Por el Jaén desconocido (I): las pinturas rupestres de Sierra Morena

Por: Texto: Ricardo Coarasa y fotos: Javier Brandoli

el viaje

Ahí siguen las dos, mirando el mundo como hace más de 6.000 años, cuando las pintaron nuestros antepasados en un rincón de Sierra Morena, en el jienense prado del Azogue. Sobre la piedra desnuda quebrada por los siglos de los siglos, sus siluetas de carmín han visto convertirse en polvo a una generación tras otra y siguen desafiando a lluvias y ventiscas, a rayos de sol y a escarchas de amaneceres. Han vencido al tiempo. Son eternas.

Estamos en el término municipal de Aldeaquemada, al norte de la provincia de Jaén, siguiendo el rastro de las pinturas rupestres del arco mediterráneo (declaradas por la Unesco en 1998 Patrimonio de la Humanidad) por un bosque de pinos y encinas. Desde el municipio hemos tomado una pista en dirección oeste camino del “monte de la desesperá”, donde echamos pie a tierra. Descendemos entre matorrales hasta llegar a un pequeño desnivel de roca que se salva con pies y manos. Allí, a la intemperie, asoma el conjunto de pinturas del Prado del Azogue (descubierto por unos pastores en 1914), uno de los 18 yacimientos que convierten a Aldeaquemada en el principal núcleo de Arte Rupestre de Sierra Morena oriental. Dos nombres, el del español Juan Cabré y el del abate francés Henri Breuil, se reparten la paternidad de la mayoría de descubrimientos de los yacimientos de la zona. Trabajaron codo con codo, pero terminaron enemistados. Su legado, afortunadamente, está muy por encima de sus sonadas controversias.

A nuestra izquierda, asoman las figuras de las dos cabras, rudimentarias pero precisas, con las que los moradores de estas tierras seguramente delimitaban su territorio de caza para espantar a los intrusos. Eran cazadores, como los que ahora recorren escopeta al hombro estos parajes, pero también artistas. Les valía con una pluma de ave para decorar estas piedras con motivos naturalistas (primero los contornos, luego el relleno). La mirada experta de Miguel Soria, nuestro ilustre cicerone doctorado en Prehistoria y especializado en Arte Rupestre, ve lo que nuestros ojos miran pero no ven. Puntos rojos alineados en la roca ligeramente extraplomada. ¿Una forma de matar el tiempo pincel en mano? No parece. Seguramente, nos apunta, servían de señalización o se utilizaban como un suerte de contabilidad. Estamos, por tanto, ante los antecedentes neolíticos de los carteles señalizadores o de las calculadoras. Ahí es nada.

Puntos rojos alineados en la roca ligeramente extraplomada. ¿Una forma de matar el tiempo pincel en mano? No parece

Lo primero que sorprende al neófito (amén de sus cuellos estilizados y esos cuernos que parecen antenas) es el color rojo de los rumiantes, que conseguían añadiendo al óxido de hierro (de manganeso en el caso de las pinturas negras, menos habituales), un aglutinante como la clara de huevo o la sangre. “No se sabe -explica Soria- al tratarse de materia orgánica no ha dejado rastro y los análisis no la detectan”. ¿Pero son ciervos o cabras? Lo más probable es que originariamente pintasen unos ciervos (algunos asaetados con flechas o lanzas) posteriormente reconvertidos en cabras alterando las figuras.

Estos paisajes que durante siglos fueron la demarcación entre Castilla y el Al-Andalus acogen una gran riqueza animal. Por sus ríos nadan las nutrias y en estos bosques abundan los ciervos (damos fe, pues uno se cruzó en nuestro camino) y jabalíes. El lobo, además, ha vuelto a estos parajes de Sierra Morena antaño refugio de bandoleros que convirtieron este territorio en “el desierto humano”. El paisaje, como dicen las gentes de esta desconocida comarca del Condado, es tan importante como las pinturas. Será por algo.

Tenemos que subirnos de nuevo al todoterreno para desplazarnos hasta las proximidades de la Tabla de Pochico (dos kilómetros al suroeste de Aldeaquemada), otro de los puntos neurálgicos del arte rupestre en la zona. El sendero parte a la derecha de la pista, perdiendo altura suavemente hasta llegar al río Guarrizas, que se muestra manso y escaso de caudal (a los remansos de agua se les conoce aquí como “tablas”). Atravesamos su cauce abriéndonos paso entre zarzales rebeldes para, una vez en la otra orilla, ascender en dirección al paredón de piedra cuarcita que los hombres primitivos utilizaron como lienzo.

En la parte derecha de la pared, por ejemplo, hay cuatro ciervos agrupados en los que el arte esquemático de las sociedades pastoriles se ha superpuesto al naturalista

El lugar está vallado desde el año 2000. Cuentan que los operarios que cercaron este grupo de pinturas (para protegerlas de los desalmados que confunden un tesoro rupestre con unos baños públicos donde perpetuar su estulticia con la frase ingeniosa de rigor) ni siquiera se percataron de su presencia. Al terminar la faena, preguntaron extrañados por qué se había puesto la reja “porque aquí no hay nada”. Sí lo hay, y en abundancia, aunque nadie debe esperar darse de bruce con las pinturas de Altamira o de la almeriense Cueva del Indalo. Cuesta precisar las formas de lo que, a primera vista, parece una simple pigmentación natural de la piedra. En la parte derecha de la pared, por ejemplo, hay cuatro ciervos agrupados en los que el arte esquemático de las sociedades pastoriles se ha superpuesto al naturalista, de trazo más grueso, de los pobladores cazadores. ¿Arte o necesidad? El debate está abierto, pero Soria, en un nuevo despliegue de sapiencia, tiene claro que “ellos no hacían estas pinturas por un puro placer estético, esto tenía una utilidad”.

