Canal Roya: raquetas, aludes y una fuga

Por: Ricardo Coarasa (texto y fotos)
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Con la temporada de esquí a punto de echar el cierre, las numerosas nevadas del invierno permiten este año disfrutar todavía de bellas travesías con raquetas por la montaña. En Canal Roya, por ejemplo, un valle glaciar situado muy cerca del puerto de Somport, en el Pirineo oscense. Tras dejar atrás el municipio de Canfranc y su monumental estación, por la que siempre duele pasar de largo, justo antes de que la N-330 que sube a las estaciones de esquí de Candanchú y Astún se adentre en el Circo de Rioseta, un pequeño aparcamiento junto a un puente sobre el río Aragón (km.186) marca el lugar donde comienza nuestra caminata. De ahí parte una pista que, paralela al río, se adentra en Canal Roya, un valle encajonado entre montañas que es la ruta habitual para ascender a los ibones y pico de Anayet (2.545 metros).

Nos calzamos las raquetas nada más empezar a andar, porque la pista está llena de nieve primavera (característica de final de temporada, también conocida como “nieve sopa”) y es mucho más cómodo caminar con ellas que con las botas. Y eso que, de vez en cuando, en alguna solana la tierra y el agua hacen acto de presencia y eso nos obliga a continuar sobre este terreno con las raquetas puestas para no entretenernos en un fatigoso quitaipón.

Pretendemos llegar a una cabaña de pastores junto al río donde hace muchos años cumplí con la inevitable cuota de rebeldía adolescente

Pretendemos llegar, esta mañana desconcertante de finales de marzo (tan pronto cae una nieva fina como asoma tímidamente el sol), a una cabaña de pastores junto al río, desde donde la senda comienza a ganar altura en dirección al fondo de la canal. Allí mismo cumplí hace muchos años (tantos que me da pereza contarlos) con la inevitable cuota de rebeldía que se le presupone a un adolescente.

Habíamos decidido, mi buen amigo David y yo, que nos teníamos que ir de casa. Ni siquiera recuerdo el motivo, pero sí que pronto llenamos dos mochilas de provisiones para poner tierra de por medio. No queríamos ver mundo ni acabar dando tumbos en una gran ciudad. Sólo buscábamos algo de silencio y la excitación de vivir una aventura sin tutelajes. Decidimos que nos subiríamos al Canfranero (el tren que cubre la vieja línea ferroviaria que une Jaca y Canfranc y que, anteriormente, llegaba hasta la localidad francesa de Pau) y caminaríamos por Canal Roya hasta encontrar un sitio donde plantar la tienda de campaña (entonces no se había inventado el Decathlon y pesaban endemoniadamente).

Pero, unas horas antes de la huida, alguien descubrió nuestras mochilas repletas de comida en el trastero del garaje. No escuchamos ningún por qué, ni tampoco un solo cómo. Nuestros padres, montañeros de suelas gastadas, se mostraron comprensivos. Únicamente nos preguntaron dónde. Esa misma tarde, el padre de mi compañero de escapada nos acercaba en coche a Canal Roya. Y allí nos dejó. Sin móviles, que no se habían inventado, ni dinero.

Las laderas están salpicadas de restos de aludes. Uno de ellos, el más atrevido, ha llegado hasta la pista por la que caminamos

Pienso en esos días de soledad en la montaña mientras pisamos la nieve húmeda remontando el valle. A nuestra izquierda, las laderas están salpicadas de restos de aludes. Uno de ellos, el más atrevido, ha llegado hasta la pista por la que caminamos, arrastrando piedras y ramas que jalonan su recorrido y nos inquietan un tanto. Un cartel avisa: “Pista cortada. Peligro desprendimientos de rocas”. Seguimos adelante con precaución. Cuento hasta seis lenguas de aludes en la cara sur de La Raca, el monte donde muere la telesilla del mismo nombre de la estación de Astún. El valle se angosta a partir de aquí, cuando la pista entrega el testigo a un sendero que discurre a media ladera por la margen derecha del río. Es una zona muy expuesta que, además, ha sido barrida hace poco por un alud.

