El primer número gratuito que pusimos para informar sobre el Sida o la Malaria nos costó casi un mes conseguirlo. Lo malo es que no caímos que nos debían contestar al 666, número del diablo, a lo que se negaron en varias comunidades. Tuvimos que volver a cambiarlo todo”, explica. “En otra ocasión contratamos un camión megáfono para hacer rifas e informar sobre prevención sanitaria. Nos dimos cuenta de que era mejor que se quedaran en una zona hospitalaria y no que estuvieran moviéndose por el área. Les pedimos que se quedaran quietos, pero el conductor nos decía que a él le habían dicho que debía circular. Para ellos era peor,  gastaban más dinero con la gasolina, pero fue imposible que el tipo entendiera que improvisábamos otro plan” (una anécdota con la que yo también me tropecé varias veces en el viaje: los africanos tienen un sentido estricto de las órdenes, una especie de miedo a no hacer lo que a ellos alguien ya les ha ordenado). En fin, fue una noche genial, en un lugar único por su belleza. El Nilo es allí una postal.

Por la mañana cogimos el coche y fuimos a nuestro encuentro con las ansiadas fuentes. Paramos primero en los saltos de Bujagali. El río se desboca en una zona de rápidos donde mucha gente practica el rafting. Los pescadores reparan sus redes, en la orilla, mientras que decenas de jóvenes salen a la caza de turistas a los que subir a una barca, vender una foto o, como en mi caso, ofrecer una canción. ¿De dónde eres?, me pregunta un niño de unos 12 años. “España”, le digo. “Si me das dinero te canto una canción”. “Prefiero escuchar el río, aunque seguro que tú lo haces mejor”. El niño me mira desconcertado, aguanta para ver si cambio de opinión, y se va cuando ve descender un nuevo grupo de “víctimas”.

Tras casi una hora en Bujagali, decidimos ir ya al encuentro con Speke y su histórico descubrimiento para los europeos (tenemos la mala costumbre en occidente de llamar descubrimiento a cosas que ellos ya habían descubierto. Es como si en los libros de escuela africanos dijeran que el Rhin se descubrió en 1874, fecha en la que llegó el primer africano [es un ejemplo no real]). Pagamos 24.000 chelines por entrar al parque de las Fuentes del Nilo. Pagamos exactamente 4.000 más de lo que indicaba el precio de la puerta a un policía que nos miró con cara de “me encantan las propinas”.

“Si me das dinero te canto una canción”. “Prefiero escuchar el río, aunque seguro que tú lo haces mejor”. El niño me mira desconcertado y se va cuando ve descender un nuevo grupo de “víctimas”.

Llegamos a un parking en el que una marca de cervezas patrocinaba el lugar. Por primera vez en Jinja, el lugar más turístico del país, tropezamos con una avalancha de tiendas de souvenirs que se encuentran a los lados de las escaleras que conducen al caudal. Abajo, los barqueros se abalanzan para ofrecer sus servicios. No es un problema, da igual todo la parafernalia del dólar, desde la orilla se divisa el inmenso Lago Victoria al fondo y se vislumbra el inicio del mágico Nilo. Me siento a contemplar en silencio la escena. La sensación de haber llegado hasta aquí se me clava en un estómago en el que se mueven siete meses de inolvidable viaje. Negociamos con un barquero que nos lleve al lugar exacto en el que nace el río (el 70 por ciento del caudal del Nilo Blanco proviene del Lago Victoria y el 30 por ciento de una manantial que sale de las entrañas de la tierra y que está entre dos islotes. Hay aún mucha controversia sobre esta afirmación).

Durante media hora navegamos entre pescadores que echan sus redes al lago y aguas en calma. Bajamos también a ver el monolito que conmemora el descubrimiento de Speke en 1862. Para celebrar tantas emociones, acabamos tomándonos una cerveza en la orilla del río, frente a las fuentes, en un bar plagado de camisetas de equipos de fútbol (España, R Madrid y Barcelona tenían lugar preferente) y en el que escuchábamos música country: efectos de una globalización que seguro que cambia un poco el paisaje que vio Speke. Había llegado a las fuentes, junto a mi socio en esta aventura de VaP, Ricardo, y era un perfecto momento para saborear la vida. Soy un tipo afortunado.

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Comentarios (3)

  • Juancho

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    Muy acertado, Jvier, el comentario del descubrimiento. He pensado muchas veces en lo que pensarían los aztecas que llevaban 300 generaciones viviendo en América. Impactan las fotos. Geniales

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  • Rocío

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    Si que eres un tipo afortunado. Las fotos me han parecido impresionantes, sobre todo esa en la que aparece el pescador echando la red y el atardecer.

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  • javier

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    Gracias Rocío. Lo cierto es que sí que soy un tipo afortunado. Mil besos

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