En este gran peñón se reparten cuatro paneles salpicados de pinturas con las que nuestros antepasados del Neolítico dejaron su huella. El crestón de cuarcita ofrece todas las mañanas su roca desnuda al sol del amanecer, por lo que todavía cuesta más entender cómo las manadas de ciervos y las figuras esquemáticas han llegado en semejante estado de conservación hasta nuestros días. El viajero abandona este lugar agreste con la vibrante emoción de quien acaba de encontrar en la orilla el mensaje de un náufrago que ha sobrevivido a oleajes y tempestades.

el camino
Por la A-4 (autovía de Andalucía), desviarse en Valdepeñas o Almuradiel en dirección al municipio de Aldeaquemada (desde Madrid son algo más de dos horas en coche). A las afueras del pueblo se encuentra la casa rural La Cimbarra (www.aldeaquemada.com). Preguntar por Ángel (alcaide64@hotmail.com), quien nos guiará en la visita. Él tiene la llave para acceder a la Tabla del Pochico y aunque uno puede aventurarse por su cuenta en su búsqueda, no es muy aconsejable, pues el paraje es bastante frondoso y es fácil pasar de largo. En el caso del Prado del Azogue, las dificultades se multiplican y uno puede tener a un metro las pinturas rupestres y no darse ni cuenta.

a mesa puesta
En la propia casa rural La Cimbarra sirven excelentes productos de caza (imprescindible probar el salchichón de pato, el paté de perdiz y el estofado de jabalí) en un ambiente rústico con chimenea donde rematar la comida con una relajada conversación al calor del fuego.

una cabezada
En la casa rural tienen habitaciones (60 euros la doble con desayuno), aunque nosotros dormimos algo más al sur, muy cerca de Úbeda, en la localidad de Sabiote, dominada por el imponente castillo que perteneció en su día a Francisco de los Cobos. Muy cerca de la fortaleza, frente a la iglesia de San Pedro, se encuentra el Palacio las Manillas (www.palaciolasmanillas.com), un casa antigua de piedra totalmente rehabilitada que bien merece una parada. Los productos de la tierra son una delicia para el paladar (“pavo frito”, espinacas jienenes, los espectaculares huevos al mojetón, perdiz escabechada y helado de aceite de oliva fue nuestro menú). No dejen de visitarlo si tienen oportunidad.

muy recomendable
-Los amantes de la naturaleza deben acercarse inexcusablemente a la cascada de la Cimbarra, que da nombre al paraje natural. El río Guarrizas salva un cortado vertical de 40 metros de alto, un verdadero anfiteatro que sorprende al viajero, originando un salto de agua que parece un óleo romántico. Hay tres cascadas, pero la más espectacular es la de la Cimbarra. Se desciende por un sendero bien marcado (a la vera de un antiguo molino) hasta una terraza natural donde la panorámica sobrecoge aún más. Luego, de regreso, anímese a desviarse por uno de los salientes de la roca que le llevará en media ladera hasta las pozas naturales que se forman antes de que el agua se despeñe al vacío. Uno de esos sitios para perderse y apagar el móvil.

-El castillo de Francisco de los Cobos, antiguamente en manos de la Orden de Calatrava, está ahora en obras, pero anuncian su apertura al público para el próximo mes de enero. Esta fortificación era el escudo protector de Úbeda y Baeza contra el reino nazarí de Granada. Desde aquí se domina todo el valle de Guadalimar. Nosotros tuvimos la suerte de visitarlo de la mano de Pablo Lozano, de Semer Turismo (www.semerturismo.com), uno de esos guías enamorado de su tierra y con la virtuosa capacidad para transmitir su pasión, y sus muchos conocimientos a pesar de su juventud, al viajero. Ellos organizan viajes por toda la región y visitas guiadas por esa Jaén menos conocida en varios idiomas (español, inglés, francés y alemán, que recuerde).

-Para el que quiera saber más sobre estas pinturas es imprescindible consultar la monumental y exhaustiva obra “El Arte Rupestre en las Sierras Giennenses”, de Manuel Gabriel López, Miguel Soria y Domingo Zorrilla, editado por el Instituto de Estudios Giennenses en 2009.

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Comentarios (4)

  • Paloma García

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    Fabulosas y desconocida historia. Qué bonita es España y que poco la conocemos.

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  • Merche G.

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    No tenia ni idea de que en Jaen hubiese pinturas rupestres, aunque estuve hace un tiempo en Ubeda y Baeza. Lo tendre en cuenta en mi proxima visita. Enhorabuena por el reportaje.

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  • Francisco

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    Nuestra historia sigue siendo una gran desconocida, para el resto de España.

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  • ricardo coarasa

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    Francisco, espero que, modestamente, desde VaP hayamos contribuido a dar a conocer un poco más los paisajes y la historia de Jaén. Muchas gracias por seguirnos

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