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Diálogos con Maputo

Las madrugadas en Maputo agreden a la imaginación. El viento se queda quieto a las puertas de su playa de ceniza gris mientras los perros solitarios se preparan para irse a dormir acobardados de lo que se les viene encima. Entonces la ciudad, durante los escasos minutos en los que la luz lo denuncia todo por primera vez, hierve entre el rugir de miles de personas que no saben dónde ir.

La rutina y el mar

Dentro de muy poco comenzará a amanecer. El proceso tarda entre veinte y veinticinco minutos desde que empieza a clarear. Se iluminan de un color fucsia intenso primero las nubes más altas: los cirrus, luego las medias: los cúmulos. Al aparecer, al disco solar en el horizonte se le puede mirar directamente porque la intensidad de su resplandor es atenuada por la bruma.

El día que deje de ver el mar…

Todo es mar, como cuando bajo a la playa y ayudo a los pescadores a tirar de las redes que ponen por la mañana (algo que no hago mucho porque en cuanto me acerco me dejan tirando de la red mientras ellos me animan a continuar). Grupos de mujeres y niños que arrastran durante una hora una red eterna, que pesa como el océano y que trae pequeños peces que son el alimento de decenas de personas que sin verlos viven cerca.
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