Nyeri: el árbol de Wangari Maatahi

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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No descorchó botellas de champán ni hizo ninguna llamada apresurada. Simplemente, plantó un árbol. Le acababan de comunicar que había sido galardonada con el premio Nobel de la Paz, la primera africana en conseguirlo. Ese tulípero de Gabón que adorna los jardines del hotel Outspan de Nyeri, en Kenia, es el mejor homenaje para una mujer única, Wangari Maathai. El pasado día 1, la keniata que impulsó la plantación de 30 millones de árboles, la madre coraje de la naturaleza, habría cumplido 73 años. Un cáncer se la llevó en 2011, para desgracia de un continente que necesita de mujeres como ella, de su tenacidad y determinación, para intentar alumbrar una sociedad más justa. Maathai formaba parte del África en la que creo, esa que un día, espero, oscurezca las satrapías de mandatarios corruptos, de dirigentes venales que arruinan una generación tras otra.

La abundancia de shambas anuncia la proximidad de Nyeri, la ciudad enclavada a los pies de los Montes Aberdares. Las cabras ramonean los hierbajos en los arcenes y, junto a una gasolinera, un pequeño rebaño de ovejas hocica en una montaña de desperdicios en busca de su ración diaria de alimento. El Outspan es un edificio colonial situado en un lugar de ensueño, un remanso donde el turista se repone del zangoloteo de varias horas de carretera desde Nairobi antes de poner rumbo a los Aberdares. Mucho antes de que,en octubre de 2004, a Maathai le sorprendiese aquí la noticia de que le habían concedido el Nobel, el hotel ya era célebre por sus magnífica vistas del Monte Kenia y por ser lugar de peregrinaje obligado para los “boy scouts”. Aquí se encuentra la casa donde vivió los últimos años de su vida el fundador de este movimiento juvenil, Robert Baden-Powell, hoy un pequeño museo. Baden-Powell solía decir que “cuanto más cerca estás de Nyeri, más cerca estás de la felicidad”. El epitafio de su tumba, situada en el cementerio de la ciudad, hace honor a esa pasión: “Me he ido a casa”.

Maathai formaba parte del África en la que creo, esa que un día, espero, oscurezca las satrapías de mandatarios corruptos, de dirigentes venales que arruinan una generación tras otra

Construido sobre una colina en 1928, los materiales para levantar el hotel, sobre todo madera, tuvieron que ser acarreados a lomo de bueyes, a los que había que liberar del yugo (“outspan” en inglés, de ahí su nombre) al concluir su tarea para que pudieran afrontar otra dura jornada al día siguiente. Los jardines, rebosantes de jacarandas donde se alzan imponentes palmeras, de hojas vencidas en abanico, invitan a la relajación.

Mientras tomamos unas cervezas en la terraza de ambiente colonial del Outspan, nos ofrecen una visita a un poblado kikuyu de cartón piedra cuyas chozas se adivinan en un cercado del inmenso jardín. La experiencia se completa con una exhibición de danzas kikuyu. La mera posibilidad de terminar dando brincos alrededor de una fogata con un collar tribal al cuello me aconseja, sin embargo, declinar la invitación.

En estos mismos jardines, Maatahi recibió el 8 de octubre de 2004 la mejor noticia de su vida: la concesión del Premio Nobel de la Paz

Prefiero pasear por los jardines, de exuberante verdor tropical, hasta llegar a una casa cercana que parece deshabitada. Desde su terraza, colgada a mitad de una ladera, se contempla una sucesión de cumbres a caballo de una serranía que pronto disipa un manto sombrío. En estos mismos jardines, Maatahi (que fue responsable de Medio Ambiente en el Gobierno del ex presidente Kibaki, kikuyu como ella) hizo un alto en el camino el 8 de octubre de 2004, camino de la localidad de Tetu, sin saber que iba a recibir la mejor noticia de su vida. “No estaba preparada para escuchar que me habían concedido el Premio Nobel de la Paz; me pregunto si alguien lo está. La noticia me heló la sangre”. Ella misma rememora ese momento en su muy recomendable “Con la cabeza bien alta” (Editorial Lumen, 2006):

“El director y sus trabajadores corrieron a felicitarme y el encargado, ante la insistencia de sus compañeros, trajo un plantón y una pala para que celebrara la buena nueva de la mejor manera que sabía: plantando un árbol. (…) Rodeada de periodistas, empleados del hotel y huéspedes, me dispuse a plantar aquel resistente árbol en el jardín de la entrada, desde el que se tenía una magnífica vista del imponente perfil del monte Kenia, al norte, en la lejanía. (…) Ya se sabe que la montaña es algo tímida y que su cima suele aparecer cubierta por un manto de nubes. Aquel día estaba oculta. (…) La miré fijamente y sentí que, con toda probabilidad, estaba llorando de alegría y escondía sus lágrimas tras un velo de nubes blancas. En ese instante tuve la sensación de estar pisando suelo sagrado”

