Cruzamos en el ferry con nuestro coche el estrecho de Cook, en Nueva Zelanda, la mañana del 1 de enero de 2025. La noche vieja en Wellington nos dejó sin resaca, con sus fuegos artificiales de verbena de pueblo en el puerto, su verano fresco, y la sensación de ser una ciudad desangelada. Fue una visita corta y casi se nos hizo larga. Los viajes en ruta son así, te enamoras o no te enamoras, y con la capital no hubo flechazo.
El mar estuvo algo picado en el trayecto, hasta que la nave se introdujo entre los islotes que llevan a Picton, en la isla sur del país. Nosotros desembarcamos rápido y nos fuimos a dormir a Nelson. No tenemos tiempo de ir a algunas de las bodegas donde producen los famosos vinos blancos de Marlborough, pero sí tenemos tiempo de llegar hasta la encantadora ciudad de Nelson y beberlos durante la cena.
No tenemos tiempo de ir a algunas de las bodegas donde producen los famosos vinos blancos de Marlborough, pero sí tenemos tiempo de llegar hasta la encantadora ciudad de Nelson y beberlos durante la cena.
En general, nosotros dormimos todo el viaje en moteles. Conviene hacer las reservas con tiempo. Los alojamientos en NZ no son baratos y, como comprobaríamos los siguientes días, la isla empieza a implosionar de turistas, al menos en temporada alta como fue nuestro viaje de navidades.
Llovía ese día en el trayecto en coche entre Picton y Nelson, y aun así intuimos que la isla sur era, como nos habían advertido, un paisaje más agreste. Un lienzo vacío casi perfecto. Esa sensación no hará más que aumentar en los siguientes días. Hay lugares que se disfrutan ya desde el coche. Nueva Zelanda entra en ese grupo.

A la mañana siguiente, el cielo estaba limpio y el sol arriba gordo y brillante. Fuimos hasta Cape Foulwind. Allí empieza un sendero, que bordea una colina que da una bahía. Son casi tres kilómetros de ida y otros tres de vuelta. Vimos a un tipo que hacía parapente sobre nuestras cabezas. Nos fijamos que se quedaba como quieto, flotando, contemplando un escenario que ni él ni nosotros nos terminábamos de creer.
Al final del camino hay un faro y unas rocas donde habitan lobos marinos. Nos detuvimos en varios momentos contemplando la armonía del viento y las olas, y comprobamos de nuevo que el viaje es un cúmulo de casualidades. El nombre de Cape Foulwind (cabo de los vientos desfavorables) se lo puso en 1770 el Capitan Cook, que al pasar con su barco sufrió allí una descomunal tormenta. ¿Qué hubiera escrito de Wellington si no hubiera llovido o hubiera conocido a alguien muy divertido con el que hubiera pasado una noche de fiesta?
Es bonito, pero empiezas a intuir el problema que creo que tiene la isla: demasiadas pasarelas, protecciones, carteles… A la bellísima Nueva Zelanda hay que despeinarla.
Nos paramos a beber una cerveza y picar algo en la Star Tavern, un sitio agradable y de buenos precios, y nos fuimos a Punakaiki. Allí se visitan las Pancake Rocks, una zona geológica junto al mar en la que el agua ha erosionado la piedra caliza y generado algunos géiseres marinos. Es bonito, pero empiezas a intuir el problema que creo que tiene la isla: demasiadas pasarelas, protecciones, carteles… A la bellísima Nueva Zelanda hay que despeinarla. Esa noche dormimos en Hokitika, con su larga playa llena de maderas muertas con las que hacen esculturas. Cenamos una de las peores mariscadas que nunca he comido.
Desde ahí se sigue camino al sur y se llega a los glaciares. Llegando al Franz Josef Glaciar nos detuvimos en la carretera. Junto a un río había una hilera de piedras verdes musgo, rojas, agua azul y detrás un monte espeso y verde oscuro salpicado de nubes. Nos paramos, lo vimos, lo fotografiamos. Es como una costumbre, detenerse y mirar. Viajar así es muy sencillo.

En el glaciar Franz Josef el hielo es ya un recuerdo. Trepas la montaña y encuentras en una esquina el rastro lejano de la «nieve sólida». Un cartel te muestra como ha ido retrocediendo hasta casi desaparecer en un siglo. El mundo se consume y nosotros lo miramos como se va consumiendo. Bobos sapiens, demasiado inteligentes para no creernos inmortales.
En la localidad de Franz Josef nos dio por visitar un santuario de Kiwi, una extraña ave autóctona incapaz de volar que es el símbolo del país. Al menos ahí las vimos. Se trata de una especie amenazada de extinción. Y por ella, investigando, entendimos algo más el país.
Se trata de una especie amenazada de extinción. Y por ella, investigando, entendimos algo más el país.
NZ es una tierra extraña separada del resto del mundo hace 80 millones de años. El único mamífero autóctono de ambas islas es el murciélago. Ni siquiera había humanos hasta que en el siglo XIII llegaron los maoríes desde la Polinesia. Luego, en el XVIII, llegaron los británicos. Los europeos fueron más fuertes y sometieron a los primeros pobladores, foráneos también, pero reclamando su “derecho de pernada”. En realidad, esta tierra era olvido hasta que llegaron los hombres a trastocarlo todo.
Y con ellos llegó el desarrollo, la lucha de unos pioneros valientes que murieron intentando domar tierras lejanas en las que la muerte les iba esquilmando. Había que tener mucho valor para salir de una isla británica a intentar prosperar en un lugar que no tenía mapas. En una segunda parte que publicaremos sobre esta ruta sur hablaré algo más de esto.

