Cada vez que me sumerjo en este mar turquesa siento un insólito placer y tengo la sensación de que el universo me está regalando algo, una caricia de mar, de silencio, de paz.
La capital comercial de Myanmar descansa mustia junto al mar de Andaman, frente al océano Índico. Yangon es una ciudad que lucha por olvidar un lamentable y trágico pasado y que intenta ahora abrirse al mundo con cuentagotas. Pero el destino de Myanmar está a punto de dar un gran giro. En las aguas que la rodean hay petróleo, mucho petróleo.
Me gustan los mercados que huelen a pescado rebozado en sal; donde cuelgan cabezas de ganado aún calientes; los caracoles y las ranas se venden vivos en grandes cubos de plástico; donde las aceras están destrozadas y un río de agua de sospechoso color corre hacia la alcantarilla.
Un buen club es un refugio de las vulgaridades del mundo, donde el café no se bebe en vaso de plástico con el logo de Starbucks, sino en porcelana de Worcester, y el azucar se sirve con cucharillas de plata.
Escribir sobre Madagascar y no hablar de Fort Dauphine sería como hacerlo sobre Cuba y no mencionar Trinidad. Su fascinante y desconocida historia pone a este lugar en el mapa de unos pocos historiadores y amantes de cuentos de piratas, bucaneros y naúgrafos.
Claro que existe el paraíso en la tierra: se llama Andilana, al norte de la isla de Nosy be. Esta largísima y serena playa de arena fina y suave, que acoge a un mar esmeralda y plácido, es realmente un regalo para los sentidos.