“¿Por qué no plantamos árboles?”, se preguntó en 1966 ante la evidencia de que los cultivos tradicionales de su infancia eran sustituidos por plantaciones de té y café de herencia colonial

Maathai amaba la tierra que la vio nacer. “No hay nada más hermoso que cultivar el campo a la caída de la tarde”, escribió. Una frase de su libro, evocando su infancia, me hizo reflexionar sobre las diferencias culturales que, a menudo, soslayamos a la hora de hacer juicios de valor sobre otros pueblos. “Mis compañeros de clase y yo no veíamos la hora de regresar a casa para trabajar los campos y sentir de nuevo la tierra entre las manos”.

Un buen día, ante la evidencia de que en la región central de Kenia, una de las más fértiles del país, se estaban sustituyendo los cultivos tradicionales (sustento de la mayor parte de la población) por plantaciones de té y café (herencia de la administración colonial), decidió pasar a la acción. “¿Por qué no plantamos árboles?”, se preguntó con la ingenuidad de quien no pone límites a sus sueños. Nacía, ese año de 1966, el Movimiento Cinturón Verde. Sus propósitos son un derroche de sentido común:

“Los árboles proporcionarían forraje para el ganado y las cabras, y madera para que las mujeres pudieran cocinar alimentos nutritivos y levantar cercas. Darían sombra tanto a los animales como a las personas y cobijo a las cuencas de los ríos, mantendrían el suelo unido y, si fueran árboles frutales, producirían también comida. Además, atraerían a pájaros e insectos que contribuirían a curar la tierra y a infundirle vitalidad y energía”

El Movimiento Cinturón Verde, que ella abanderó, llegó a plantar más de 30 millones de árboles sólo en Kenia

Casi medio siglo después, el movimiento que esta mujer excepcional creó de la nada ha plantado más de treinta millones de árboles sólo en Kenia, extendiendo su filosofía verde a países como Etiopía, Tanzania, Uganda, Ruanda y Mozambique. Descanse en paz Wangari Maathai o, como suelen decir los kikuyu, “arokoma kuuraga” (que descanse allí donde llueve).

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Comentarios (7)

  • ANA

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    Comparto con el autor del artículo la admiración por Wangari Maathai y es admirable el legado que dejó tras su figura no sólo en Kenia sino en todo el mundo. Es un ejemplo para aquellos que lideran las póliticas medioambientales como un arma para luchar contra la pobreza y el hambre. Para quien quiera adentrarse un poco más en su vida y su pensamiento recomiendo el libro autobiográfico ” Con la cabeza bien alta” escrito por ella misma. En España se ha descatalogado pero lo podéis encontrar en algunas bibliotecas y en librerías como amazon en español y en inglés.

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  • ricardo coarasa

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    Coincido contigo Ana. El libro es magnífico y su lectura, imprescindible para entender la enorme dimensión de esta mujer, su afán de superación y cómo luchó contra todos los prejuicios sociales imperantes en la sociedad tradicional africana para llevar adelante sus ideales. Desgraciadamente, su labor es poco conocida. De ahí el reportaje, para que no se le olvide. Un saludo

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  • Juan Antonio Portillo

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    Muchísimas gracias por regalarnos tu relato, Ricardo. Espléndido, sentido, divulgativo y fluido!!!!

    No conocía a esta mujer y gracias a ti voy a hacerme con el libro. Personas como Wangari siempre me atraen y admiro.

    Abrazo

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  • ricardo coarasa

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    Gracias, Juan Antonio. Por eso lo he escrito, porque estoy seguro de que esta mujer es una gran desconocida para muchos. Seguro que a una persona con tu curiosidad intelectual el libro no le defrauda. Ya me contarás. Abz

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  • Lydia

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    Un relato estupendo, emotivo. Al ver la foto, me he acordado de lo del premio Nobel, pero desconocía su labor y la existencia del libro, que tengo intención de leer.
    Indudablemente, su idea es puro sentido común.
    Como bien dices, África necesita personas así.
    Gracias por la información

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  • Rosa Cintas

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    Me ha encantado tu narración. Es como una ventana desde donde presenciamos los hechos que cuentas como si estuviéramos de verdad allí. La forma en que hablas de la admirable Wangari Maathai es diferente, cercana, vivencial. Muchas gracias.
    Ayer le escribí una entrada-homenaje en mi blog:
    http://losarbolesinvisibles.com/semillas-de-esperanza/

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  • Ricardo Coarasa

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    Muchas gracias Rosa. Eso es lo que pretendemos ofrecer en VaP: una ventana al mundo sin prejuicios ni clichés para viajeros curiosos. Y, además, nacimos un 3 de marzo, designado día de Wangari Maathai por la Unión Africana como bien explicas en tu estupendo post. Saludos

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