El camino vuelve a cruzar el río un poco más adelante, a un paso del refugio. Enfrente de él hay todavía una enorme mole de piedra junto a la corriente que protege una terraza natural situada a la izquierda de la senda. Allí mismo decidimos montar la tienda en esa escapada adolescente.

Estuvimos unos cuantos días a solas con nuestro inconformismo, con nuestros agravios contra el mundo

Estuvimos unos cuantos días a solas con nuestro inconformismo, con nuestros agravios contra el mundo. Nos dormíamos escuchando el murmullo del río. No recuerdo cómo matábamos las horas, que eran muchas y muy largas. Un tarde, a poco de anochecer, una res se despeñó montaña abajo y el cielo se llenó de buitres a escasos doscientos metros de donde nos encontrábamos. Fue un espectáculo sobrecogedor contemplar el concurrido banquete mientras la noche fue difuminando poco a poco esa rapiña.

Nos quedamos a sólo unos minutos del lugar. No merece la pena arriesgarse a que nos caiga encima un alud. Atravesamos un terreno inestable, una gran capa de nieve pegada a la orilla del río que amenaza con desplomarse en cualquier momento por la lluvia caída en las últimas horas. Si cediese nos daríamos un buen susto, así que rodeamos el frágil ventisquero abriéndonos paso entre matorrales.

De repente, nos sobresalta el rumor de la montaña. Trescientos metros por encima de nuestras cabezas, baja un pequeño alud por un estrecho cortado

Regresamos por la pista llena de nieve cuando nos sobresalta el rumor de la montaña. Trescientos metros por encima de nuestras cabezas, se está produciendo un pequeño alud en un estrecho cortado. Desde la distancia, parece una inofensiva cascada de agua. Durante unos segundos, la montonera de nieve rueda ladera abajo hasta que se detiene mucho antes de llegar al valle. Salimos de la zona de peligro y el sol, tranquilizador, se exhibe unos segundos refulgiendo en la cima de Collarada.

Una semana duraba ya nuestra escapada cuando nuestros padres se presentaron en el campamento. Para entonces, ya sobrevivíamos a base de salchichas calentadas a la cerilla. Traían algo de comida. Nos preguntaron si queríamos volver a casa. Respondimos que no, que es lo que se espera que responda cualquier adolescente a sus padres. Nos quedamos de nuevo solos y, al día siguiente, tras una breve asamblea resuelta por unanimidad, recogimos la tienda de campaña y nos bajamos andando a Canfranc, donde teníamos intención de acampar a las afueras del pueblo. Lo intentamos en un claro, pero alguien nos llamó la atención. Estaba prohibido, al parecer. Entonces, súbitamente, todas nuestras ganas de aventura, toda esa rebeldía atemperada por la inmensidad de la montaña, se desvaneció como una sopa por el desagüe. Nos acercamos a la estación de tren y emprendimos el camino de regreso, con la maldita tienda de campaña descoyuntándonos las vértebras.

Tras dos horas de caminata, la travesía con raquetas ha terminado. Qué mejor que rematarla con unas cañas en un bar de Canfranc (donde siempre que bebo una cerveza siento una cierta orfandad desde la desaparición de la añorada Casa Marraco), frente a la venerable estación ferroviaria que vio pasar el oro de Hitler, brindando por esa rebeldía adolescente que ya entonces buscaba en la montaña una escuela de vida.

 

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Comentarios (2)

  • Lydia

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    Me ha gustado mucho el relato, cómo has ido enlazando el paseo con las raquetas, con tu aventura adolescente.
    Todavía no conozco esa zona. Es uno de los viajes que tengo en mi lista.

    Cada vez que veo imágenes de la estación de Canfranc, me imagino un montón de historias.

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  • ricardo

    |

    Gracias Lidia. Según vamos cumpliendo años, y frecuentando los lugares que ocupan un lugar en nuestro corazón, estamos obligados a caminar junto a nuestros recuerdos. No dejes de acercarte a conocer la zona y si te decides a hacerlo avísame y te doy algunas pautas para aprovechar al máximo el viaje. Un saludo

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