Dunas de Erg Chebbi: la casa de los bereber

Por: Javier Brandoli (texto y fotos)
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el viaje

Dice la leyenda que las interminables arenas del desierto en este lugar fueron fruto de un castigo divino. Hace muchos años, cuentan en la población, una mujer y sus hijos fueron rechazados en todas las casas en las que pidieron alojo. La insolidaridad de los habitantes de la villa hizo que la madre y los pequeños se perdieran en la noche de los tiempos. Dicen que Dios contempló la escena y castigo a la ciudad sepultándola bajo la arena. Aún hoy, por la noche, se pueden oír entre las dunas los aullidos de sus habitantes.

Una tarde de diciembre

Allí, entre altas dunas que se pierden hasta el horizonte, contemplando a algunos dromedarios que se alejan en fila india sobre la rojiza arena y acertando a distinguir algunas kasbahs ( ciudades fortaleza construidas en adobe) que se apagan a lo lejos, contempla el viajero uno de los atardeceres más bellos en los que ha tenido la suerte de participar. Estamos en Marruecos, muy cerca de la frontera con Argelia, junto a la ciudad de Merzouga, conocida como “La puerta del desierto”. Es diciembre, el invierno del desierto golpeaba sobre nosotros en una de las casas de los bereberes, en su puerta, si es que estos nómadas han tenido algún hogar que no sea la libertad de trocear el gran Sahara a su antojo. Las dunas de Erg Chebbi se muestran tranquilas, cosa de las fechas, sin el vaivén de tanto viajero molesto (el viajero siempre tiende a pensar que es a los otros a los que no les corresponde contemplar el paraíso).

Entre altas dunas que se pierden hasta el horizonte, contemplamos dromedarios que se alejan en fila india sobre la rojiza arena

Pero el viaje a Erg Chebbi comenzó bastantes kilómetros más atrás, en la muy turística ciudad de Marrakech. Allí, en una vieja taberna alejada del centro, donde las botellas de cervezas de medio litro se agolpaban en la mesas de muchos marroquíes, decidimos sacar un mapa e improvisar una huída de la bella ciudad levantada a gusto del mejor postor. Erg Chebbi surgió como una posibilidad desconocida; una llamada a un hotel, en el que la dueña del alojamiento nos dijo que era imposible hacer los 550 kilómetros de distancia que había entre ambas poblaciones en un día, nos hizo colgar el teléfono y decidir salir hacia allá a la mañana siguiente, tras alquilar un coche.

Tras cruzar la imponente cordillera del Atlas y contemplar sus picos nevados (ver nieve en África es siempre gratificante), comenzó una ruta en la que tomamos la N-9 hasta Ouarzazate, ciudad en la que se han rodado y ruedan multitud de películas y donde paramos a comer, para luego coger la N-10 hasta Erfoud y desde allí girar hacia el sur, por la N-13 que lleva a Merzouga. Elegimos la ruta sur, que nos llevó casi once horas de camino (hay que tener paciencia en algunos tramos si se está detrás de algún camión). Durante el viaje, desde Ouarzazate, se atraviesa la deslumbrante Garganta del Dadés y se divisan pequeñas poblaciones, palmerales y estampas inolvidables de la vida que se desparrama cercana a un río que parece sacado de un decorado: todo ese espectáculo natural es el valle del Todrá.

Al llegar a Merzouga paramos el coche y bajamos a llamar a nuestro alojamiento para que nos indiquen cómo llegar. Nos dicen que vendrán a buscarnos a la plaza central y nos aconsejan que no salgamos del coche, que es peligroso (para el resto del mundo, los occidentales siempre corremos peligro donde vamos). Damos una vuelta por la ciudad y lo cierto es que nos convertimos en subasta de todo tipo de personas que ofrecen servicios: hoteles, restaurantes, droga, mujeres… todo está en venta. Volvemos al coche algo agobiados de ser billetes andantes y decidimos esperar.

Al fin aparece nuestro anfitrión, que nos lleva al hotel. Los dueños, un matrimonio marroquí que ha viajado por buena parte del planeta, nos enseñan un encantador alojamiento levantado en medio del paraíso. En los tres días siguientes, y al calor del fuego de la chimenea y con un té entre las manos, se suceden conversaciones interesantes con la pareja. Ellos mismos nos contratan un guía bereber que nos enseña la duna. Lleva turbante, conduce un todoterreno y habla por un teléfono móvil de última generación (la globalización también ha llegado allí). Nuestro guía nos lleva a casas típicas de los nómadas, algunas han entrado en el negocio de ser expuestos como reliquias, pero comprende rápido que no subiremos en una caravana de turistas al dromedario ni pagaremos por hacer fotos, y nos lleva a visitar algunos alojamientos levantados, literalmente, en medio de la nada, y donde no siempre somos bien recibidos.