Pero además de valiente, el humano es codicioso, en presente, y con ello arruina el futuro de otros. Los británicos trajeron desde Australia zarigüeyas, u oposum, e introdujeron un caos en el ecosistema. Se ven decenas de sus cadáveres en el asfalto, devorados por moscas, atropellados por los vehículos. Nos llamó la atención esa desagradable escena que vimos por todas partes. Y luego entendimos, al informarme para hacer un reportaje, que las estaban aniquilando.
“Las zarigüeyas, introducidas por primera vez en Nueva Zelanda en el siglo XIX por su piel, se han convertido en importantes depredadores, causantes de diversos problemas medioambientales y económicos. Son omnívoros oportunistas que consumen huevos, polluelos e incluso adultos de aves autóctonas como el kerer?, el kiwi y el t??”, me explicó David Lewis, miembro de la organización Predator Free NZ.
La primera liberación con éxito registrada en Nueva Zelanda fue en 1837 en Riverton, Southland. A continuación, se produjeron otras 38 liberaciones desde Australia por parte de particulares y de las Sociedades de Aclimatación, la última en 1898
La primera liberación con éxito registrada en Nueva Zelanda fue en 1837 en Riverton, Southland. A continuación, se produjeron otras 38 liberaciones desde Australia por parte de particulares y de las Sociedades de Aclimatación, la última en 1898”, explica Keith Michell en un artículo de New Zealand Deerstalkers Asociation en cuya cabecera figura el expeditivo mensaje de “Kill Opossums”.
Y ahí entró la codicia humana. A inicios del siglo XX ya había investigadores que advirtieron de que el oposum era un peligro para todo el ecosistema. “Lo crea o no, en 1921 se establecieron normas para la captura de zarigüeyas, que incluían el requisito de obtener una licencia. Todavía se permitían las liberaciones con el consentimiento por escrito del Departamento de Asuntos Internos hasta 1922, año en que se puso fin a todas las liberaciones legales. Hubo un gran número de liberaciones no autorizadas durante otros 20 años y no fue hasta 1947 cuando se eliminaron todas las restricciones de su caza», recuerda Mitchell .

¿La excusa? En 1919, H.B. Kirk, profesor de Botánica y Zoología de la Universidad de Victoria, tras estudiar la situación ante las alarmas dadas, sentenció: “El daño a los bosques neozelandeses es insignificante y se compensa con creces por el valor de la venta de pieles para la comunidad”. No estuvo acertado el científico.
Resultó que las zarigüeyas, culpables de nada y con el mismo instinto de supervivencia de maoríes y británicos, además de hojas comen otras cosas. “Las hojas son la parte principal de su dieta, pero las zarigüeyas son omnívoras oportunistas y comen aves autóctonas y sus huevos, caracoles terrestres autóctonos como el Powelliphanta e invertebrados como el w?t?. Hay vídeos de cámaras de rastreo que muestran zarigüeyas depredando aves autóctonas como fantails/p?wakawaka y kea”, me explicó Peter Morton, director del Department of Conservation National Predator Control Programme.
Al no tener apenas depredadores, en la isla no los tienen salvo los perros que trajeron también los sapiens, se multiplicaron hasta llegar a ser 80 millones
Al no tener apenas depredadores, en la isla no los tienen salvo los perros que trajeron también los sapiens, se multiplicaron hasta llegar a ser 80 millones. Las autoridades han decidido acabar con todas ellas antes de 2050. Es curioso, en Australia de dónde vinieron algunas de sus especies están protegidas por estar en peligro de extinción.
¿Es ético matar a todas esas zarigüeyas? “En realidad, lo no ético es no hacer nada. Ratas, armiños, comadrejas, zarigüeyas, gatos y hurones han sido introducidos por el hombre en el paisaje autóctono. Si no se hace nada para proteger a los pájaros, murciélagos, lagartos e insectos de Nueva Zelanda, se extinguirán”, me respondió Lewis.

La naturaleza es cruel, frágil. El más fuerte prevalece y el kiwi, al que contemplábamos con su pico largo y su cuerpo enjuto de trasero gordo moverse en un hábitat sin apenas luz en el santuario, está en el escalafón de los débiles. O no, depende de cómo se mire, porque allí estaba picoteando insectos y larvas que intentaban huir del temible kiwi para ellos.
Esa tarde visitamos el glaciar Fox. Desde la entrada del bello lago Matheson se ve que aún conserva algo de su lengua de hielo. Atravesamos un manto de hojas rojas en un bosque de palos de musgo. Dormimos en un motel con la conciencia de que todo ese espacio sería distinto sin nosotros, los sapiens, que transportamos vida y muerte a donde vamos.
