Los ojos de la niña Viridiana en Eyipantla

Por: Texto: Ricardo Coarasa y Fotos: © CPTM /reo
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El salto de Eyipantla es una de esas cataratas que devuelven al viajero un soplo de la libertad que se ha ido dejando como jirones por el camino de la vida. Está situada, vaya por delante, en el mexicano estado de Veracruz. Ya sé que, últimamente, apenas es noticia por espeluznantes ajustes de cuentas, pero imaginad lo injusto que sería que la gente pensase únicamente en Madrid como un lugar donde los terroristas hacen estallar trenes repletos de viajeros o en Nueva York como una ciudad indefensa surcada por pilotos suicida. Suena ridículo, aunque a veces caemos en el error de desvirtuar de esa manera nuestra visión de otros países sobre los que la actualidad esparce, de vez en cuando, noticias terribles.

Pero no es de esa asociación perversa de lo que quería tratar en esta nueva incursión por tierras aztecas. Nada más lejos. Ya digo que la cascada es realmente especial, una de esas perspectivas que obligan a sacar la cámara de fotos. No es agua, no, lo que me viene a la cabeza cuando recuerdo mi paso por Eyipantla, sino unos ojos inmensos, vivaces pero tristes, resignados quizá. Los ojos de Viridiana, una niña de pelo azabache con la que me crucé camino del salto de agua. La niña Viridiana, pedigüeña como todos los pequeños de familias precarias que sus padres comisionan a la intemperie para intentar cuadrar el jornal, revivió en mí viejas preguntas para las que sigo sin tener respuestas.

La turba de niños desastrados avanza por el estrecho sendero, embarrado y resbaladizo en la media ladera que lleva al salto, pegada a la sombra del turista, convertida en huella de sus huellas. Vocean sus mercancías, venden de todo, y piden un mísero peso a cambio de sus sonrisas. Nunca acabo de acostumbrarme a las miradas de esos niños por los que pasas de largo, apenas unas monedas para tranquilizar la conciencia, sin saber si haces bien perpetuando su mendicidad sólo por no seguir camino con la congoja del que se intuye un malnacido.

Nunca acabo de acostumbrarme a las miradas de esos niños por los que pasas de largo, apenas unas monedas para tranquilizar la conciencia

La cascada, de 60 metros de altura, cae con tanta fuerza entre la exuberante vegetación que te hace sentir insignificante y completamente a merced de la naturaleza, que reina sin discusión en esta zona abrupta de la selva veracruzana. Me detengo a tomar una fotografía desde las escaleras que descienden en un santiamén hasta donde el agua rompe con estruendo y el cauce recupera la tranquilidad perdida unos metros más arriba.

-Guarde rollo para ahí abajo, que es más bonito- me aconseja un lugareño.

Un poco más adelante, escucho su voz dormida por la adversidad. Sus ojos profundos como pozos me ofrecen unos dulces. Viridiana lleva a gala su nombre de película de Buñuel. Camina a mi lado sin adivinar mi pesadumbre por los días que le esperan. ¿Y qué puedo hacer yo? Sus ojos siguen mirándome cuando la pequeña ya hace rato que se ha quedado atrás, recluida en ese sendero a la espera del siguiente turista, como si temiera estropearnos el deleite de las cataratas. No busquéis su foto en la galería de imágenes. Aunque a veces he sucumbido a ese impulso, claro que sí, intento huir del afán entomológico con el que algunos turistas coleccionan fotografías de niños desharrapados.

Ésta es la morada de Tlaloc, el dios azteca de la lluvia que sigue llorando sobre México, parafraseando el gran libro de Passuth

Una vez abajo, me hundo en el lodazal hasta llenar de barro mis inmaculadas deportivas. En este paraíso del agua, salirse de los senderos se paga muy caro. A cambio, si el viajero da la espalda a los puestos ambulantes y se acerca lo más posible a la cascada, dejando que el agua refresque su cara, el poderío del imponente salto regala unos impagables segundos de máxima libertad, alentando a su espíritu a escapar aguas arriba. Ésta es la morada de Tlaloc, el dios azteca de la lluvia que sigue llorando sobre México, parafraseando el gran libro de Passuth.

Antes de regresar al coche, tengo que enfrentarme de nuevo, vacío de respuestas, a la pequeña Viridiana, que sigue regalando sus enlutados ojos a los turistas. Cinco pesos son el salvoconducto para mi conciencia. Demasiado poco para los dos. Mañana, vuelta a empezar. Con otros turistas, con otras conciencias atribuladas. El botín, por exiguo que sea, le ata a este lugar como una condena. A este lugar al que el viajero nunca regresará para no ver a Viridiana detrás de un tenderete ambulante rumiando una vida que no ha vivido, que no le han dejado vivir.

La historia se repite un poco más arriba con Marcelino y Juan, que se llevan otros dos pesos para un refresco mientras juegan a las canicas. Hace un calor insoportable. El termómetro marca más de 30 grados y la humedad supera el 90 por ciento, según cuentan después en el telediario de aquí. Mientras bebo ávidamente de una botella de agua mineral, escucho en voz alta los reproches que otras veces me he hecho en circunstancias parecidas. Es el conductor quien me reprende por dar limosna a los niños.
-Así no les ayudas. Deberían estar en la escuela y mientras los turistas les den monedas no acudirán nunca. Cuando sean mayores ya no les darán nada y no tendrán una formación suficiente para ganarse la vida por sí mismos.
Tiene razón, pero habla como si yo tuviera que cargar con la tasa de analfabetismo del estado de Veracruz. Viridiana, mientras, sigue aferrada a la sombra de otro grupo de turistas, dibujando sonrisas para no pensar en un futuro perdido en el abismo de sus ojos.

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Comentarios (4)

  • ana

    |

    La misma pregunta en cualquier lugar del mundo..

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  • Eduardo

    |

    Un relato, una historia para movernos a pensar y a mirar a nuestro alrededor. Me pasó algo similar con una niña en India, ya cuando nos íbamos para el aeropuerto le dimos las monedas cambiadas, serían 4 o 5 euros y se nos quedo mirando con los ojos llorosos, son sensaciones que se te graban. Saludos.

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  • Hoima

    |

    Hay relatos bien contados, hay historias que producen nostalgia y hay veces que las dos cosas se juntan como en este caso. El debate es eterno y siempre te hace dudar. Los ojos de Viridiana o sus manos. Es decir, su presente oscuro o un futuro en el que aprenda a trabajar para poder dejar algún día de vivir de limosnas. Me ha encantado este post, la reflexión y la sensibilidad en contar la historia. Un placer leer cosas así.
    Gracias

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