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La locura del Ngorongoro

Y quería saltar del coche, correr ladera abajo, reir, tocar a los animales, encender una hoguera y pasar allí la noche conversando con ellos, borrachos, cantando canciones de nuestra tierra. Pero me fuí porque pensé que quizá las hienas y leones tendrían otros planes, por falta de cojones, por ser humano, inteligente, y carecer de instintos. Creo que si no seguiría por allí, con mi cámara ya sin batería, sentado junto a 600 ñus mientras nos hacen fotos los turistas. Feliz.

Una foto

Cada día tengo delante una foto que poner en esta revista y que supongo sorprendería a muchos de los que me leen desde tan lejos. Cada día ando por un mundo de mercados que huelen a pez seco y en el que una extraña vida se desparrama ante mi vista.
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