“Pacífico”, me decía una y otra vez. Pacífico suena a sal y a isla, a mar inabarcable y a calma forjada en agua. Es tan sólo una palabra pero habla a un tiempo de paz y océanos aunque en la memoria de mis días, es una forma visceral de anhelar; pacífico es casi un concepto violento en la querencia de mis pasos.
Desde las ventanillas del avión ya habíamos visto llegar a los tuvalenses a la pista de aterrizaje armados de tenderetes con collares de conchas, pulseras de semillas y cestas de hojas de palmera para tratar de impresionar al viajero. Cuando la puerta del avión se abrió al aire caliente, los cuatro o cinco puestos estaban perfectamente alineados.
Christchurch, la segunda ciudad más grande de Nueva Zelanda después de Auckland, es además conocida por ser uno de los pasos obligados de casi todo viajero que se dirija a la Antártida, el cuarto continente más grande del Mundo.