Los hombres libres, como se hacen llamar, han convivido con todas las culturas que han pasado por el norte de África

Los bereberes son un pueblo nómada que se distribuyen desde el atlántico hasta Egipto y, por el sur, hasta la frontera con Níger (los guanches, primeros habitantes de las Canarias, son también de origen bereber). Los hombres libres, como se hacen llamar, han convivido con todas las culturas que han pasado por el norte de África y, aunque son en su gran mayoría musulmanes, tienen costumbres en algunas zonas no aceptadas por el Islam, como mantener relaciones sexuales antes del matrimonio o creencias en duendes del desierto. Los nómadas del Sahara no siempre han mantenido buenas relaciones con los estados que atravesaban, como explica  Ryszard Kapuscinski en su genial libro de Ébano al hablar de los Tuareg (un pueblo bereber) en el capítulo llamado oro y sal.

 Hoy, en esta zona de Marruecos, puerta del gran arenal, los bereber siguen teniendo rebaños de cabras, viviendo bajo el sol que cuartea el suelo y, eso sí, ganándose la vida, en parte, a costa del turista al que enseñan su paraíso.
El paisaje merece la pena, hay estampas tan sorprendentes como el lago Yasmina, que emerge del medio de la arena del Sahara a su antojo. Es una suerte poder contemplarlo. La jornada concluye con una espectacular puesta de sol en la que el mar de dunas se vacía de color y formas. Ya de noche, tras la cena, conversamos con una copa, quizá más, bajo un cielo en el que no caben las estrellas (el cielo del Sahara es siempre especial). No se oye ni se ve ningún rastro humano en kilómetros. El silencio nos duerme sobre las tumbonas de la piscina sobre la que comienzan a tiritar de frío nuestros cuerpos.

el camino

Nosotros viajamos con Esayjet, que en aquel momento era la mejor oferta entre Madrid y Marrakech. No obstante, busquen por internet si hay alguna compañía ahora que ofrezca vuelos más económicos.

una cabezada

Kasbah Derkaoua: Un alojamiento increíble, levantado en medio de la nada, y algo alejado de la zona turística de Erg Chebbi en el que no falta detalle. Los dueños son encantadores, las habitaciones muy confortables y los jardines y el entorno espectaculares. Un te servido junto a la chimenea, un desayuno rodeado del canto de decenas de pequeños pájaros o un baño en las heladas aguas de la piscina en diciembre son sensaciones que el viajero quiere repetir. Hay que reservar (el dueño habla algo de castellano). Teléfono: 00212 5 35 57 71 40.

a mesa puesta

Encontrarán en cada restaurante en el que paren el plato bereber por antonomasia, el Tayin. Deben probarlo, es un estofado de verduras que puede ir acompañado de pollo o ternera, aunque también los hay de pescado. En esta zona de Marruecos están casi obligados a que les guste, ya que no les quedará más remedio que repetir.

muy recomendable

Leer el libro “Los pueblos bereberes en el Magreb, de la editorial Iepala”.

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Comentarios (8)

  • Mino

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    Muy evocador y fantasticas fotos señor reverte. El desierto tiene un magnetismo especial

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  • Javier Brandoli

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    Un honor que me compare con Javier Reverte. Tenemos el mismo nombre, y a ambos nos gusta viajar, leer y escribir, pero él ha demostrado hacer mejor que yo todas esas cosas. Aun así gracias. Javier Brandoli

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  • Eduardo De Winter

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    Muy bueno Javier. Fascinante la foto de las dunas en la que se observan las pisadas. Estando tan cerca de España es un viaje muy apetecible. Tomo nota del libro que recomiendas. Saludos

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  • Javier Brandoli

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    Como le dije a Mino se juntó todo para ser una foto-postal. Lo sorprendente es que la hice sin trípode, a pulso. Gracias Eduardo. Un abrazo.

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  • Goyo

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    Amigo Branducinsky, tu crónica me ha recordado a un viaje -hace la mar de años- por Marruecos a bordo de una Vanette (entonces sí era jipi, no como en Cabo de Gata). Fue una revelación conocer la medina de Fez, el lugar más maravilloso por el que he caminado nunca, igual que los palmerales de los que hablas, la garganta del Dadés, el vivac en el desierto en una noche cerrada. Por cierto, hay una foto en la galería que si no ha ganado un premio…
    Abrazos

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  • Javier Brandoli

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    Veo que tienes buena memoria, no sé si otros la tendrán también. Un abrazo

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  • Juancho

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    Unos guasones, os veo… Digo, Brandoli, que claro, como perdiste, no se te ha ocurrido contar en esta crónica el concurso de estrellas fugaces a altas horas de la mañana y con un poquito de alcohol en el cuerpo… Qué gustito leer algunas cosas, y acordarse de algunas fotos buenas buenas. A mi hermana siempre le encantó la fotografía…

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  • Javier Brandoli

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    La verdad es que fue un viaje inolvidable por un montón de cosas. Jajaja. En todo caso, la derrota fue por un estrecho margen.

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