La plaza principal, que hace cientos de años servía de posada a viajeros, estaba ahora plagada de discotecas donde la música se estrellaba con nuestras ganas de paz.
Avanzamos al paso por el valle de Karkara, frontera entre los actuales Kazajstán y Kirgizstan, un límite impuesto por Stalin a un mismo pueblo. El cielo es plomizo y la nevada se anuncia en el viento frío que nos golpea la espalda. Los caballos se impacientan y Ari, mi guía, con ellos.